Editorial
Falta de Concentración – Elizabeth Ortiz Ríos
Ladro luego escribo
Falta de Concentración
Elizabeth Ortiz Ríos
escribe@malixeditores.com
“Nada”. Palabra breve, pero cargada de significado oculto. Era la tercera vez que Tania me respondía lo mismo. La sentí diferente desde que llegamos.
—Te digo que no es nada, cariño, ya sabes… el trabajo —dijo al fin.
—Si no te gusta, ¿por qué no lo dejas?
—Gano bien, no podría vivir con menos.
Me preguntaba que significaba “ganar bien” para Tania. Era muy sexy, sin duda, pero odiaba su gusto por los zapatos baratos. ¿Cómo era posible que me distrajera con una estupidez como los zapatos en lugar de disfrutar su cuerpo, su feminidad y su maestría para hacerme sentir bien? Quizá era la culpa. Desde que me casé no había estado con ninguna otra mujer.
—¿Estás preocupado? —me preguntó.
—Ya sabes… el trabajo, también —mentí.
—¿En serio?
La tomé en mis brazos para cortar la conversación. Estaba dispuesto a disfrutarla y sentir de nuevo el palpitar de mi virilidad que se había esfumado hacía mucho tiempo de mi recámara. Ahora habitaban ahí los fantasmas de mis suegros, evaluando si hacíamos bien la tarea, mientras la palabra “nieto” retumbaba por todos lados.
Cuando estaba con Tania, además de disfrutar del placer, me sentía mimado. Tenía curiosidad por saber qué pensaría acerca de que viviéramos juntos. Se lo había preguntado antes y no respondió. Ella no sabía que estaba casado. Le pregunté nuevamente.
—Todos dicen lo mismo —contestó mirando el techo.
—Eres especial —le dije acariciándole el cabello y deslizando mi mano por su cuello para después recorrer su espalda. Una cosa llevó a la otra haciéndome explotar otra vez.
La idea de mudarme con Tania era una mera fantasía. Me gustaba mi estilo de vida y dejar a Silvia significaba dejar de trabajar en la empresa de su padre. Mi esposa era una mujer llena de atributos, pero yo ya no sabía lo que sentía por ella. Solo quería de dejar de sentirme como un prisionero.
Tania miró el reloj y se levantó de la cama. Se vistió rápidamente y se despidió dándome un beso.
—¿Nos vemos el jueves? —pregunté.
—Revisaré mi agenda.
Tomó su dinero y salió de la habitación del hotel.