EN PUÑO Y LETRA LIBERTARIOS
NARRATIVA LIBERTARIA
“CIANOSIS”
LEÓN DE ALMEIDA
Cuento breve como colaboración para la antología “Alquimia de Aguas Decantadas”, libro realizado en doce horas por escritores del Circuito Literario de Península a Península
28 de Marzo 2019
Últimas Visiones
Ocre firmamento, cuando bálsamo cadavérico llueve fango sobre los tejados quebrados de la memoria.
Crepita lúgubre axioma inédito en escalfado crepúsculo;
el aire, pesado, exhala pestilencia y antiguos susurros.
Escipión, cataléptico, gruñe: ambrosía infecta de pasmo se derrama en su garganta como un veneno ceremonial.
Se adentra en pasillos denostados por la ancestral energía de muerte y sufrimiento.
Cada ladrillo, cada grieta, cada pared descompone no solo la estructura, sino el cosmos entero que la habita.
Alaridos fragmentados bullen en marismas idóneas para el espanto;
cada paso revive las mentes de los desalmados que dejaron su miasma en cada partícula de polvo.
Repta por laberintos donde los seres anestesiados retumban inclementes,
acechando panoramas orgiásticos que repelen castidad y pudor.
Los cuerpos mutilados y despojados de plegarias y clamor se extienden como lienzos de abyección,
mientras guadañas irascibles blanden la justicia traicionada,
y el degüello inexorable del sino se cierne sobre cada sombra.
Estentóreo, mira retrospectivo: osamenta tangible, reducto de nostalgias y memorias olvidadas.
El resplandor de antaño se ha extinguido; si alguna vez lo vio, no queda más que bruma efímera.
Cada muro clama, inagotable; cada centímetro se alarga hasta el infinito.
La oscuridad se convierte en un ser vivo que lo envuelve, repugnante, implacable.
Aún un ápice de esperanza lo mantiene reptando, buscando fulgor en el vacío.
El dolor es viscoso, se adhiere a la carne y a la mente, dejando estelas que burbujean con hedor indescriptible.
Oscuridad y clamor se entrelazan, binomio insoportable que aprieta el pecho y nubla la razón.
En un salón sin ventanas, donde el aire huele a ceniza y lágrimas secas,
Escipión tropieza con los restos de antiguas atrocidades.
Los cuerpos parecen susurrar secretos que la mente humana no puede descifrar,
y cada aliento que toma se siente como inhalar siglos de condena.
El tiempo se estira; cada segundo es un eco de su propia desesperación.
Recuerda fragmentos de su vida pasada: risas, música, el tacto cálido de manos queridas.
Pero los recuerdos se retuercen, se deforman; las imágenes se funden con sombras de horror.
Comienza a ver visiones:
paredes que respiran, sombras que se alargan como serpientes,
laberintos infinitos donde sus pasos lo llevan a sí mismo, siempre un poco más lejos de la salida.
Los cuerpos mutilados lo observan con ojos vacíos, susurrando reproches y promesas rotas.
La tos convulsiva lo sacude; cada respiración es un intento fallido, un asalto al propio tiempo de vida.
Su corazón late como un tambor hueco, anunciando la cercanía del fin.
Su visión se llena de fuego y polvo, de recuerdos de lo que pudo ser,
y de lo que nunca fue.
Escipión siente su cuerpo disolverse en la podredumbre que lo rodea,
como si el laberinto mismo quisiera tragarse su esencia.
Finalmente, cae de rodillas frente al catafalco nauseabundo,
mientras su mente se desgarra en visiones cada vez más rápidas:
la risa de su infancia, rostros amados, el cielo, y luego oscuridad infinita,
un agujero que lo absorbe, donde el tiempo y la carne se mezclan en un grito silencioso.
Un último alarido, hueco, quebrado, se disuelve en el vacío.
Su cuerpo cae, pesado, consumido, reducido a un vestigio de sufrimiento.
El laberinto parece suspirar, victorioso, sobre la fragilidad humana.
El médico entra, impasible, con bata blanca manchada de sombras del mundo exterior.
Examina los signos vitales, toca el pecho de Escipión, escucha su último suspiro.
Pausa silenciosa. Luego, con voz firme y ceremonial:
—Ha fallecido… enfermedad respiratoria terminal.
El silencio lo reclama.
El ocre firmamento sobre barro y sombra continúa su danza, indiferente.
Escipión yace inmóvil.
Las visiones se disuelven en nada; la agonía cede a un vacío absoluto.
No hay luz, no hay esperanza.
Solo la tragedia, consumada, definitiva, brutal e indolente.

