Editorial
Demasiado Tarde – Gabriela Segura
Demasiado Tarde
Gabriela Segura
Ladro, Luego Escribo
La mentira es una afirmación que alguien
hace con la intención de que otra persona
no llegue a la verdad.
RODRIGO MUNGÜÍA
Severa, a sus veintitrés años, había viajado de Parada de Cameixa a Veracruz. Abrumada por el exilio, pasó unos días felices en el puerto al lado de su hermana antes de irse a vivir definitivamente a Puebla. Desde entonces tenía la ilusión de regresar. Soñaba con sentir, nuevamente, las olas del mar rozando sus pies, como lo había hecho tantas veces en Lastras, aquel río helado que le recordaba su infancia. Iñaki le había prometido muchas veces llevarla para su aniversario, pero cada vez, al llegar la fecha, el improvisaba el festejo. Jamás se tomó el tiempo para planear ese viaje que ella, año con año, tenía la esperanza de realizar.
Pensó que, finalmente, se cumpliría su sueño, Iñaki se lo había prometido y ella quería creerle, sin embargo, como de costumbre, se le cruzó algo; llegó tarde por ella y con varias copas encima.
Severa, con el rostro ofuscado, apareció en el umbral que daba al garaje. Su languidez al caminar y esa mirada desencantada hacían saber a su marido que el viaje sería un fracaso, pero Iñaki, fogoso y desinhibido por el alcohol, minimizó la molestia de su mujer y trató de meterle la mano en el sostén. Siempre le habían gustado los senos grandes de su esposa y cuando estaba borracho no controlaba sus instintos. Severa se sintió humillada, no solo llegaba tarde, encima la ofendía con su comportamiento. “Para variar has llegado tarde. La fiesta y los amigos siempre pueden más que tus ganas de estar conmigo”, dijo Severa quitándole la mano con un gesto de desaprobación.
Subieron al coche y ella lo escudriñó con sus ojos negros abismados. Iñaki conocía esa mirada. Con un beso en la mejilla de Severa, pidió disculpas y calló. En la larga carrera del matrimonio él había aprendido que el silencio consigue más que las palabras, así que no dio explicaciones.
Después de un rato, empezó a hacer chistes para aminorar la tensión entre él y su mujer, pero solo logró agudizar su enojo así que decidió abstenerse de sus bromas.
Para Severa las primeras horas del camino se congelaban en el tiempo como cuando en sus años de enfermera de guerra el frío intenso hacía que dejara de sentir las extremidades de su cuerpo.
Quizá fue el aburrimiento de un camino sinuoso o la necesidad de disipar la oscuridad de sus memorias tormentosas, lo que despertó en Severa la iniciativa de cantar. A pesar de su relación amarga con Iñaki, de sus adentros salió una voz dulce que envolvió el silencio como ocultando con una manta lo que es evidente.
Iñaki, a pesar de ser de ojo alegre —como decían sus amigos—, quería a Severa, le gustaba su brusquedad y sus arrebatados modales. Siempre tenía buenas intenciones, por eso le había prometido durante años ese viaje, pero para Severa ya era demasiado tarde. Al escuchar su canto, de pronto él pensó que las cosas podían ser diferentes, y se estiró de a poco, sutilmente, como cazador aproximándose a su presa. Su delgado e interminable brazo acarició con el roce la nuca despejada por el moño alto que ella llevaba. Entonces se produjo un estadillo. El coche rojo se volcó sobre el pavimento e Iñaki ya no tuvo tiempo de reaccionar, pero retumbó en su cabeza la advertencia que su primo le había hecho en la madrugada: “Revisa que los birlos de tu coche estén bien apretados”. Severa sintió un golpe en el hombro izquierdo y luego entró en un túnel de luz donde no había tiempo. Ese lugar trillado del que habla quien ha probado la muerte. Ella pudo reconocerlo, se desprendía de su cuerpo tendido en el asfalto y la invadía el silencio. Sintió una paz profunda y el deseo infinito de irse. Estaba aliviada y sin miedo, pero, de pronto, escuchó las súplicas de Iñaki: “Vive, Severa. Vive por mí”. Y, en ese instante, Severa fue substraída de ese estado armonioso y regresó al dolor.