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Captación y cooptación de menores en el crimen organizado

A veces, incluso vivir es un acto de coraje: Lucio Anneo Séneca

En la escalada de violencia de los últimos veinte años, la esfera más dramática es la tragedia de las infancias y juventudes.

Hemos perdido a tal grado la capacidad de asombro, que a nadie sorprende que el presunto sicario implicado en la muerte del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, haya sido un joven con problemas de consumo de sustancias con tan solo diecisiete años. Es un botón de muestra; uno que redefine la estrategia de los grupos del crimen organizado.

La captación es el acto inicial: la seducción, la promesa o la fuerza para atraer al menor. Es la “oferta” de un sueldo, un arma, una motocicleta, protección o el simple sentido de pertenencia. La cooptación, en cambio, es un proceso psicológico mucho más profundo. No se trata solo de “contratar” al menor, sino de absorberlo; es la asimilación completa de su identidad. Es el momento en que el grupo criminal sustituye a la familia, el líder delincuencial se convierte en el padre sublimado, y la violencia se normaliza como el único código de conducta. El menor ya no solo trabaja para el crimen, ahora es del crimen.

Los grupos criminales, como en las guerras, alistan cada vez a personas de menor edad para reponer sus cuadros. La razón es un pragmatismo brutal: aprovechando los vacíos legales, los menores son una opción más “rentable”. Representan menos problemas jurídicos para la organización y, en la lógica de estas estructuras, siguen siendo vidas desechables.

El origen de esta escalada criminal, sin embargo, se encuentra en el hogar. Las estructuras familiares que otrora daban contención están desquebrajadas bajo la orfandad, la migración, los divorcios y una pobreza que obliga a la ausencia. Una constante se observa en las infancias vulnerables: la ausencia de un padre.

Más allá del discurso clásico del psicoanálisis que establece la “función del padre” como implantador de límites y estructurador del yo, todos atestiguamos un fenómeno social palpable: cuando el padre no está, el niño corre al refugio de una figura paterna sustituta que provea eso que está ausente: seguridad, pertenencia, futuro, deber. Trágicamente, esas figuras sustitutas han pasado de los abuelos, tíos, padrinos y padrastros a los líderes delincuenciales, quienes acaban haciendo las veces de unidades familiares, ofreciendo un sentido de identidad que la sociedad les negó.

Freud planteó con asombroso atino en El malestar en la cultura: “no puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre.” Por su parte, John Bowlby, padre de la Teoría del Apego, establecía que “para que un niño prospere, necesita una base segura desde la cual pueda explorar el mundo.”

Estudios nacionales (UNAM, Instituto Nacional de Psiquiatría) e internacionales han documentado la relación entre la ausencia paterna y el incremento de riesgos psicoemocionales y sociales en los jóvenes. En estudios de Estados Unidos, por ejemplo, se ha observado que cerca del 85 % de los jóvenes en prisión, el 75 % de los adolescentes en rehabilitación por consumo de drogas, el 63 % de los suicidios juveniles y el 71 % de los casos de deserción escolar corresponden a hogares sin padre presente (U.S. Department of Justice; U.S. Department of Health & Human Services; National Fatherhood Initiative).

En México, investigaciones de la UNAM y el Instituto Nacional de Psiquiatría confirman patrones similares de vulnerabilidad, aunque con cifras aún poco sistematizadas. Adicionalmente, esta falta paterna obliga a la madre a mayores cargas de trabajo y, por más heroico que sea el esfuerzo, el abandono a menudo se ahonda.

Este es el perfil exacto que el crimen organizado busca activamente. Y ante la notoria ausencia de cifras oficiales —un hecho señalado por UNICEF— las estimaciones de la sociedad civil dimensionan la tragedia: la REDIM (Red por los Derechos de la Infancia en México) calcula que entre 145,000 y 250,000 menores están en alto riesgo de reclutamiento, mientras que Reinserta estima que más de 30,000 ya fueron cooptados.

Si bien este fenómeno no es nuevo —se atestiguó en el surgimiento de las llamadas gangs de los 80 en Estados Unidos y en bandas como “Los Panchitos” en México— lo que sucede ahora no tiene límites en la representación psicológica. Los pleitos a golpes, navajas y objetos pasaron a métodos elaborados para el entrenamiento en la tortura y el asesinato. Han surgido escuelas de sicarios que, a diferencia incluso de paramilitares y guerrillas, carecen de toda formación ideológica. Su única doctrina es la muerte.

La “integridad” y los pactos de los viejos capos con ‘códigos de honor’ quedaron superados por el pragmatismo criminal. El famoso aforismo ‘No Women, No Kids’ —donde el jefe corría a los menores que querían entrar, prohibía que los niños se drogaran y las mujeres o familias no eran objeto de venganzas— pasó a ser un episodio romantizado de una era criminal que, increíblemente, genera nostalgia. Hoy, lo despiadado de los enfrentamientos, castigos y torturas redefine la palabra sadismo.

