Editorial
Resistencia – Ana Suárez
Ladro luego escribo
Resistencia
Ana Suárez
Desde que tengo memoria, las ceibas me guardan y los ríos son las venas por las que fluye mi vida. He visto a jaguares caminar con gracia entre mis senderos y escuchado a los monos aulladores llamar al amanecer y a las aves tejer sus melodías al hacerse de noche. Desde lo más profundo de mis cenotes hasta las hojas que acarician el viento, soy una sola y poderosa entidad.
Hace no mucho tiempo —nada, si se compara con la eternidad que llevo a cuestas—, sentí un temblor bajo la tierra, un murmullo distante que no se parecía al susurro del viento ni al rugido de la tormenta. Era un sonido ajeno, un estruendo de fierro y fuego que se abría paso sin respeto y que creció hasta convertirse en un estruendo de máquinas y motores. Era una gran serpiente de metal que ha partido en dos mis caminos sagrados y obligado a los jaguares a esconderse, a los monos a correr asustados y a las aves a alejarse, ante un futuro que dejó de pertenecerles.
Eran de nuevo los hombres, esta vez decididos a construir un camino de fierro. Hablaban de captar turistas e inversiones, de traer el progreso a una región “olvidada”, viéndome tan solo como un obstáculo para sus planes. Como si la vida que brota de mi tierra no valiera más que su ambición.
He tratado de mostrarles mi dolor. He hecho que mis raíces se retuerzan bajo sus máquinas, que las ramas de mis árboles caigan sobre la obra y las fuertes lluvias les impidan trabajar, pero no escuchan mis súplicas y siguen avanzando, ciegos y sordos a mi sufrimiento, viendo nada más lo que desean ver. Me llaman “tierra virgen” mientras me desgarran, como si yo no fuera más que un recurso para explotar. Piensan que me han dominado, sin percatarse de que la vida no se somete, solo se comparte.
Los hombres no entienden quiénes son. Caminan por mi suelo, pero no lo sienten bajo sus pies. Olvidan que también son hijos de la tierra. Pero yo he visto surgir en mi seno a varios “civilizaciones”, que acabaron por desaparecer sin dejar más que montones de piedras pues he estado aquí mucho antes de que ellos siquiera soñaran con sus ciudades y ferrocarriles.
Y es que en lo profundo de mi ser, guardo la semilla de la resistencia, un latido oculto que no se apaga, incluso cuando todo parece perdido. Sé que más pronto de lo que imaginan mis raíces volverán a crecer bajo las grietas que han dejado, que los vientos dispersarán las semillas que a su vez se transformaran en ceibas, que de nuevo los jaguares se deslizarán en mis senderos y se trenzarán el canto de las aves y los chillidos de los monos. Sé también que la gran serpiente de metal se oxidará, olvidada y consumida por el tiempo y que yo renaceré, como siempre lo he hecho.
Soy la selva, mi fuerza es más antigua y más sabia que la de los hombres y no seré silenciada para siempre. Así sea.