Editorial
Aurora – por Adriana Cisneros Garza
Aurora
por Adriana Cisneros Garza
Para mi amada niña, a quien no alcancé a conocer.
Un señor que leía las cartas me dijo que tendría 3 hijos.
Pero, fui ahogando lentamente la poca emoción que sentía, al pensar en la maternidad, por culpa de mi esposo. Me cuestioné constantemente si eso sería malo o normal, viniendo de una familia donde mis ancestros habían tenido numerosa descendencia, varios abortos, y criticaban severamente a las mujeres que no encargábamos familia. Mi respuesta bajo meditación era siempre la misma, la correcta: “no… con él no, y menos bajo tantas amenazas de dejarme”.
Es que, desde que nos casamos, cuando él se molestaba por algo, me aplicaba la ley del hielo, escapaba del hogar sin decir a dónde iba, o a qué hora regresaría. Me trataba con indiferencia, siempre enojado, en una etapa en la que estábamos de luna de miel. Yo vivía intranquila diariamente, amenazada de mil formas, con juicios duros, críticas negativas a toda hora, y el yugo de intentar ser perfecta, de servirle aunque fuera como sirvienta, para gustarle un poco, con tal de no quedarme en la calle.
Él gozaba sembrando inseguridad, al mismo tiempo me reclamaba que no quisiera un embarazo; también, que me estuviera volviendo loca (según su perspectiva) a causa de los reclamos que me atrevía a hacerle, por el abandono emocional que yo estaba experimentando. Vivía a su lado, sí, pero en absoluta soledad.
Comenzó a controlar y limitar el dinero (era otra forma de manipularme), nuestra intimidad se fracturó, desde una vez que me probé unos bikinis… cuando se los enseñé, (pensando que le gustarían, que diría algo hermoso), se burló de mí.
“Mis hijos no van a crecer con un padre, que de pronto amanezca sin ganas de nosotros, que nos abandone sin sentir, sin pensar, disfrutando de nuestra agonía, y lágrimas”.
Por eso no viniste, Aurorita, mi amor. Mi niña hermosa con piel de luna y cabellito oscuro. Iba a ser duro, que con tus ojitos de miel, miraras cómo humillaban a tu mamá, y que ya sin voz, hubiese antepuesto su cuerpo, para que el monstruo se desquitara con ella, no contigo, bebé. Hoy te reconozco, desde la oquedad de mi vientre que no pudo arrullarte, cariño. Te amo, aunque no pueda tocarte… he logrado sentir tu presencia, en los días que parecen interminables. Siempre serás mi primogénita aguerrida… porque de ti, he tomado valor, para escribir ésta carta.
Atentamente:
La mujer que vino del mar… tu mamá.