Se han cruzado líneas de no retorno. Las Erinias griegas (Furias romanas) hoy serían insuficientes. En el mito, ellas nacen del primer crimen de un hijo contra un padre —el principio de la tierra manchada de sangre— y su venganza se basa en la culpa, en la conciencia aterradora de lo realizado. Hoy, el sicario es incapaz de sentir culpa. La conciencia humana tiene una herida de muerte. Restructurar los cimientos sociales será una labor de Titanes.

La frase de Santiago Ramírez, “infancia es destino” (título de su libro publicado en 1959), suena, frente a este entorno, desesperanzadora. Retrata a infancias que normalizan las violencias, crecidas bajo la ruptura de las estructuras sociales, la orfandad y la extorsión, donde se les observa como botines políticos y económicos.

Pero surge una pregunta: ¿cómo regulamos la conducta de los menores frente a la evidencia científica? La neurociencia es clara: el cerebro humano tarda en desarrollarse plenamente hasta los 25 años. Las últimas fases de desarrollo se ubican en el lóbulo prefrontal, relacionado directamente con la toma de decisiones, la capacidad de autorregulación, la postergación de la recompensa y la tolerancia a la frustración.

Esto no es una opinión moral, es un hecho biológico. Supone también que la capacidad de introspección profunda es una habilidad primordialmente adulta. Los criminales no solo están secuestrando el futuro de un niño; están explotando una vulnerabilidad biológica inherente a la infancia. Los menores, simplemente, no están preparados para la toma de ciertas decisiones.

En este contexto, la crítica de intelectuales, académicos y activistas a las estrategias de seguridad no debe entenderse como propaganda opositora, pues eso también normaliza la violencia. Si bien nadie puede culpar a un funcionario —llámese presidente municipal, gobernador o presidente de la república— de actos cometidos por criminales, la estrategia de seguridad  debe ser revisada a la luz de los resultados y de un análisis comprensivo que incluya causas primigenias, por incómodas que sean. El periodismo, la academia y las organizaciones sociales no pueden, o no deben, ser indiferentes. Hay una línea delgada entre aplaudir al gobierno y ser cómplice por omisión del crimen organizado. Afirmativa ficta: el que calla, valida.

Aquí es donde se observa una profunda carencia de imaginación. Las únicas herramientas que realmente pueden atemperar esta tragedia son aquellas que construyen al individuo antes de que el crimen lo coopte: la prevención de adicciones, la promoción cultural, artística y deportiva; la enseñanza con escuelas de calidad que provean la posibilidad de acortar brechas sociales y económicas; un sistema de salud y salud mental que detecte y prevenga riesgos; así como la participación activa y creciente de los varones en la crianza. Son estos rubros, y no solo las armas, los que deben ser el centro de la estrategia; más allá de becas, empoderar es formar y forjar el carácter.

Esta es una realidad difícil. El discurso de género actual ha trabajado activamente para deconstruir la figura paterna tradicional. La narrativa dominante se centra en las “nuevas masculinidades” (a menudo minimizando el rol) y en la autosuficiencia de las estructuras monoparentales (lideradas por madres). Sin embargo, las cifras tristemente contradicen esa narrativa. La pregunta, sin embargo, es más compleja: ¿es mejor un “mal” padre que la ausencia de padre? La función psicológica no es competencia entre géneros; depende del valioso equilibrio de ambas figuras. En su ausencia, existen mecanismos compensatorios que no dejan de ser eso: mecanismos que compensan carencias producto de las mismas historias de vida.

Hoy, ante el aterrador estado de cosas, surgen presiones legislativas recurrentes para bajar la edad penal, una solución punitiva que confunde síntoma con causa. Si bien debe repensarse la responsabilidad del menor y la necesidad de alternativas jurídicas que inhiban y sancionen conductas criminales, existen otras vías poco exploradas para una verdadera impartición de justicia. En lugar de solo encarcelar al menor ante el furor popular —que es, en sí mismo, una víctima del sistema— una propuesta alternativa debe explorar la corresponsabilidad legal de los padres y tutores. Cuando se pueda probar abandono, negligencia grave u omisión en el cuidado como causa directa de la conducta delictiva, la responsabilidad debe escalar; no basta con decirles a los padres “regañen a sus hijos”. El objetivo no es encarcelar a la madre o padre que trabajan jornadas dobles, sino forzar al sistema familiar, social y de justicia a mirar al hogar primero; a entender que la crianza es un deber primario y una responsabilidad patria.

Paralelamente, otra opción clara es buscar las cadenas de mando y endurecer las penas para quienes usen a menores en causas criminales. Ahí sí, todo el peso de la ley.

La tutela de las infancias no es un capricho, una bandera moral ni religiosa. El llamado “Con los niños no” trasciende ideologías y su campo de aplicación debe ser un escudo real para el adoctrinamiento político, ideológico y, sobre todo, criminal.

Sobre el autor:

*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

Correo electrónico: eangulor@eldivan.org

X: @eldivanazul

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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