Editorial
Estornudos – Diego Benlliure
Ladro luego escribo
Estornudos
Diego Benlliure
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Los domingos me matan. Los lunes estoy muerto y resucito los martes, aunque en estado semicatatónico. Los miércoles empiezo a ser persona y así consigo fluir hasta los viernes. Los sábados nada me importa.
La mesa de pino y la silla de palo embejucado eran, además de la pequeña cama de hierro, lo único que había en la blancura deslumbrante de la habitación. En esa mesa él comía, dormitaba, lloraba y escribía:
Los domingos soy un gorrión muerto en la calle, los lunes soy una silla. Los martes una hoja de espinaca y los miércoles un semáforo. Los jueves soy un fresno, los viernes una piedra de río y los sábados un rastro de vapor.
Cada día la misma estructura, siempre una descripción semanal.
Los domingos soy agua pasada, los lunes un aspecto, los martes un ascensor, los miércoles el regusto a limón y los jueves una pestaña en el ojo. Los viernes un dolor en la planta del pie y los sábados una gota de sudor.
Para él, llorar y orinar eran la misma cosa: una urgencia que nunca se solventaba porque solo producía dos gotas que jamás eran suficientes para liberar la presión de sus entrañas.
Los domingos soy tu memoria, los lunes el olor que se te quedó bajo las uñas, los martes la mordida en el labio que te arde cuándo masticas, los miércoles dolor de caballo de tanto correr y hablar al mismo tiempo. Los jueves soy los verbos mal conjugados, los viernes la espuma. Los sábados soy el cielo.
No sabía si la mujer de pelo blanco de hoy era la misma de ayer, o si había estado allí desde el inicio de los tiempos.
Los domingos soy la acidez de la lluvia, los lunes extrasístoles, los martes terapia a las nueve cuarenta, los miércoles fa sostenido, los jueves soy la cuenta de los aviones que contemplamos desde la azotea cuando viran para tomar pista, los viernes tu ceño fruncido y los sábados una cancelación en sesenta hertz.
La mujer de pelo blanco recogía cada día la hoja con el pequeño párrafo y la llevaba al incinerador.
Los domingos soy la promesa desvanecida, los lunes un vaso medio lleno, los martes soy el reflejo en la ventana, los miércoles los minutos esperándote, los jueves malvavisco cubierto de chocolate, los viernes despedida y los sábados pan dulce.
Él había olvidado el nombre de aquella que, mecánicamente, con suavidad, pero sin ternura, lo alimentaba, lo bañaba, lo secaba, lo peinaba. Lo arropaba por la noche.
Los domingos soy garganta, los lunes páncreas. Los martes un zapato negro, los miércoles la banca del parque y los jueves una brisa fría. Los viernes un botón perdido y los sábados un plato despostillado.
Las manos femeninas, delicadas y largas, ahora manchadas, mantenían el pulso firme con el que había hecho desaparecer todos los objetos innecesarios de la habitación.
Los domingos soy un charco por un rato, los lunes soy el contorno de polvo de un cuadro ausente en la pared. Los martes soy un acorde frigio, los miércoles un choque en el periférico, los jueves un taladro, los viernes una risa fingida y los sábados un destello.
Ella había quemado las fotos, los cuadros, los libros y los discos, eliminando todos los vestigios.
Los domingos soy curvas mal trazadas, los lunes un cine vacío. Los martes una ola con marea roja, los miércoles un tic, los jueves la manecilla larga, los viernes un deseo y los sábados una llamada perdida.
Había hecho desaparecer hasta los armarios y las alfombras con tal de ocultar las evidencias de cómo había roto a aquel hombre: primero su voluntad, luego su espíritu y, al final, casi por accidente, su cordura. Ahora estaba condenada a presenciar el rompimiento terminal de su cuerpo.
Este lunes fui un suspiro, el martes la sombra en el haz de luz bajo la puerta. El miércoles fui jueves, y el jueves traté de ser miércoles, pero solo fui una pinza. El viernes fui una teoría y el sábado una gotera. Las cuatro de la madrugada del domingo es la hora de mi muerte. El resto del día me voy descomponiendo, secando, hasta quedar convertido en un polvo cenizo que se dispersa con los estornudos de los gatos.