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Queremos pastel, pastel, pastel

Escrito por: Félix Cortés Camarillo/ Excélsior

El primer día de 2017 no solamente vamos a tener un monstruo de Frankenstein que unos quieren llamar el estado 32 y la letra simplemente se constriñe a denominarlo Ciudad de México. Heredera de todos los vicios que la Ciudad de México-Departamento del Distrito Federal-Distrito Federal-Ciudad de México ha venido acumulando por tantos años, la nueva entidad aporta los suyos propios.

No es fácil ser al mismo tiempo la sede de los poderes centrales de un Estado, máxime cuando se pretende ser republicano y federal. La City of London requiere un estatuto especial; los habitantes de Washington, D.C. se sienten, con justeza, ciudadanos de segunda entre todos los estadunidenses porque cargan con las molestias de todos, pero no comparten los privilegios de los demás ciudadanos de los cincuenta estados.

El ineficiente aparato de divulgación del equipo de Miguel Ángel Mancera, en plena precampaña rumbo a la Presidencia de la República, se ha empeñado en convencer a los habitantes de la capital de que la recientemente aprobada ley para nuestra entidad nos transforma, de golpe y porrazo, en ciudadanos de primera. Nada más alejado de la verdad.

El nuevo diseño de este monstruo sobrepoblado, carente de servicios eficientes, víctima de corrupción e inseguridad, vialidad coja, polución y tiempo perdido en sus calles, lo único que hace es crear un mayor aparato burocrático en el que los delegados se convertirán en alcaldes y cada uno alimentará —alimentaremos— a una docena de concejales que darán vida a un cabildo innecesario. Esto quiere decir, 192 oficinas adicionales, equipadas de secretarias, choferes, asistentes, asesores, personal de seguridad, mensajeros y otros “servidores públicos”. El modelo no deja claro cómo se resolverá el asunto de la policía, asunto grave aprisionado entre la lógica de las policías municipales y el empeño del supuestamente mágico mando único.

Lo único de lo que los habitantes de esta ciudad podemos estar seguros es de que el primero de enero de 2017 no tendremos menos baches en las calles, asaltos en los embotellamientos de tránsito, camiones de servicio público destartalados, contaminantes, de frecuencia incierta y conducidos por mal pagados choferes que juegan carreras por el pasaje mientras viajan repletos y sucios. Los males seguirán ahí como el dinosaurio de Monterroso.

El tema es que la “nueva” Ciudad de México trae sus males desde su acta de nacimiento.

Existe una Asamblea Legislativa del Distrito Federal, integrada y electa para elaborar las leyes y reglamentos que norman nuestra conducta. Sonaría lógico que la planeada Constitución Política de la Ciudad de México fuere producida por estos representantes de todos los que vivimos en esta urbe.

No. Habrá de seleccionarse —ojo, seleccionarse— una nueva Asamblea Constituyente cuyo encargo único será concebir y redactar la Carta Magna de una de las ciudades más pobladas y emproblemadas del mundo. Una entidad que, en su integración, es una muestra plena de un ejercicio antidemocrático. Los miembros de esa asamblea serán de chile, dulce y manteca: unos elegidos por un proceso nebuloso, otros designados por el Presidente de la República y otros más por el Poder Legislativo federal. Para decirlo con todas sus letras, la integración de ese cuerpo legislativo taaan importante va a reproducir simplemente el añejo método de la repartición del pastel a partir de cuotas producto de la negociación, la componenda y la transa. La otra opción era integrar la Asamblea Constituyente mediante métodos democráticos.

En 1947, el 11 de noviembre y después de perder en las urnas, Churchill acuñó la famosa frase de que la democracia es la peor forma de gobierno, excepción hecha de todas las otras formas que se han intentado de tiempo en tiempo. Hay expertos que recientemente han analizado la validez del principio Churchill con base en estudios de los países liberados hace una veintena de años de los regímenes antidemocráticos de Europa del Este, que ponen de manifiesto que las imperfecciones de la democracia podrían equipararse a los defectos de las dictaduras.

Se antojaría, siguiendo el modelo de la Grecia clásica, que la nueva ley fundamental de la Ciudad de México fuera redactada por un grupo de sabios reconocidos por su capacidad, y no como consecuencia de un reparto del botín político. Pero no será así.

Las consecuencias son tan previsibles como el panorama de ciudad que vamos a tener el 1 de enero de 2017.

PILÓN.- Las elecciones generales de España, cuando esto escribo, han transcurrido con tranquilidad y relativa alta participación. Es demasiado pronto para hablar sobre el futuro de Mariano Rajoy y su gobierno. Tal vez lo único de agradecer es que el puñetazo que un mozalbete le dio al presidente de España en Galicia no haya sido más que una muchachada de excepción.

Queremos pastel, pastel, pastel

Escrito por: Félix Cortés Camarillo/ Excélsior El primer día de 2017 no solamente vamos a tener un monstruo de Frankenstein que unos quieren llamar el estado 32 y la letra simplemente se constriñe a denominarlo Ciudad de México. Heredera de todos los vicios que la Ciudad de México-Departamento del Distrito Federal-Distrito Federal-Ciudad de México ha venido acumulando por tantos años, la

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