Editorial

Historias Encaladas – Pilar Carrasco Mahr

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Historias Encaladas

Pilar Carrasco Mahr

Ladro, Luego Escribo

Las palabras deben detenerse ante lo que el entendimiento ignora.

ZHUANGZI

 

No es solamente lo que ves sino lo que no ves; o lo que dejas de ver, como me fue sucediendo en esos ochocientos cincuenta metros de barda blanca encalada que acompañan mi camino diario después de cruzar las vías del panteón jardín hasta mi casa.

Normalmente atravesaba este camino montada en mi coche en chinga, siempre con prisa e intentando llegar o salir de mi departamento en una carrera loca para “producir” no sé qué o para qué y notando apenas las estridentes pintas de estos muros. Con su blancura de fondo los empecé a imaginar como lienzos que una vez estuvieron en blanco pero que van perdiendo su virginidad en cada pinta y la van recuperando con cada encalada. En ellos van apareciendo letras y dibujos que nos invitan, casi a gritos, a ver a la Sonora Dinamita, quienes junto con la Sonora Santanera nos ofrecen el mejor baile de nuestra triste y despintada vida; avanzo unos metros antes de decidir que definitivamente no iré porque no he logrado ni aprender a bailar cuando aparece otra oferta mejor que me grita en letras rosas, azules cobalto, amarillas, verdes limón y naranjas que la delegación Álvaro Obregón me insta a visitar la feria de las flores un sábado 15 de julio que resulta que fue antier y que qué lástima porque iban a estar para animarla con su música “Los Askis” —solo los conocen en su casa—. “No te entristezcas tanto” me parece decir el siguiente letrero que en un verde neón aplicado a un cono invertido sostiene el logotipo que se alza orgulloso invitándome a usar las “Pinturas Diamante, el valor del color”, y me rio por dentro al pensar que si las uso mi vida podría valer cromáticamente más en un verde que no forzosamente provenga de los billetes. Un morado bien chirriante pelea ahora por mi atención y se me viene encima recordándome que no estoy sola y puedo oprimir un botón de auxilio (sepa cuál) si me atacan porque soy mujer, pero que mejor vote por el candidato a alcalde que se apellida García y que desde un partido independiente seguramente nos quiere seguir robando a pesar o además o también por ser mujeres. El escudo descarapelado de la H. Delegación ÁO insiste en que puede blindar la colonia y volverla segura; ajá, como si esta ingenua fantasía fuera a suceder nada más porque nos recetan cuatro teléfonos de la policía local en un rojo que hasta indigna como esos hongos que en el bosque llaman tu atención pero que si los comes segurito te matan. A su derecha, un graffiti en azul celeste, tonos dorados y grises parece rebelarse al anuncio de que en las colonias Puente Colorado, San Clemente y Ampliación Águilas ahora si tienen agua potable y si no lo crees, revisa la página del sector alpes-cuadrante P.1.1.10.

Sin saber exactamente cuándo, en mis recorridos cotidianos, empecé a notar que algunas letras de esos anuncios comenzaron a desaparecer. La cal que las sostenía era deliberadamente raspada hasta dejar ver el fondo grisáceo del tabicón de la barda, como si otros ojos se hubieran sentido mancillados en cada uno de los mensajes que las contenían. Entonces empecé a fijarme en ellas, a mirarlas distinto. A necesitar detenerme. ¿Por qué desaparecían? ¿Habría un código oculto qué descifrar o simplemente era el acto de alguien que había perdido la razón? ¿Por qué eran las mismas letras las víctimas de la repetición de un odio necio las que sufrían en cada una de esas bardas la gana de hacer que no estuvieran ahí?

Algo me quedaba claro. El enigmático personaje odiaba los diptongos y/o los tildes (nunca lo supe de cierto, lo he ido deduciendo) los cuales siempre eran raspados sin piedad de las palabras: alcaldía, María, día y ángeles. El misterioso asesino de letras parecía querer confundirme cuando inició otro patrón de desaparición de la sílaba li en Julio, línea (parece que también jugaba la tilde como motivo de resquemor) y en libramiento. Empecé a obsesionarme cuando descubrí, al paso de ciertos días, que la sílaba da de blindar empezó a faltar en todas las ofertas para dar seguridad a mi colonia. ¿Cómo blin__r mi tranquilidad cuando un desconocido mutilaba esas palabras sin que nadie hiciera nada para entender la razón? En cada una de mis salidas mi prisa por recorrer ese camino se fue yendo al carajo. Si antes lo hacía en cinco minutos ahora me llevaba más de cuarenta y cinco. Necesitaba entender, descifrar, ver en lo profundo de esta historia urbana. —Algo me quiere decir—, pensaba, imaginando un mensaje oculto como en el cuento Graffiti de Cortázar. Dejé prácticamente de trabajar. Abandoné mis actividades una por una: llegaba tarde al gimnasio, no recordaba qué cosas necesitaba comprar en el súper y hasta olvidé mi nombre cuando la señorita del banco me lo preguntó para verificar mi identidad al intentar cobrar un cheque. No podía pensar en otra cosa, la desaparición de las letras fue secuestrando mi vida y mi atención. Empecé a cuestionarme sobre mi prisa, era imperioso bajar la velocidad, ver al mundo en cámara lenta, con la calma que requiere el fotógrafo de detalles móviles y vivos para que el objetivo aparezca e inmortalizarlo en la foto.

     Hasta que un día lo vi. Lo pesqué in fraganti en el inusitado acto que provocaba mis desvelos.  Aquel hombre maduro y delgado con el pelo hirsuto y la ropa que evidenciaba el olvido propio y el de la sociedad, raspaba con una pala, un nuevo diptongo que le laceraba la visión, en un acto íntimo de rebeldía entre él y la osadía. Contra mi voluntad me quedé mirándole como congelada; el tiempo se detuvo lo que me pareció una eternidad mientras pisaba la frontera entre mi miedo y el rechazo a su indigencia. ¿Mi impulso era hacerlo desaparecer como él borraba las letras del muro? Algo extraño me ocurrió. Sentí una profunda tristeza por mí, por la anestesia que me invitaba a ser testigo mudo de la vida cuando pone en evidencia lo que apesta. Quizá el silencio y la quietud del momento me hicieron pensar en cuántas historias encaladas he dejado pasar por mi prisa o por esa indiferencia que es mucho más cómoda que la inquietante e insostenible voz de mi conciencia que me invita a no invisibilizar y desaparecer no solo a los “anormales” sino a los que lastiman mi cómoda y privilegiada vida. “¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿A dónde van las miradas que un día partieron? ¿A dónde se irán? ¿Acaso se van…y a dónde van?” parece querer gritarme Silvio Rodríguez con su voz aguda mientras lo voy escuchando en la suave sensación del asiento de piel de mi Jetta dorado.

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