Ladro luego escribo
La infinitud de una vida finita
H. Samuelson
Despierta antes del amanecer, como cada mañana, cuando la noche aún cubre la impertinente realidad con su manto. Los faroles anaranjados de la calle filtran diminutos haces de luz entre las rendijas de la persiana. Los muebles —la cama, el buró, la mesa pequeña— son sombras inertes, fantasmas suspendidos en la quietud. El mundo duerme. El mundo le pertenece. Se levanta en silencio, camina hasta el estuche negro de broches plateados y lo abre. Con la delicadeza de quien sostiene un suspiro, saca la flauta. Inhala profundamente, humedece los labios, estira la espalda. Sus manos se elevan y el primer acorde flota en el aire: La menor, en el registro medio y agudo: La – Do – Mi. Desciende con suavidad y transita hacia la sexta mayor: Re – Mi – Fa sostenido – Sol sostenido. Las notas en matices ocres, violetas y azules vibran creando una narración melancólica. Sus dedos danzan sobre el instrumento como gotas de lluvia cayendo en un estanque. Mientras toca, su cuerpo se vuelve líquido, deslizándose con la corriente de un río. En las notas altas, asciende, tocando las nubes con la yema de los dedos. La música es cielo y tierra, movimiento y quietud. Se funde con el aire, que se lanza enérgico entre los árboles, reprochando la impaciencia del mundo. Las lágrimas refrescan sus mejillas ardientes. En ese instante, se funde con el universo, y el universo la atraviesa como un susurro. Las notas la envuelven; a través de ellas, lo ve todo, lo siente todo. Su ser se expande, se ramifica, se une y se separa, se bifurca infinitamente. Por toda la eternidad.Pero su eternidad es breve.
Cuando la última nota se desvanece, el día ha irrumpido en la habitación. La realidad vuelve a imponerse con su filo implacable. Se viste con movimientos inconscientes, se ajusta la bufanda al cuello, cruza el umbral. La existencia la recibe con su monotonía de baldosas grises, entre árboles grises y edificios grises. Camina con la cabeza gacha. Ya no es parte del universo. Solo un individuo más. Un átomo errante. Un eco sin voz en la crueldad de un mundillo apagado.
