Editorial

Del mono desnudo al gorila que manda – Miguel I. Miranda

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Del mono desnudo al gorila que manda

Miguel I. Miranda

 

 

Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.

 

Uno de los libros que más me ha influido es El mono desnudo, de Desmond Morris, publicado en 1967. Lo leí a los diecisiete y lo releí años más tarde, ya con la corteza cerebral más sólida —eso me gusta pensar—.

La tesis de Morris, zoólogo, etólogo y pintor británico quien hoy en día tiene noventa y siete años y, hasta donde me entero, goza de cabal salud, es simple: mirado desde la zoología, el homo sapiens es un primate más, apenas un mono lampiño. Aunque se desgarren las vestiduras los progre, los woke, los ultraderechistas o las fundadoras del Cotolengo de la Vela Perpetua, seguimos siendo changos con pretensiones.

Morris explica que perdimos pelo corporal por termorregulación: si corres horas tras el antílope que significa la cena, más vale sudar libremente. Por eso solo conservamos pelo en la cabeza (en los afortunados casos) y “allá abajo”, donde conviene proteger lo que importa, aunque la moda actual insiste en la deforestación total, ése no es el punto.

Lo que me interesa es qué tan changos somos, más allá del diseño capilar.

Años después leí Sapiens, de Yuval Noah Harari, que vino a confirmarlo: Morris hablaba del cuerpo, Harari de la mente. La gran diferencia entre nosotros y otros primates no es solo el tamaño del cerebro, sino la capacidad de inventar ficciones que coordinan a miles de individuos: dioses, banderas, dinero, patrias. Un chimpancé no controla más de veinticinco congéneres sin que se arme la trifulca; en cambio, nosotros metemos ochenta mil en un estadio con cerveza y botana (a menos que sea un América-Pumas).

Y aquí llego al punto.

Entre orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos siempre hay un macho alfa que manda. Si el lomo plateado dice “pa’allá”, todos van “pa’allá”. No hay mesas de diálogo. No hay comités. No hay conferencias mañaneras. Hay obediencia o hay dientes.

Las sociedades humanas, por más escritura cuneiforme, poesía, ciencia y giroscopios que hayamos creado, funcionan igual. Pero además suman ficciones peligrosas: religiones, economías, patriotismos y armas que hacen llorar a cualquier primate respetable.

Y así llegamos a los gorilas de nuestro tiempo: políticos y gobernantes que invaden, expropian, polarizan, bombardean, colonizan, secuestran o asesinan. Esos lomo plateado con nombre zoológico de Trump, Maduro, López, Putin, Milei, Netanyahu, Musk, Da Silva, Petro, Noroña, Sheinbaum, Jinping, Khamenei, Erdoğan, Macron, Johnson, Bolsonaro, Jong-un, Al-Bashir y demás ejemplares de la colección contemporánea.

Lo sucedido el 3 de enero de este incipiente 2026 es prueba irrefutable de la involución del homo sapiens al vil, corriente y vulgar chango, con todo respeto de los orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos, que son millones de veces más racionales e inteligentes, que algunos líderes humanos.

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