Editorial

Mi público – Diego Covarrubias

Ladro luego escribo

Mi público

Diego Covarrubias

escribe@malixeditores.com

Hace poco adquirí la manía de dar discursos bajo el chorro de agua caliente de la regadera. Unos cantan, otros chiflan, y algunos, los más afortunados, cogen. Yo no hago ninguna de esas cosas, así que no me queda de otra más que dar discursos.

Los temas que abarco son tan diversos como la vida misma, o por lo menos, tan diversos como la vida que me ha tocado vivir. Lo único que tienen en común entre ellos es la vehemencia con qué los digo y el que casi todos terminan de manera abrupta o inesperada, como seguramente se verá más adelante, cuando este discurso termine. Un día me da por hablar de política o de historia, otro de literatura, otro de deportes, y así, voy hablando de lo que me interesa, o de lo que se me ocurre. Por ejemplo, hoy se me ocurre hablar de esto:

Me considero un buen orador. Desde que era niño me vi obligado a normalizar lo absurdo para atenuar las circunstancias que me tocaron vivir, y con mucha paciencia y esfuerzo he aprendido a domesticar medianamente las conjugaciones verbales que rigen la lengua castellana. Estas dos virtudes me permiten captar el interés de la audiencia, pero lo que más me importa a mí no es captar su interés, sino que entiendan lo que estoy tratando de decirles. De nada me sirve que me escuchen con interés, si sus cerebros andan de paseo por “la luna de Valencia”, como decía mi maestra de geografía cuando sacaba de sus ensoñaciones a los más visionarios de la clase. Para mí, es  particularmente importante que se entienda lo que quiero decir porque cuando doy mis discursos, el público está formado mayormente por los objetos que se usan durante una ducha, y que no son objetos muy brillantes que digamos; no son computadoras ni celulares, ni se venden con instructivos de uso o armado, al contrario, son, en su mayoría, simples recipientes de plástico rellenos de líquidos,  formas elementales, como esta colección de botellas de champú de diferentes colores, unas llenas hasta el tope, vigorosas y nuevas, y otras vacías, apachurradas infinidad de veces, siempre con la esperanza de que les saquen la última gotita, resignadas a pasar sus últimos días de cabeza, desafiando la gravedad según la forma de sus tapas, postergando al máximo su vida útil con tal de no enfrentarse a la masacre del reciclaje y terminar transformadas en bacinicas o en bolsas, o en cualquier otra cosa que se le ocurra al diablo, que es quien se encarga de esos menesteres. Entre mi público también están estos dos jabones: uno jovencito, pulcro, seco, con curvaturas perfectas y aroma a lavanda, y otro resbaladizo y envejecido, próximo a la muerte, vejado hasta lo indecible en su impúdica tarea de limpieza perpetua, infectado de pelos negros y condenado a desaparecer, transmutado en espuma, en los profundos misterios del drenaje. También me escucha esta canastita blanca donde el cepillo de mi esposa y mi peine sostienen un romance capilar y enmarañado, y este presuntuoso frasco de loción corporal de origen francés, y estos tres botellones de acondicionador con sus dispensadores de moda, y aquella pandilla de botellitas que me he ido robando de hoteles al paso de los años, y ese trapo azul que bien a bien no sé para qué sirva. Y, por supuesto, mi público favorito: ese viejo y misterioso frasco de cristal, antes transparente y ahora translúcido, con la tapa oxidada, lleno hasta la mitad de una sustancia viscosa, malhumorado, y del que cuenta una leyenda que está ahí, arrumbado en la esquina más lejana, desde los orígenes mismos del entrepaño. Por último, ocupando un lugar VIP justo a la altura de mi cara, mi público más exigente: un espejo ovalado y bruñido, que es donde termino siempre mis discursos, donde suelto lo más vehemente y sonoro de mi cuerdas vocales, adornando las palabras con oropeles y analogías, agregando gesticulaciones y simulando desmayos, y entonces, en lo más álgido de mi discurso, en lo más laudatorio de mi oratoria, me imagino que estoy ante el pleno del Consejo de Seguridad de la ONU, explicándole a los  dignatarios de todos los países, mi estrategia para salvar al mundo de la estupidez humana, pero ya no me da tiempo de hacerlo, porque mi discurso termina de manera abrupta  cuando el Secretario General de dicho organismo, o sea, mi querida y clerical esposa de nombre Altagracia, me llama al orden dando unos santos manotazos en la puerta del baño y gritándome que deje de decir tantas mamadas, que porque dizque no la dejo oír su serie de Netflix.

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