Editorial
El vuelo del poder – H. Samuelson
Ladro luego escribo
El vuelo del poder
H. Samuelson
Un humilde pescador sacó entre sus redes un ánfora que parecía muy antigua. La sostuvo en sus manos morenas y le dio vueltas. Lo primero que se le ocurrió fue que quizá contuviera aguardiente y sus ojos brillaron por un momento, pero, desconfiando de su suerte, prefirió ocultarla en su choza. Sin embargo, los rumores corrieron rápido. El cacique no tardó en aparecer en su puerta, descalzo, con su barriga de tonel y un sombrero de paja medio deshecho: “Entrega lo que encontraste, le pertenece a todos”, le dijo extendiendo la mano. Poco después, el presidente municipal escuchó del hallazgo. Mandó a un funcionario a recuperar el objeto, que por supuesto, debía estar en manos competentes. Recibió el ánfora con ojos codiciosos y, tras envolverla en un trapo, se la llevó a su casa. La información de los eventos llegó al gobernador en plena comida de estado. Entre risotadas y copas alzadas, le gritó a uno de sus lacayos que fuera inmediatamente por la reliquia, había que proteger el patrimonio cultural de la nación. Al otro día, con la cabeza aún martillándole, recibió un mandato de la presidencia para enviar la vasija a Palacio Nacional. Aprovechando la ocasión, el gobernador cogió un vuelo para entregarla en persona. El presidente de la República no lo recibió, le llevaron la vasija a su despacho y la colocó sobre el escritorio de roble. La observó con sus ojos pequeños y apagados, negros como capulines, desprovistos de la falsa calidez con la que los disfrazaba en las conferencias. Con movimientos pausados, tomó el objeto y lo frotó. Un humo violáceo llenó la estancia, disipándose poco a poco, hasta revelar a un hombre musculoso, de sonrisa amplia y dientes brillantes. El genio le dijo que le cumplirá un deseo por haberlo liberado. El señor presidente, siendo un tipo tan presuntuoso como cínico, le ordenó que lo convirtiera en el ser más bello de la tierra. El genio asintió. Con un gesto hizo vibrar el salón, acto seguido, el presidente de la República quedó transformado en una hermosa ave de plumaje multicolor. Minutos después, el secretario escuchó un grito agudo y al entrar al despacho solo encontró al exótico pájaro que solicitó fuera enviado al zoológico, donde se expone en una jaula para el deleite del pueblo. La exhibición es un éxito rotundo: miles acuden a admirar al ave, tan bella como irritante, en palabras de sus cuidadores, quienes además se quejan de la gran cantidad de excremento que genera y tienen que limpiar. El animal gorjea mientras la muchedumbre ovaciona, sin comprender que sus graznidos son órdenes que ya nadie escucha.