Editorial
“Necropsia de un poeta, de Alberto Vargas Iturbe – Ernesto Adair Zepeda Villarreal
“Necropsia de un poeta, de Alberto Vargas Iturbe
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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“No sólo de putas vive el hombre.”
Hace un tiempo que ya tenía esta novela Beto Vargas. Recibí este libro de sus propias manos, en una interesante edición de autor, que tiene una bonita pasta azul de papel, y una tipografía que le dan una personalidad particular de máquina de escribir. Necropsia de un poeta, dedicada a la memoria de su amigo Luciano Cano Estrada, quien es el personaje secundario en el que gira la novela. Del mismo tipo que la novela de Javier Serrato (Los secretos de Luciano), se presenta la memoria de una persona que dejó huella entre sus amigos, y que ha permitido que ellos cumplan en sueño que Luciano tuvo: volverse un escritor reconocido desde Neza. Como todos los textos de Alberto Vargas, parte de la premisa de ser una historia real, recreada en la memoria. Pero deja la sensación de la corrección que han hecho los años para hablar de la leyenda de su propio mito. Saber si es así o no, no importa.
Alberto aborda los años de vida en la joven Neza, a donde llega como abarrotero en un puesto medianamente surtido, y que con el paso del tiempo vera una aventura en el recién fundado municipio de Chalco. Se trata, más a pesar de que por voluntad, de la crónica de la vida en esta zona del oriente del Estado de México, donde vemos cómo surgen las colonias populares, y como eran estas ciudades, que hoy en día tienen su fama (para bien o para mal). La novela nos muestra un mundo sórdido de prostitución y miseria que se desborda por las calles de tierra al aire seco, lleno de tristeza, en los que ocurren las aventuras de un tendero y su amigo Luciano, donde ambos ven pasar la vida, y ven cómo se les va de las manos el tiempo.
Como todo lo que escribe Alberto, las palabras clave son la cogedera y lo pornográfico. Pero más allá de la cómica forma de relatar de este escritor michoacano, o del mismo sexo (y del extenso catálogo de obscenidades, que incluso han sido incluidos en diccionarios de mexicanismos), también tenemos acceso a una crónica de la fundación de una forma de identidad, y cuyas características parecen por momento irreales en esa zona del país. Se trata de la crónica de las vidas de las personas que están en este sitio, vistas a través de los ojos de un abarrotero que despilfarra el capital de su tienda en mujeres, y de su amigo que intenta ser un escritor y no puede alejarse de su alcoholemia; además de las mujeres en torno a ellos, y que van desde putas hasta mujeres desesperadas por probarse algo a sí mismas, digamos. En la novela, Alberto muestra la imagen de su amigo Luciano como el héroe popular y malvivido que recuerda que fue su amigo, y nos narra algunas anécdotas chuscas, y otras tristes, de su estancia en esas dos ciudades. Mientras esto ocurre, vemos la degradación de Luciano, su caída fatal, y el sueño cada vez más lejano; eso sí, sin perder el toque humorístico que define el trabajo de Beto.
Esta novela es divertida y agradable, aunque está llena de referencias sexuales. Teniendo esto en cuenta, se puede aprender mucho de su lectura, más como una radiografía sociológica que como una crónica picante de una vida sexual desbocada. Nunca sabremos qué tanto es cierto, o parte de la leyenda que se ha tejido el propio Alberto en sus recuerdos, pero es una pieza clave en su literatura, que ha de hacer reír a más de uno, y de lograr que los pubertos pasen momentos de intimidad con sus manos (una de las finalidades de Beto, como siempre decía). Por esta razón es que vale la pena dedicarle una lectura a esta novela, ya que nos permite adentrarnos en ese mundo mítico del oriente del Estado de México, del que sólo nos llegan rumores y notas periodísticas.
Cierro estas palabras con una frase que todos los que conocemos a Beto aceptamos como una sentencia, que es parte del libro que nos comparte: “… no soy un miserable y me gusta compartir aunque sea la mitad de una tortilla”.