Editorial

La Historia Que No Contamos – Erika Mitzunaga

Posted on

Ladro luego escribo

La Historia Que No Contamos

Erika Mitzunaga

escribe@malixeditores.com

Hay preguntas que no hacemos a tiempo, o quizá no hubo espacio ni momento para hacerlas. Poco conocí a mi abuelo, tengo algunas fotografías, cerámicas de gran detalle, copas de laca, una bandera de Japón y las anécdotas que mi padre nos cuenta. Ayer, por ejemplo, mi papá, que tiene noventa y dos años y una memoria selectiva, nos narró cómo hacían el café en su casa. Su padre compraba granos llamados caracolillo, lo tostaban y al enfriarse, lo molían. Atesoro estas vivencias como si fuesen pedazos de verdades ante tantas preguntas que siempre he tenido.

Nishi Mitzunaga llegó a México en 1884 proveniente de la isla de Kyushu,

tenía doce años. En este viaje que duró seis meses lo acompañó su hermana. El barco arribó a Salina Cruz, Oaxaca. Tiempo después, ella partió hacia California a trabajar en el cine mudo y él se estableció en Durango.

Vivió la Revolución mexicana, la Primera y Segunda Guerra Mundial y decenas de conflictos que se daban a principios de siglo en este convulso país como un refugiado, asimilando a medias la cultura nacional, con una esposa y un hijo que llegaron a destiempo.

¿Por qué una familia mandaría a un niño de doce años, a un lugar tan lejano? No lo pregunté, tenía cuatro años cuando mi abuelo murió, y papá tampoco lo hizo, él me explica que, en aquella época, pocas preguntas se les hacían a los padres.

Mi hermano, Hiroshi, con un tono jocoso nos dice que seguramente era una familia de samuráis, y tenían que salir de Japón por problemas políticos. México, para una familia japonesa de finales del siglo XIX, debió significar un lugar dónde esconder a alguien que no debía ser encontrado.

Hace un año, Hiroshi conoció a través de su trabajo, a otro Hiroshi Mitzunaga, que radica en Sao Paulo. La coincidencia de nombre y apellido no era todo, también su familia era originaria de la prefectura de Kagoshima en Kyushu y llegaron a Brasil, en la misma época que lo hizo mi abuelo a México. Los motivos, le explicó el Hiroshi brasileño, se debieron, entre otros, a una rebelión de exsamuráis en contra del gobierno Meiji en el año 1877 —mi abuelo en ese entonces apenas tenía cinco años—. Los lideres de Satsuma, como se conocía a Kagoshima en esa época, habían apoyado fuertemente la restauración, mas no veían con buenos ojos el rápido proceso de adopción de ideologías de la cultura occidental, siendo que esto debilitaba a la clase samurái y sus privilegios.

Cuando mi hermano nos relató esta historia, sonreí, veía en el pasado del hombre pequeño, callado y lleno de pecas, una nobleza que era difícil de explicar. Para mí, dicha nobleza radicaba en su gesto afable y sereno, que mantuvo incluso cuándo fue comunicado por el gobierno de México, que sería enviado a un campo de concentración en Veracruz durante la Segunda Guerra Mundial. Le venía, pienso ahora, de esa estirpe de hombres que son capaces de tomar un tantó y deshacerse las entrañas como un rasgo de honor y que celebran amando la herida y dejando detrás la deshonra.

Las más leidas

Salir de la versión móvil