Editorial
Convertirse en viejito cascarrabias – Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Convertirse en viejito cascarrabias
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Pese a lo dicho muchas veces, quizá irreflexivo, me voy convirtiendo en un viejito, uno cascarrabias, para variar. El tiempo me ha hecho prudente, y lento, y silencioso, y meditabundo, apenas. He visto demasiadas barbas mojar, y demasiadas que han sido cortadas. Las promesas se acabaron, el furor de aquellos años se consumió, incluso bajo el pendón de sensibles muertes a las que no contribuí más que con la apatía de dejarlas de lado. Pasó la universidad, el posgrado, la amistad, todo, incluso el drama del desamor, agotado al fin en la rutina de observar las mañanas con sus extrañas aureolas. Heme aquí, a tantos años de esa época, donde iluso jamás pensé en el impacto del paso de los años, los lustros, las décadas.
Además de algunos achaques, el uso de lentes (más opcionales por precaución que por recomendación médica), el mayor impacto ha sido sobre el carácter. La juventud es para ser contestatario, la temprana adultez para comenzar a definir el rumbo que se ha de seguir, pero allende la vereda, lo que más se acentúan son los juicios que hacemos del mundo; no ya lo heredados, los propios. Entonces la revolución es una palabra llana que más se centra en la desconfianza y la terquedad que en su valía original; aunque muchos parecen no sobreponerse al discurso reiterado con desesperación de que jamás verán cumplidas las ensoñaciones de cadáveres que partieron también sin claridad.
Me hago viejo, quisquilloso, obsesivo en ciertas rutinas especificas e indiferente a otras tantas. Pero, sobre todo, me vuelvo un cascarrabias. Uno más próximo a la moderación, que a cualquier noción de la lucha infructuosa. Tal vez porque ya hay cierta fatiga, quizá por el desencanto de la experiencia que proclama la iteración de los mismos resultados cada vez. El asunto en que el temple de la entropía se traduce a las acciones, a los deseos, a la voluntad. He crecido en la redundancia del fracaso, contemplo las cuentas por hacer y los ajustes al presupuesto, tomo siempre el mismo lado de la cama, y juego, a veces, con mi hija, maravillado de que el tiempo sea para ella algo irreal, donde los sueños y los recuerdos son la argamasa con la que juega sobre la mesa.
Pienso en la estabilidad, en la calma, en la predictibilidad, por ella. Incluso la anarquía se agota al pensar en su futuro, que no me pertenece, más me interesa ver concretado. También ella habrá de batallar con sus propias ofuscaciones, tendrá desencantos, frustraciones, dando de vueltas con la brújula enrevesada de la voluntad. Me fatiga la clarividencia, hacer uso del futuro para concebir ridiculeces que al final se deben adaptar a la casualidad. Viejo, a secas, terco, necio, compulsivo, remendando los mismos legajos una vez tras otra. Mas severo en la política, más hosco en el trato, menos dispuesto a la cómica extravagancia de lo inexplorado. Crecer como un acto de persistencia. Los sueños de la mocedad tienen prescripción si no se alcanzan en su momento, toda negación es un acto de ridiculez para aferrarse al fracaso.