Editorial

Los escrito-activistas – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

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Los escrito-activistas

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Basto y tendido se ha discutido el papel del arte, de la literatura, en la sociedad. Ninguna pregunta parece honesta, tampoco las respuestas. Cada cual se cuestiona, anhelando justificar su visión del mundo, listo para destronar aquello ajeno, eliminar al otro, negarlo. Algunos claman por una responsabilidad absoluta, como si el hedonismo fuera el origen del mal, y cada vástago de la lucidez responsable de los males del mundo; transmitiéndola de los ejercitantes del poder a sus menos soberanos deudos. Otros apuntan a la hipocresía, la capitalización más burda de las dolencias colectivas para hacerse de un nombre, de convertir las heridas en la memoria en oro, de allanar una plaza donde parasitar concienzudamente. Vaya a saber quien tenga la razón. La libertad no se puede medir ni por el canon ni por el hambre por el pedestal. Me parece. El círculo vuelve a su punto de comienzo, no aprendemos mucho, se elevan los nuevos dioses para caer bajo sus propias armas, incapaces de atravesar las arenas del desierto; mañana serán otros, habrá fanfarrias, habrá denuncias, habrá capitulaciones y retiradas en silencio.

Lo incomprensible es el ruido, la fatiga prematura, la desazón de lo trivial. Entre más larga la lengua y el estruendo, más cortas las ideas. Como si las musas no tuvieran tiempo de acudir en auxilio de los modernos prometeos que subsanan con gritos las trabes incompletas en sus obras ante la volatilidad de las emergencias. Escribir por necesidad de alcanzar la ola, no por vocación de recorrer el mar. Leo con atención, morbosa curiosidad incluso, pero desmenuzo las palabras. Los temas no son impropios, ninguno, mas no son violentas chispas tampoco. Encuentran el placer del agua en la palangana, ajenas a la llama o a la corriente bajo la ventana. Son aguas tibias, son vinos servidos apenas pisar las vides, eso son. Desconocen la maestría por la premura, celosos de desgañitar la rabia entre las calles; luego las primeras lloviznas deslavan sus ecos, no son capaces de labrar la roca. No se comprometen con el canto, sólo gritan.

Quienes escriben no lo hacen ya en rebeldía, no remuelen el dolor hasta envenenarse a sí mismos mediante las astillas del lápiz presionado con rabia, no se manchan las ropas con el barro de las cañadas a donde desaparecen los coyotes y los sueños. Apenas reproducen el movimiento de la tormenta detrás del cristal cerrado, exprimidos en pequeños torreones de cartón. Algunos son puntas de lanza, refulgen con la puntiaguda lengua del enojo (son la promesa de ese incendio anhelado), pero se pierden en la multitud, se diluyen en la marcha descompuesta de los puños levantados sin la intención de atravesar la ciudad, de derrocar sus iluminados sueños en la alcurnia de los nuevos dioses. No ser escribe por provocación, se juntan palabras para ser volteados a ver, como si bastara acaso, un segundo entre la inmensidad de la marisma. No les preocupa la belleza, no la conocen. No les supura el dolor, sólo lo cosechan de otros matorrales apachurrados. Porque el dolor es otra moneda de cambio cuando se comercializa en ciertos aparadores. Los juglares persiguen a mariposas de vapor, los merolicos buscan vender la sanitización de las conciencias inmóviles en la esquina del camino. Mientras avanzan por la acera se asoman por las ventanas de las casas para investigar tristezas insalvables con las cuales revestirse, ligero el plumaje como buitres a la espera de la siguiente fatal tragedia en el mundo.

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