Editorial
Cuando la ciudad era pueblo – Gloria Chávez Vásquez
Cuando la ciudad era pueblo
Mi pueblo ya no es mi pueblo, / Ya es una ciudad cualquiera, /
Con los edificios altos / Y con grandes carreteras. Canción de Luisito Rey (1945 –1992)
Gloria Chávez Vásquez
Josué Carrillo (1943) ya no reconoce a su ciudad natal. Se le ha vuelto una ciudad muy caótica y desaliñada, en contraste con su recuerdo de aquella tierra amable que lo vio crecer. En su transición de pueblo a capital de departamento del Quindío, Armenia atrajo tanto el progreso como la decadencia. Es el precio que pagan las grandes urbes, a falta de civismo y liderazgo, leales a su patria chica.
En su nuevo libro, De las primeras Obras Ingenieriles en Armenia, J. Carrillo, graduado en la Universidad Técnica de Aachen, Alemania, y profesor jubilado de la Universidad Nacional, ha querido resaltar, no solo las obras construidas en Armenia en su primer medio siglo de historia, sino a quienes dedicaron pasión y vida a darles impulso y a quienes se les debe, aún, reconocimiento. A uno de ellos, Presbítero Vicente a Castaño, ha dedicado el libro.
Josué destaca “sin pretensión histórica”, las obras más representativas de Armenia en sus primeras seis décadas de vida. La lectura de la información, contenida en 157 deliciosas páginas, producto de su investigación meticulosa, anotaciones diarias y memoria prodigiosa, a la que se añade la contribución de amigos y familiares, el ingeniero describe la ciudad del antaño que conoció y vivió.
El pasado compartido
Nuestro guía y narrador, nos lleva por un viaje al pasado compartido, quizás idealizado por la nostalgia, pero sazonado con ese sentido del humor típico de la tradición cuyabra.
—Es un acto de justicia histórica —dice el autor— pues al documentar la transición del bahareque al concreto, se habla no solo de materiales, sino de la metamorfosis de una sociedad que pasó de la tranquilidad pueblerina a la ambición urbana. Estas notas permiten entender que bajo el asfalto actual hay una ciudad que fue pionera y moderna por convicción, no por azar.
Las obras de arquitectura mencionadas, son aquellas de expresión más refinada y moderna, que han sobrevivido, y que conforman el patrimonio vinculado a la identidad social y cultural, no solo de Armenia, sino del Quindío. Las obras de ingeniería, por otra parte, datan de la primera mitad del siglo XX cuando la vida giraba alrededor del cultivo del café.
En sus primeros 50 años, la pequeña “ciudad milagro” gozó de una vida tranquila y apacible; de calles propicias para los encuentros y las conversaciones de una comunidad donde todos se conocían por el nombre, o de vista.
La arquitectura: del bahareque al hormigón
—De los primeros años de vida de la ciudad no existe hoy ninguna obra, —explica J. Carrillo— y la razón es que el principal material de construcción, empleado en esa época, era el bahareque, el cual exige un mantenimiento permanente y tiene una vida útil muy efímera. Es lamentable que, de las fachadas, puertas, ventanas y balcones de esos años, que eran, por cierto, muy elaborados, no queden sino unos pocos registros fotográficos, en donde se pueden apreciar el buen gusto y los refinados trabajos de carpintería.
La primera obra de envergadura propiamente dicha fue la Catedral, por ser la construcción más alta. La obra más sofisticada hasta entonces era la estación del ferrocarril, no solo por los edificios y vías, sino también por los grandes taludes, explanaciones, además de la canalización de la quebrada. La llegada del tren fue el disparo de salida para iniciar una etapa de desarrollo importante que tuvo una primera culminación con la creación del Departamento del Quindío y el ascenso de Armenia a ciudad capital.
En la década de los años treinta, empezaron las construcciones de arquitectura modernista; los nuevos edificios se diseñaron de acuerdo a su propósito. Las residencias, que actuaban como oficinas, bancos o almacenes, dieron paso a los edificios con identidad propia. La arquitectura moderna se distinguió por sus diseños simples y funcionales, el uso de nuevos materiales y las construcciones de mayor altura, ahora de tres o más pisos. Al finalizar la década, las edificaciones más altas de la ciudad, aparte de la catedral, eran el edificio de Rentas (hoy Bellas Artes), con cuatro pisos y la torre de la Galería, que tenía cinco.
