Editorial

Comentarios a Pipitskanimej/Golondrinas, poemario de Eugenio Valle Molina

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Comentarios a Pipitskanimej/Golondrinas, poemario de Eugenio Valle Molina

Ciudad de México, 26 de junio de 2026

Sara Elena Mendoza-Ortega

 

Cuando el querido Eugenio Valle Molina me invitó a participar en la presentación de este libro, lo primero que pensé fue en cómo hablar de un texto que ya era parte de mí antes de terminar de leerlo. Porque así ocurre: va llegando lento y se queda, como la llovizna que empapa Cuetzalan.

Pipitskanimej / Golondrinas transita por tres conjuntos de poemas bilingües —náhuatl y español—, ligados a los parajes y al acaecer de Cuetzalan. El primero reúne seis textos donde resuenan los vínculos familiares, la calidez del hogar, la identidad y la memoria. El segundo, Breversos cuetzaltecos, concentra la mirada en pequeñas escenas de la vida cotidiana que tienen un claro aroma a haiku, mientras que el tercero se aviva en una brevedad que no admite clasificaciones, si bien ronda la remembranza reflexiva y el aforismo. Así, aunque cada uno encuentra su propio color, los tres brotan de una misma raíz.

He leído esta obra con la sensación de seguir los pasos de alguien que conoce muy bien el lugar donde sus versos habitan. Vienen a mi mente la sierra cuetzalteca y su incesante lluvia, los cafetales, los trinos, los caminos y esa niebla que desde hace años envuelve el imaginario poético del autor —a quien, algunas y algunos lo sabemos, se le ha identificado como «el poeta de la niebla»—. Percibo también que casi todo parece nacer de lo que ese sitio cifra en su interior; de esa materia viva, cambiante pero perenne.

Y es desde esa materia que Eugenio escribe con una honda cercanía. Nada es demasiado pequeño para detener su mirada: una naranja, una taza de café, el canto de un tecolote, una hamaca movida por el viento, una golondrina, bastan para iluminar un mundo entero. Hay una confianza lúcida, sosegada en las cosas mismas, en todo cuanto pueden significar sin necesidad de explicarse.  Desde este, su acto contemplativo, los objetos ordinarios se develan.

El lirismo del poeta recorre la infancia, el amor, la familia, la amistad, el paisaje, a través de imágenes de gran delicadeza como esta, en la que el deseo se asume por primera vez amoroso:

 

La suavidad de tu sombra

reposa sobre la hierba

y el deseo es el campo

donde nace el amor apenas descubierto

 

Acaso por ello, mientras leía este poema, vino a mi mente la película El sabor del té, de Katsuhito Ishii: porque pude recrear en mi mente la hierba brillante, la luz suspendida entre los árboles y una palpable atmósfera de inocencia, de algo nuevo por vivir.

También encuentro esta delicadeza en sus aproximaciones al oficio de escribir; me detengo, por ejemplo, en Jardín ajeno, donde el escritor rememora a quienes lo acompañaron en el descubrimiento de su intuición creadora y reconoce cómo la literatura terminó imbricándose con los afectos, las conversaciones y el diario devenir. Cito:

 

Cuando recojo hojas secas en los jardines

o cuando paseo a media tarde

para sentir sobre la piel

el temblor de la lluvia,

recuerdo los versos de otros poetas

y me gusta creer que me esperaban…

…………………………………………………..

Cuando recuerdo aquellos versos

la nostalgia me humedece los ojos,

porque aprendí con calma

el oficio de nombrar lo que siento…

 

Al tiempo, con tan honesta confesión, la escritura se revela, sí, como una vocación, pero sobre todo como una conversación prolongada con aquello que ha dado forma a su vida.

No es extraño, entonces, que estas páginas estén pobladas de presencias. Se manifiestan la madre, los abuelos, los amigos, los amores, si bien ninguno irrumpe como protagonista absoluto. Todos forman parte de un mismo tejido: la madre permanece junto al fuego y al café; la niñez reaparece bajo la lluvia y entre los montes. El paisaje, todo cuanto los circunda, cobija estas estampas y ensancha su horizonte.

