Editorial
“El aceite de las nueces” de Jorge Arzate – Ernesto Adair Zepeda Villarreal
“El aceite de las nueces” de Jorge Arzate
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Editado en septiembre de 2021 por Ícaro Ediciones, vio la luz “El aceite de las nueces” de Jorge Arzate Salgado, poema épico de largo aliento. Con portada a cargo de Rubén Iglesias, y prólogo de Luis Arturo Guichard, se presenta con un diseño sobrio. Como casi todo el trabajo del maestro Arzate, este libro destila la profundidad del conocimiento del ojo observador, el historicista, el investigador y sociólogo, que eleva mediante el canto el placer estético, el erotismo, la experiencia humana. Mediante cinco cantos, presentados como monólogos de sus personajes, trae a la vida la “historia” casi biográfica Galya, la Reina-Madre, retratada a través de cada uno de los personajes que giran en torno a ella (los amantes Lázaro, Ada la filósofa cortesana, Tulio el campesino, y Sandro el hijo militar). La pericia del lenguaje se sintetiza al modo de la épica antigua, con una obra de lectura sencilla y variadas. Aunque eso es sólo lo inmediato evidente.
Este poema resuma de distintas capas, donde cada personaje expone su biografía, y la relación con la figura mítica de la Piedra, Galya, la amada y poderosa Reina, que los conecta y decreta sus destinos a través de la gloria y la fatalidad de los sentidos. Cada poema parece mostrar elementos simples, pero desarticulados. Y considerarlos así es un error de la primera lectura. Todos los poemas se conectan entre sí, mediante los personajes, mediante los fragmentos de la “biografía” construida alrededor de esa figura materna y pródiga en sensualidad. Ese doble juego va más allá de los fetiches modernos, y recuerda el papel de las diosas de la antigüedad, que a pesar de ejercer distintas facetas de la existencia no renunciaban jamás ni a sus dones femeninos, pero tampoco el poderío. A lo largo de las 117 páginas, el Dr. Arzate nos hace ver que la poesía épica sigue presente en las letras modernas, y es capaz de encontrar a sus lectores.
Lejos de parecer como incesables, soso o erudito, el chisme en torno de la figura central retrata el drama de la experiencia humana, las facetas de la pérdida de control, de las fisuras del poder, y al mismo tiempo de la ternura herida de la intimidad, e incluso de la nostalgia cicatrizada en la ausencia. El canto refresca el género, e imprime en las letras mexicanas un aliento genuino por lo clásico, demostrando que no queda rebasado ni por las fórmulas modernas ni por las demandas de activistas y lectores flojos. Entre sus páginas, se demanda la atención del lector, sí, pero ofrece a cambio ese universo construido para imprimir vida a los personajes, para sacarlos desde el polvo a un proceso poético que se nutre de las ciencias sociales para exponer las vicisitudes más mundanas del existir mediante otras épocas y otras pieles, hasta hacerla palatable. Jorge, maestro en el largo aliento, abre un camino dejando migajas musicales (tangibles en su lenguaje encadenado) por donde hemos de atravesar. “El aceite de las nueces” es una metáfora obligada a ser descubierta a lo largo de los textos, y es también el bálsamo, el combustible de la lámpara, la promesa de la intimidad. Desde allí se anuncia que es un ejercicio en favor de la belleza, y también de la inteligencia. Parafraseando a Borges, Jorge Arzate destaca en su escritura por ser un buen lector, experiencia abierta para sus lectores mediante la escenificación de una pléyade de eventos sobre los que ha construido este “pasaje” de la historia.
Muchos pasajes hay para compartir, pero me quedo con la resonancia de la página 102: “Los atlantes llegan. Los caballos con su acero están listos. Es hora. Escucha cómo todo retumba en el sonoro canto de la guerra. Bien lúcida me encuentro para dirigir mis ejércitos negros y medir el día por el rojo vino de los cuerpos.”. O bien: “Galya, tu honor, sordo y melancólico, nulo, te transforma en la roca solar que asume su centro de gravitación para toda aquella alma que quiera probar el salto mortal del suicidio”. Ambas piezas están profundamente unidad, son casi lo mismo, y he allí la palpitación central de esta obra.