Editorial
Crésimo – Armando Peralta Díaz
Crésimo
Armando Peralta Díaz
Ladro Luego Escribo
Crésimo, el esclavo romano, pulía con sumo cuidado la superficie de bronce de uno de los espejos ustorios. A su alrededor, el taller bullía de actividad: esclavos y artesanos fundían bronce, moldeaban piezas y ensamblaban mosaicos de vidrio. Absorto, apenas notaba el caos. Su mente estaba enfocada en las palabras de Arquímedes, el maestro al que admiraba. El genio siracusano les había explicado el revolucionario diseño de los espejos con entusiasmo contagioso, describiendo las complejas curvas parabólicas y los precisos puntos focales que harían de estos artefactos un arma devastadora.
Aunque no comprendía del todo los principios matemáticos detrás de los espejos, confiaba en la visión de Arquímedes, a quien había visto trabajar en cálculos complejos. Mientras daba los toques finales al espejo, sentía un profundo orgullo, sabiendo que su trabajo, por pequeño que fuera, contribuiría a la defensa de Siracusa contra las legiones romanas y sus máquinas de guerra. Pronto, los romanos sentirían el devastador poder nacido del ingenio de Arquímedes.
Un repentino grito desgarrador sobresaltó a Crésimo, sacándolo abruptamente de sus reflexiones. Levantó la vista y vio a dos esclavos que transportaban con gran dificultad una enorme pieza de madera. Era parte fundamental de la compleja estructura giratoria sobre la cual se montarían los pesados espejos de bronce. Observó con asombro cómo los hábiles carpinteros e ingenieros trabajaban en perfecta armonía, ensamblando las piezas con precisión milimétrica según los detallados diseños proporcionados por Arquímedes.
A medida que el día avanzaba, los imponentes espejos ustorios comenzaron a tomar forma ante sus ojos. Crésimo y sus compañeros de trabajo los colocaron con cuidado sobre las estructuras. Ajustaron los ángulos con y probaron varias veces los mecanismos de giro para asegurarse de que funcionaran. El propio Arquímedes supervisaba de cerca cada paso del proceso, haciendo ajustes basados en sus cálculos.
Al ponerse el sol sobre Siracusa, llegó el momento de la prueba final. Arquímedes dio la señal y los operadores giraron los espejos hacia el mar. Crésimo contuvo la respiración. De repente, un destello iluminó las aguas. Los rayos del sol, concentrados por los espejos, convergieron en un punto. Sintió emoción. Lo habían logrado. Arquímedes había triunfado.
Entre vítores y abrazos, Crésimo miró hacia las murallas donde los espejos ustorios eran desplegados para enfrentar la amenaza romana. Sintió una profunda conexión con su ciudad y el genio que la defendía. A pesar de ser un esclavo, sabía que había desempeñado un papel crucial en algo más grande que él mismo.
Pero la alegría duró poco. Esa noche, los romanos atacaron por sorpresa. Cresimo, presa del pánico, corrió al taller decidido a proteger los espejos.
En la oscuridad, chocó con Tirso, otro esclavo que intentaba incendiar los espejos. Lo acusó de traición, pero Tirso, riendo, declaró su lealtad a Roma y la necesidad de destruir los espejos. Forcejearon hasta que Tirso se zafó y lanzó la antorcha. Crésimo vio horrorizado cómo las llamas devoraban su trabajo, reduciéndolo a cenizas. Desesperado, intentó salvar algunos espejos, quemándose las manos en el proceso.
A la mañana siguiente, la noticia se difundió: Siracusa había caído ante el poderío romano. Crésimo, herido y abrumado por el dolor, fue llevado ante la presencia de Arquímedes. Pero el maestro yacía muerto en un charco de su propia sangre, asesinado por los brutales soldados romanos.
Claudio Marcelo el comandante se acercó a Crésimo, mirándolo con desprecio. “Nos han informado de que tú trabajaste en la construcción de esas máquinas infernales. Ahora nos mostrarás cómo reconstruirlas para mayor gloria de Roma”.
Crésimo, con lágrimas de rabia en sus mejillas, escupió a los pies del oficial. “Nunca. Prefiero morir antes que traicionar a mi maestro”.
El oficial sonrió con cruel satisfacción y lo entregó a los soldados para que lo torturaran. Mientras se lo llevaban a rastras, Crésimo echó un último vistazo al cuerpo sin vida de Arquímedes, sintiendo cómo algo se rompía para siempre en su interior.
En silencio, se juró a sí mismo que los secretos de los espejos ustorios morirían con él. Era lo único que podía hacer para honrar la memoria de su amado maestro y la ciudad que, por un breve y glorioso momento, había llamado hogar.