La construcción de nuevos espacios arquitectónicos influyó en la apariencia física y la función de las nuevas edificaciones y contribuyó a darle al centro de la ciudad un aspecto renovado. En los años 40 aumentó el número de edificios de cuatro pisos y al final de la década había dos de seis pisos, el edificio Tobón, que fue durante varios años el más alto de la ciudad, y el de la Compañía Colombiana de Seguros; también de cinco pisos eran el edificio Gómez “El Lobo”, de Francisco Luis Gómez y hermanos, y el Santafé, que fue el primero en tener ascensor.
De ese tiempo datan obras de infraestructura como vías, acueducto, plantas de energía, matadero y otras, imprescindibles a la creciente población. Paralelo al crecimiento demográfico se ampliaron y modernizaron los centros de servicios administrativos, comerciales, educativos, sanitarios, religiosos y demás. Al crecimiento comercial de la ciudad contribuyeron inmigrantes como Francisco Shapiro (La Quinta Avenida) y los hermanos Mowerman, con sus almacenes de telas y prendas de vestir.
Patrimonio de la colonización
Del patrimonio cultural arquitectónico de la “colonización antioqueña”, quedan pocas casas de bahareque y teja de barro y un par de edificios que ocupan entidades gubernamentales o educativas. —Sin hacer de lado el criterio que privilegia la antigüedad como valor principal de dicho patrimonio —dice el autor— en la ciudad son contados los edificios construidos entre 1930 y 1950 que aún quedan en pie y que pudieran considerarse como el legado patrimonial de arquitectura moderna. Gran parte de los que hubo, se demolieron para dar cabida a otros edificios más modernos y de mayores dimensiones.
En ese sentido, es muy poco lo que queda del legado de nuestra ciudad de la primera mitad del siglo XX. Solo unas dos o tres construcciones han logrado mantenerse en pie a pesar de los embates del tiempo, los remezones sísmicos, la desidia de la administración local y, a veces, la falta de dinero de sus propietarios para restaurarlas.
Las ilustraciones fotográficas que acompañan los capítulos, nos muestran iconos citadinos como la ya famosa pero vulnerable catedral de La Inmaculada Concepción, que obligó a exclamar a uno de nuestros intelectuales de la época, al evaluar la hermosa gran torre sobre el templo: “le puede la fama”. El cementerio San Esteban, removido de su sitio original para construir la Terminal de buses; los primeros colegios, gestionados por Msr. Castaño; la hermosa arquitectura estilo colonial de El Orfelinato, demolida para reemplazarla por el actual Parque de la Vida.
Josué Carrillo, al igual que su señora de toda la vida, María Mora, extrañan la ciudad donde se conocieron, como estudiantes del San Luis Rey y El Sagrado Corazón de Jesús. Recorrer hoy en día la ciudad, ya no tiene el encanto de aquellos tiempos. Por el contrario, es una experiencia que entraña riesgos. La congestión de gentes, vehículos y toda suerte de tenderetes en las calles, dificulta el paso y los peligros asechan por la noche.
Con este libro, el ingeniero que es Carrillo, reconstruye la memoria de obras de gran mérito, que deberían ser orgullo para la juventud cuyabra y admiración para los turistas y nuevos residentes. Es autor de textos de ingeniería como: Empuje de Suelos (1996); Mecánica de Rocas I y II (1998 y 1999) y Flujo a través de medios fracturados (1999).
A su legado histórico-literario se suman títulos como “Memorias de un estudiante desmemoriado” (2014); Un cuyabro en Alemania (2015); Te acordás hermano, que tiempos aquellos (2016). Actualmente se prepara para publicar” Las aves en la floresta. Sus tres hijos, y sus nietos, viven en Europa, aunque visitan a menudo la tierra de sus padres. La idea con sus libros de crónicas, es mantener viva, en las nuevas generaciones la historia de su tierra y de sus gentes.
Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora reside en Estados Unidos. Autora de Cuajada, Conde del Jazmin, Herencia Books, N.Y 1998, Cuentos del Quindío, Editorial Quingráficas, Armenia, 1982; Las Termitas, Union de Escritores Colombianos, Bogotá,1978. www.gloriachavez.vasquez.com