Editorial
EL CUENTO DEL CANGREJO – Alberto Hernández
Crónicas del Olvido
EL CUENTO DEL CANGREJO
Alberto Hernández
“Los cangrejos también son tiranos que por
su naturaleza vacilante abogan por su inocencia al ser derrotados”
-Autor casi desconocido-
1.-
Era un cangrejo esquizofrénico. Era un cangrejo con las tenazas afiladas y de paso jacarandoso. No le gustaba la cerveza, como dice la propaganda, pero sí solía perderse en los arrecifes donde desataba todas sus pasiones contra los pobres peces, dados a dejarse pescar para no caer en las provocaciones del cangrejo.
De chico, fue un cangrejo busca pleitos. Pero cuando veía que la cosa se ponía difícil, reculaba de lado –cosa extraña- y se escondía, hasta que el vaporón pasaba.
También era un cangrejo locuaz, raro en este tipo de animales, tan silenciosos, apegados a la discreción. Pero ya sabemos que hay cangrejos de cangrejos y animales de animales, por muy inteligentes que se muestren, como suele decir un tiburón filósofo, no porque sea pensador, sino por lo afilado de sus dientes.
Se dice que el cangrejo esquizofrénico también podía hacerse invisible, pasar inadvertido, ocultarse, mimetizarse, hacerse el pendejo. O el cangrejo. Pero como nada es perfecto en este mundo, un día se le acabó el combustible de la invisibilidad y quedó al descubierto, lo que aprovecharon las otras bestias de las profundidades para echarle una vaina, para cobrarle unas cuantas por las también cuantas que les echó. Escurridizo, el cangrejo pasó muchos días sin dejarse ver, tras el ramaje de piedra de las formaciones coralinas de su cobardía.
2.-
Hasta que lo vieron y le pegaron una carrera hasta los farallones que hacen de frontera con el Mar Muerto. De allí lo sacaron unos celacantos que andaban de hueco en hueco escondiéndose de los buscadores de animales raros. Los mismos celacantos consideraron que el cangrejo era extraño, pero por solidaridad lo sacaron y guiaron por pasadizos peligrosos hasta que llegó a una playa tropical donde estuvo escondido bajo tierra. Allí lo sorprendió la Semana Santa. Emergió pálido por la falta de sol.
Parapetado en su esquizofrenia, le dio por escuchar voces venidas del pasado. Llegó a creer que Dios le hablaba, que era su hijo encarnado en un cangrejo. Tanto se lo creyó que los otros cangrejos, humildes y silenciosos, no le ponían atención. Es decir, no le paraban bola. Hasta que se alzó con sus pinzas afiladas y enfrentó a sus paisanos. Fue dominado, encerrado en una cueva hasta que entendiera que las voces que oía no eran de verdad, que era su conciencia maltratada por el odio, por el egoísmo, por sentirse superior a los demás, el más bravo de la partida.
Pasaron los años, no tantos, porque a los cangrejos le está prohibida la senilidad. Ya agotado de tanta petulancia y habladera, salió de su cueva y se internó en el mar a cazar pendejos. Dio con unos pececillos de colores que bailaban el pájaro guarandol cerca de los corales de Cubagua. El cangrejo, zorro viejo del mar, intentó meterse en el juego, pero los carajitos lo sacaron porque se quería llevar el traje. Los pececillos entonces cambiaron de juego y empezaron a divertirse con la burriquita, pero el cangrejo entrépito, otra vez quiso apoderarse del disfraz. Hasta que llegó una morena y lo espantó bien lejos.
3.-
Triste, abandonado por la historia, se metió en un barco viejo que reposaba en el fondo de una bahía. Allí se encomendó a los dioses del Mar Caribe, oró por su soledad y luego durmió un rato. Cuando sintió que la larga noche del mar llegaba a su fin, emergió, flotó como una hoja. A ras de la superficie vio la playa llena de gente, de otros animales más audaces. Entonces se encaminó a nado de pecho hasta la orilla, pero cuando estaba a punto de llegar, una lancha rápida le dio un golpe tan fuerte que lo partió por la mitad. Antes de morir, el cangrejo esquizofrénico creyó ver a Dios. Dijo: -En verdad os digo, ha llegado mi hora y no he podido explicar qué es lo que realmente soy, qué hago yo aquí.
Como el cuerpo destrozado del cangrejo llegó hasta la playa, unos chamitos empezaron a tirarle pelotas, conchas de guacucos, piedras, zapatos. En la agonía, el cangrejo ya no era cangrejo ni esquizofrénico. Era un sobrado del mar que en pocos minutos sería devorado por algún animal marino, por la historia y hasta por el olvido.