Editorial

No pain, no gain – Elizabeth Ortiz Ríos

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Ladro luego escribo

No pain, no gain

Elizabeth Ortiz Ríos

escribe@malixeditores.com

“Solo los débiles descansan”, murmuraba Julia una y otra vez, como si esas palabras fueran una armadura contra el dolor que estaba acumulando.

Su rutina era rígida, casi militar, y su determinación era algo nunca visto. Con el tiempo, había señales que indicaban que las cosas no andaban bien: su piel se veía más pálida; sus ojos, que antes brillaban con entusiasmo, ahora estaban rodeados de sombras.

Un día, al regresar del entrenamiento matutino, sus movimientos eran torpes, casi descoordinados y su rostro estaba desencajado por el cansancio. Había tenido una sesión brutal, pero estaba convencida de que ese dolor era una señal de progreso. La noche anterior, vio un video de una entrenadora famosa que insistía en que el verdadero progreso solo se lograba cuando uno se sentía al borde del colapso. ¿Cómo podía pensar que ese nivel de sufrimiento era normal?

Cada mañana, Julia se sumergía en un mar de consejos de internet. Veía videos, leía artículos y seguía las recomendaciones de influencers como si fueran la verdad absoluta. Uno de esos días estaba muy entusiasmada hablando de una dieta cetogénica estricta que había descubierto, convencida de que sería su clave para el éxito y así empezó a eliminar los carbohidratos de su dieta.

Las semanas pasaron y su salud se deterioraba a pasos agigantados. Los mareos y las náuseas se volvieron algo cotidiano. Los dolores de cabeza la atormentaban constantemente. Julia, que siempre había sido una atleta formidable, comenzó a perder su rendimiento en las competencias. Finalmente, decidió ir al médico, quien fue muy claro: sobreentrenamiento, desnutrición y un desequilibrio electrolítico podrían poner en peligro su vida si no cambiaba sus hábitos.

Julia salió del consultorio con una expresión de desafío, convencida de que su camino era el correcto y que el doctor simplemente estaba desinformado. Volvió a su rutina con más fuerza, buscando en internet cualquier justificación que le permitiera seguir con lo que estaba haciendo. Encontró artículos que respaldaban la dieta cetogénica y testimonios de atletas que promovían entrenar en ayunas. Era como si nada pudiera convencerla de que estaba yendo por el camino equivocado.

Lo peor fue cuando comenzó a tomar ese suplemento llamado SuperBoost Pro. Estaba segura de que le devolvería la energía y la ayudaría a alcanzar sus metas. Pero no fue así. Julia se estaba apagando, como una vela que se consume lentamente. Su agotamiento se volvió extremo, sus músculos, que antes eran su orgullo, ahora parecían fallarle, y su concentración era casi inexistente. Su salud seguía deteriorándose.

El día que todo colapsó fue un viernes. Julia había estado entrenando en ayunas, como siempre, cuando de repente se desplomó en el suelo de la pista. No podía respirar bien, su piel estaba fría y húmeda, y sus labios se tornaron azulados. Los paramédicos llegaron rápidamente y la llevaron al hospital. Estaba en estado crítico. El diagnóstico fue devastador: insuficiencia renal aguda por deshidratación severa, acidosis metabólica y una hipoglucemia tan grave que estaba al borde de un coma. Su cuerpo ya no podía compensar el daño que ella misma se había hecho. El médico dijo que, si hubiera pasado más tiempo sin recibir tratamiento, Julia podría haber muerto.

Mientras la veo inconsciente en la cama del hospital, rodeada de máquinas y monitores, la culpa me invade. Sabía que lo que mi hermana estaba haciendo era peligroso, pero en lugar de hablar con nuestros padres o buscar ayuda, guardé el secreto pensando que podría manejarlo por mi cuenta. Tenía miedo de que, si hablaba, Julia se alejaría de mí y perdería la poca conexión que aún teníamos. Pero mi silencio fue un error y ahora su peso es insoportable.

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