Los amores que he dejado ir XVI
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
No todas las historias tienen un cierre, ya que, desde un inicio, no se aperturan. Quedan allí, entre los desvelos del tiempo, como una curiosidad de las posibilidades. Pasó mucho tiempo desde la primera vez que la vi hasta que pudimos cruzar alguna palabra, en una reunión social, más por casualidad que por vocación; en ese extraño juego de ser amigo de un amigo, y sus reglas no escritas. Recuerdo su cabello negro, ondulado, que me evocaba la idea de un aceite denso que robaba toda la luz. En ese entonces, jóvenes, me causaron harta impresión sus facciones dulces, con esa mirada de quien anda por la vida poseyendo una sabiduría nata. Escribí algunos poemas malos, como tiene que ser, que nunca le entregué; tal vez algunos sobrevivieron en la gaveta, mutando en la tranquilidad del reposo. Cuando pudimos conversar descubrí a una mujer compleja, idealista, y al mismo tiempo cargada de una sutilidad embriagante. La charla breve, pero honda, atinada, consciente década una de sus oraciones.
Impertinente, osé retar a la casualidad. Nunca fui bueno al tratar de conocer a las personas que me causaban cierta impresión; esa incomodidad se vuelve evidente. La invité a tomar un café. Fue tan amable que acudió. En ese entonces no pretendía ni ofuscarla ni ser impropio, sino el genuino deseo de conocer un poco más de ella. Admirador de su imagen, ansiaba entender lo que había más allá, que se intuía, sí, pero debía ser una nueva extensión de su carisma. Inteligente, estableció reglas en la mesa sin siquiera decirlas, quizá acostumbrada a lidiar con torpes aspirantes a su tiempo. Entonces me regaló un libro, que era bastante bueno, de un autor que no había leído jamás. El regalo fue críptico, y pese a los años no he sido capaz de desdoblar por completo aquél hecho; o tal vez sólo fue un gesto de una lectura comprometida con compartir sus impresiones, dejando a la deriva la ominosa necesidad de hallar símbolos donde no eran necesarios. Tal era su majestad.
Unos de los recuerdos más vividos que tengo de ella fue verla al final de la presentación de uno de mis libros, donde acudió sin más, sonriendo, tras lo que desapareció en la multitud con mi libro en sus manos. Nunca supe su opinión al respecto, aterrado de su juicio honesto. La recuerdo así, esquiva entre las personas, una maravillosa casualidad que llevarse hasta el último suspiro. Le gustaba la literatura comprometida con su entorno, pero moderada en la opinión, aquejada de las dolencias exteriores a las que tanto nos hemos insensibilizado. Traté de buscarla sin éxito entre los pasillos, antesala de una esquiva revelación: lo que se admira no siempre tiene que ser manchado por la rutina. Más tiempo se hizo presente.
Cruzamos algunas palabras ocasionalmente, en el ritual alegre de felicitarnos mutuamente cada año en el cumpleaños oportuno, hasta que los cambios en las líneas telefónicas lo permitieron. No me causa malestar aquello, porque también hubo una retracción de la esfera pública, donde huyó para un paraíso más frondoso en su vida real. La pienso de esa manera, como una viajera que encontró el sitio donde necesitaba estar, y una vez que puso los pies descalzos en la arena, quemó las naves de todo aquello que era menos relevante. Una decisión sensata. No siempre el silencio es doloroso, ya que a veces es el final de una jornada donde somos simples espectadores. Me maravilla el mundo donde cada persona construye una realidad sin depender de los demás, un pequeño portal en el que asimos las islas que somos para ser felices. Donde quiera que se encuentre, sé que es una buena persona, que sigue con esa lucides ágil para medir los prodigios del día a día y juzgar las inequidades que vale la pena denunciar. Siempre esquiva, viene a mi pensamiento con la cabellera revuelta en el viento mientras camina entre los jardines, una llama persistente que irradia inteligencia.
