Editorial
‘La muerte de las magnolias’ de Estefanía Lucerna – Ernesto Adair Zepeda Villarreal
‘La muerte de las magnolias’ de Estefanía Lucerna
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Siempre es un buen momento para leer poesía. En especial, si es una joven con una fuerza propia, decantada en el continuo aprendizaje de sus heridas. Este es el caso de la toluqueña Estefanía Licerna, ganadora de distintos certámenes locales e internacionales. Este libro fue editado (82 pp.) por el Gobierno Municipal de Toluca y Tinta de Xinantécatl en 2024, bajo el cuidado editorial de Alejandro Osta; mientras que el diseño fue de Ramón Montes de Oca y Ángela Isabel Javier Magaña. El motivo: ser la ganadora del Premio Municipal de Literatura 2023. Distribuido en 44 poemas, su aliento rebosa con la denuncia de lo cruel inmediato, el sentimiento de abandono, la lucha contra la violencia de género, y muchas otras reflexiones sobre el dolor de percibir el mundo desde la sensibilidad poética femenina.
En lo particular, me llama la atención los versos: “Tengo que aprender, dicen los críticos, a conjugar las palabras tiernas/ a usar “la voz de mujer” y ser la musa de un verso misógino”. Puedo imaginar a ciegas la penosa situación que alimentó los versos anteriores, que, sumado a su obra completa, es un repertorio de denuncias de la rutina personal, y por tanto, universal. Estefanía no sacraliza la poética, no es una vedete de la palabra con bilé y brillantina (aunque lo quisieran), sino, mas bien hace uso de ella para catalizar las experiencias inmediatas en toda su incomodidad, para salpicarnos en la prosperidad de nuestros silencios. Sarcástica afirma que hace de la poesía “… un erotic-show-poesía-en-la-piel-de-mujer/ narrar con cierta elocuencia un par de rimas/ y detallar cómo fue mi último orgasmo…”. No es ni vano ni trivial. En su forma de concebir la palabra cumple con un destino terapéutico, aunque es un proceso visceral, genuino y necesariamente violento. Su forma de escribir es un viaje por el borde del infierno, socarrón, desde donde nos obliga a voltear a ver las cosas a las que nos hemos acostumbrado.
Trata temas varios, pero resaltan el papel de la familia (con ese pilar que son las mujeres en su vida, su abuela, su madre), la desazón del fracaso que son hombres, la sensibilidad ante las injusticias del mundo -otra extensión de lo que ama-, y muy en el centro, el oscuro papel de su sombra gemela: el padre ausente, ese terrible espejo asomado entre las páginas. A través de todo, el manto de símbolos cristianos y la frenética búsqueda de libertad. Hasta vaciarse, también de este modo: “Nada extraordinario pasa en este lado de mi vida/ soy como la tumba de mi padre / mirando las flores de enfrente con envidia”. Filtra el veneno desde las heridas. El objetivo no es infectar, sino compartir con sus lectores un mecanismo imperfecto de sanación. Y no se detiene, dice: “Tengo miedo de perder a mis hermanas/ por eso las cuento cada noche/ como quien amarra las estrellas a una rama”. Le agradezco esa renuncia de ser la escritora modosa de lo femenino, de los motivos florales, de lo no-masculino, de lo pasivo, de lo anecdótico-florero, tan deseada por esos críticos. Reconocemos en Licea el estruendo, el shock, la energía desatada del lenguaje para forzar algún cambio en el mundo. Algunos detalles hay en la edición, todos menores. No nos debemos distraer por la forma, sería una traición a la íntima comunicación a la que nos invita a lo largo de sus versos.
Para ella, incluso en la sorna, su arte va más allá del placer esteticista al desacralizar la poiesis en favor de la vitalidad, de lo honesto: “Ya no tengo nada más que decir/ haré de este silencio mi último poema/ dejaré que las cosas importantes sean dichas por los poetas serios”. Su obra es una invitación a la rebeldía, a la resistencia ante todas las pequeñas luchas que nos van aniquilando. Estefanía Lucerna nos entrega un poemario que resulta bello por la intensidad, prolijo en imágenes, denso en los bordes ríspido. Hace del acto poético una botella de wiskhy para rolar con la banda, rota la boquilla.