Editorial

¡Dios mío! – Diego Covarrubias

Ladro luego escribo

¡Dios mío!

Diego Covarrubias

Dios mueve al jugador y este a la pieza,

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?,

De polvo y tiempo y sueños y agonías.

JORGE LUIS BORGES, Ajedrez

Soy un hombre de pocas ideas, pero las pocas que tengo tienden a lo extravagante. Mi mente pertenece a la categoría de las mentes expansivas, las que todo lo magnifican. Si me dicen que piense en una casa me imagino un castillo, si me piden un árbol yo les regreso un bosque. Por esto, cuando leí el poema Ajedrez de Borges que dice: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, una gran idea empezó a revolotear en el interior de mi cabeza, como si fuera una mariposa borracha. Ahí, al alcance de mi imaginación estaba la solución a todas mis penurias. No más pensión de jubilado, no más lunes en la mañana sin nada que hacer. Había encontrado un nuevo y demandante proyecto en mi anodina vida: crear una religión dedicada a adorar al Dios que está detrás del Dios que la “trama empieza”, un Dios creador de todos los otros dioses que existen, y que seguirían existiendo, pero ahora como simples intermediarios entre el nuevo Dios y los seres humanos. Yahvé, Alá, Ra, Zeus, Odín, Júpiter, Huitzilopochtli, Buda, Pachacamac, Shiva, todos los dioses habidos y por haber serían permitidos en mi religión, pero sometidos a esta nueva autoridad divina.

Lo primero era ponerle un nombre al nuevo Dios. En uno de esos raros desvaríos que tiene mi mente, el primero que me vino a la cabeza fue Cucho. El Dios Cucho, como el personaje rosa de la pandilla de Don Gato. Pero lo deseché en cuanto me llegó la gran idea: se llamaría Mío, el Dios Mío, My God, Mon Dieu. El Dios de cada quién. El Dios personal al que todos se refieren como si fuera de su propiedad, y qué, además, tiene la ventaja de que ya existe, convertido en expresión cotidiana y casi onomatopéyica en todos los lenguajes que se hablan en el mundo.

Lo siguiente era darle una imagen. Al Dios católico lo asociamos como un venerable y bondadoso anciano de barba blanca, con repentinos e incomprensibles arrebatos de ira. A Jesús, su hijo, lo imaginamos güero, tipo hippie nórdico, de ojo claro, túnica raída y chanclas. A Tlaloc, como un sapo enojado labrado en piedra. Al Buda, como un tipo panzón y sonriente, que se la pasa meditando en actitud benevolente a la sombra de una higuera. El Dios Mío, tendría la imagen que cada ser humano quisiera tener de él, no en balde sería un Dios de cada quién. Pero sin importar su imagen física, sería el único Dios verdadero, cuyo poder iría mucho más allá de su apariencia.

Cómo símbolo de la nueva religión elegí una especie de hoguera con llamas negras, y arriba de ellas, una única flama blanca. Pude haber elegido cualquier otro, pero este me gustó, y tan, tan. Como creador de la nueva religión tengo derecho a imponer mi gusto estético. Además, este símbolo da la idea de muchos dioses debajo de un solo Dios.

Faltaba lo más importante: la doctrina. Decidí enumerar sus principios a la usanza de los diez mandamientos del catolicismo o de las cuatro nobles verdades del budismo. Para no caer en lo mismo, decidí agregar letras a manera de incisos. Helos aquí tal y como los pensé. Ya después tendría tiempo de someterlos a una rigurosa sesión de corrección de estilo.

1. La única verdad absoluta, objetiva y común a todos los humanos sería la obligación de preservar la especie. Sin especie no hay “Dios”, ni hay “Mío”.

2. Para cumplir con este principio quedaría totalmente prohibido:

  • Matar deliberadamente.
  • Contaminar el planeta.
  • La pena por infringir estos dos principios sería la muerte inmediata, sin posibilidad de apelación.

3. Sería obligatorio respetar las creencias y las ideologías de todos los seres humanos, que seguirían siendo judíos, musulmanes, católicos, agnósticos, ateos, chamanes, budistas, capitalistas, comunistas, o lo quisieran ser. Pero todas las creencias estarían sometidas a la autoridad del único Dios Mío. Las guerras, disturbios, acaparamientos, invasiones, intentos de tener la verdad absoluta y otras aspiraciones similares serían consideradas afrentas contra la especie humana y se les aplicaría el inciso “c” del principio 2.

4. Se daría por un hecho que la percepción de la realidad depende de la conciencia humana y que esta es de naturaleza subjetiva. Por lo anterior, se respetarían todos los puntos de vista.

5. Se haría un cálculo de cuántas personas pueden existir al mismo tiempo sin agotar los recursos naturales del planeta y, en base a este cálculo, se tomarían las medidas de reducción necesarias.

Consideré que teniendo definidos nombre, símbolo y doctrina de la nueva religión era prudente pedirle su opinión a mi amigo Benito. Por supuesto que faltaban por definir múltiples detalles: color de las túnicas de los sacerdotes, jerarquía eclesiástica, liturgia, festividades, monto mínimo de las limosnas a pedir, oraciones y un largo etcétera, pero Benito es un ser pragmático y, más de una vez, sus sabios consejos han servido para enderezar a tiempo mis ocurrencias. Escribí todo lo anterior en un archivo de Word, mejoré la redacción y el estilo, y se lo mandé por WhatsApp. Le pedí que lo leyera y que después me hablara para darme su opinión.

A los quince minutos de impaciente espera mi celular empezó a vibrar. Vi la pantallita: era Benito.

—¿Cómo estás, mi pinche Benemérito? —contesté, usando el apodo que le puse el mismo día que lo conocí—. ¿Te llegó el archivo? ¿Ya lo leíste?

—Pinche Diego, ya déjate de tantas mamadas cabrón —me contestó, después de un breve e incómodo silencio—, tu idea tiene cierto encanto, pero en el fondo es una reverenda estupidez.

—¿Por qué? —le reviré, tratando de aparentar estar ofendido, aunque no necesité aparentar nada, porque sí lo estaba.

—Porque no entendiste el poema de Borges, güey, —me contestó, con esa franqueza que lo caracteriza—, siempre puede haber otro Dios que está detrás del Dios que está detrás del Dios que empieza la trama. Borges no se refería a ninguna religión, pendejo, sino al tiempo, que es circular e infinito. Tu Dios Mío vale madres si a alguien se le ocurre decir que detrás de él hay otro Dios, más chingón, y más “Mío”.

—Pues sí… —le dije, y después ya no supe que más decirle, así que por decir algo le pregunté—: ¿te late más tarde ir a echar unas cubitas y jugar dominó?

Me caga admitirlo, pero Benito casi siempre tiene razón.

To Top