Editorial

Hija, no crezcas III – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

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Hija, no crezcas III

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

El dolor yace en la evidencia del cambio. O dicho en términos de la sabiduría popular “no se sabe lo que se tiene hasta que se ha perdido”. El invierno deja detrás sus mortecinas ramas deshojadas para abrirse a los ápices violentos que buscan el sol, luego el verano y las tormentas, el veneno en los músculos bañados por el sudor, hasta completar el círculo. Somos prisioneros de la vida, de sus breves órbitas. Al pasar por las diferentes etapas apenas nos damos el tiempo suficiente de tomarnos un momento de reflexión, hacer la pausa para observar (no ver, acertar a los detalles, sus significados). La melancolía nace de las prisas, luego se hace tarde para preguntarse cuándo ha terminado.

 

Me acostumbré quizá a la simpleza de las rutinas, al ruido detrás del asiento del piloto, como un fantasma o extensión de mi mismo. La música repetida en ciclos que al final no fueron infinitos, sino apenas un pasaje en la historia ajena de héroes y guerreras donde no estoy convocado. El cambio es inevitable, sí, y también irrevocable. Aunque se acompasa del crujir de las puertas nuevas al abrirse; intento no obsesionarme por las que yacen detrás, con el estruendo de su clausura. Ahora los viajes se hacen más silenciosos, me sobran las reflexiones a través del parabrisas, mientras ella descubre el mundo por su cuenta entre la incontenida energía de sus compañeros de clase. La libertad ansiada está aquí, huir al fin de las melodías infantiles, y duele también. Extrañar es un acto egoísta, planta en la piel espinos como antesala del invierno que habrá de regresar.

 

Mi hija me cuenta su día a día, me parce raro, y me siento ajeno. No dejo de pensarme como un metiche al preguntarle qué ha hecho, lo que ha aprendido, cuál es su vida. Junto a su personalidad crece la amapola brillante de su propia inteligencia, una cuña para advertir la separación del camino. Su mano comienza a separarse de la mía, inevitable. Regreso al laberinto de Goldberg, mi palacio de inamovibles sabanas construidas contra los muros para reproducir sobre fardos de papel las imperfecciones del mundo, vez tras vez, inalterables, interminables, intransitables. Ella corre, quizá, lejos, siente el sol escurrir por su rostro en la metáfora del agua y la sal, mientras todo es aún nuevo. Me alegra, me conmueve, me maravilla. La herida yace en mí, la alimento tal vez por la necedad, o el miedo, por las grietas en mi propia piel, y el chapoteo en un mar profundo al que regreso con los pies descalzos. Me llama, sabe mi nombre, tiene escrito entre las piedras los versos que he buscado por tantos años.

 

Aún sabe mi nombre, ella, y me obliga a abrir los ojos. El mundo yace allí, mas no es mío. Se burla de mi rostro fruncido, pregunta si le he comprado algo, si podemos jugar. Asiento, todo es posible cuando hay tiempo, mientras no se nos escurra de los dedos. Jala con mayor fuerza, me grita que me apure. Voy detrás de ella, como una polilla segura de que la luz terminará en algún momento. Me recrimino la futilidad de los pensamientos. El brillo permanece allí, un sol conjunto donde tenderse a escuchar su risa aún pequeña. Aún hay tiempo.

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