Pipitskanimej irradia serenidad. Aun cuando asoman la ausencia, la nostalgia o la muerte, el tono rara vez se vuelve áspero. Subyace una cierta templanza ante la pérdida que evoca algunas cadencias de la poesía popular mexicana —pienso, por ejemplo, en Sabines o en Castellanos—, en la que la tristeza suele sentarse a la mesa o recorrer las calles en el día a día. Y cito:

 

Mi padre miró

el último otoño

en los sombreros

 

La muerte se vislumbra apenas y la poesía sigue al lado de la rutina: los sombreros; el campo, la mirada del padre; a pesar de que la melancolía está presente, convive con las pequeñas cosas que hilan la existencia.

Quizá por mi cercanía con el haiku encontré en los breversos una de las vetas más sugerentes del libro. Detrás de su aparente sencillez hay un trabajo de composición muy cuidadoso. Y leo:

 

Otra noche más

murmuran los grillos

en el durazno

 

Apenas tres líneas; pero en ellas caben la quietud, la penumbra, los sentidos, la textura de un fruto, esa aprehensión del instante que atraviesa buena parte del volumen.

Y luego aparece, de nuevo, el motivo:

 

Alzo los ojos:

me deja un recuerdo

la golondrina.

 

No es fortuito que las golondrinas den nombre a la poesía aquí reunida. Su vuelo ligero y sus giros dejan una ilusoria estela en el aire. Basta entreverlas para recuperar algo de lo asombroso de su naturaleza.

La lluvia bailando al pie del encino, el agua que canta en el río subterráneo, la golondrina convertida en un rayo de luz entre las nubes o los grillos al filo de la luna, comparten una cualidad reminiscente; en cada composición, emotividad y espacio vivido se entrelazan y continúan resonando.

En Golondrinas las estaciones vuelven una y otra vez: en el otoño que rodea al padre, la llovizna de agosto sobre el chamaky, el sol de abril o el invierno junto al brasero, se dibuja una espiral de retornos en la que los ecos del pasado nunca son exactamente los mismos; la sustancia de cada poema adquiere una densidad casi mineral.

Hay, además, algo que me resulta relevante: el náhuatl y el español conviven con naturalidad. Aunque trabajé varios años en comunidades indígenas y con hablantes y escribientes de lenguas originarias, no tengo los elementos para valorar, desde sus aspectos formales, lo escrito en náhuatl. En cambio, percibo una escritura que no fue concebida para verterse de una lengua a otra, sino para arraigarse en ambas.

Ahora, cuando las lenguas originarias suelen reducirse a un simulacro de inclusión o a un barniz multicultural, es reconfortante encontrarlas ejerciendo plenamente su capacidad expresiva. Ambos idiomas forman parte de una corriente donde convergen distintas culturas, cosmovisiones y formas de «decir» la experiencia, y la poesía de Eugenio les ofrece un cauce donde encontrarse.

Por este entramado discurre algo más que un inventario personal; en él se resguardan oficios del existir: la cercanía humana, el trabajo en el campo, los nombres de los pájaros, los ciclos de las aguas, los saberes y cierta manera de acompasarse a la tierra. Las vivencias íntimas terminan desembocando en un caudal donde confluyen otras historias.

Al final, queda la impresión de que página tras página el poemario de Eugenio Valle Molina traza una constelación de palabras frente al transcurrir; como si supiera que cuanto amamos es siempre efímero, y que la poesía puede ofrecerle un refugio contra la erosión de los años, un rescate frente al olvido.

 

SEMBLANZA DE SARA ELENA MENDOZA ORTEGA

Sara Elena Mendoza-Ortega se ha formado y desarrollado profesionalmente en los campos de la docencia, la psicología y la gestión educativa, principalmente en la educación con personas jóvenes y adultas, tanto hispanohablantes como hablantes de lenguas originarias, en México y América Latina.

Interesada en la fotografía y la escritura, ha participado en talleres coordinados por el Mtro. Raúl Renán, así como en diversas publicaciones, exposiciones y proyectos colectivos. Ha explorado la mediación museológica en México y Francia, la reseña de arte, la poesía y, especialmente, el haiku. Actualmente publica de manera periódica en la revista española Hotaru.

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