Los amores que he dejado ir XVIII
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Somos pasajeros en un viaje extraño. En ocasiones andamos dando tumbos a ciegas sin saber a dónde vamos, o qué esperamos del destino por delante. Permitimos que la corriente sea la que nos dé forma, acertando o no, con estragos y sus más dulces casualidades. A ella la conocí mucho tiempo antes, y fue la curiosidad o la casualidad, el apego del momento, la aventura de la exploración tardía, la que nos llevó a ese sitio extravagante donde convergimos. A veces uno guarda remembranzas que no son del todo negras ni blancas, sino de un pesado gris que se adhiere a la garganta. Un espeso gris donde nuestros rostros se deforman a contraluz, ya sea por el proceso, ya sea porque siempre fuimos así. El perro se recuesta en la sombra a lamerse las heridas, y piensa en lo que ha hecho, eso aprendí allí.
El cariño a veces no basta para compartir el mundo. Es una chispa que comienza el fuego, sin aspirar a ser un cruento incendio. Permanecemos en la comodidad al pensar que la agitación es mucha, que es funcional, aunque no siempre completa ni compartida. Las relaciones tratan de dos personas, no es un monólogo acompañado por ruido de fondo, un canal de televisión puesto para evitar la soledad. Es difícil reconocer que no damos lo que recibimos, aunque el regalo del tiempo es el más valioso. Ambos salimos al paso, lastimados en la profundidad, asimétricos, erráticos, por asumir que la estabilidad es una forma de paraíso, que no se transforma, que no se decanta entre las grietas que vienen desde muchos años antes. No se trata de la belleza, de la pasión ni de charla íntima. En ocasiones es una fractura mineral profunda que nos sorprende en demasía. El cariño requiere del respeto, de reconocernos pares, buscadores de una fortuna sólida. No siempre estamos allí, incapaces de ser recíprocos a plenitud. Negar la existencia de esa sisma es comenzar un polvorín que ha de estallar a su tiempo, silente, bajo las venas.
El apego requiere de devoción, de entrega, de voluntad. Es impensable que sea una media tinta puesta en la mesa con cuentagotas, ni una escapatoria del mundo exterior por comodidad, por complacencia, por rutina. Nadie nos ha enseñado a ser completamente honestos, a decir la verdad desde un inicio, por temor a lastimar a otras personas. Eso se enquista, ocupa un sitio dentro de uno mismo, hasta que es intolerable, hasta que es un adefesio que causará más dolor del que debía, incapaz de controlarlo. También somos los malos del cuento, el giro argumental terrible que pega en el costado del vientre. La otra cara del amor es el desamor, el abandono, la huida. Cortar la conversación por la mitad agotado en el remordimiento de no ser aquello que los demás desean más, responsable de haber caminado por mucho tiempo una vereda incomprendida. También somos responsables del dolor que provocamos, de la traición por silencio, de esa enorme crueldad de no querer importunar la ilusión de un instante, porque no sabemos cómo manejarlo.
La materia sigue sus leyes, el caudal rompe el dique. Entonces somos incapaces de controlar nada más. El cisma se abre, la herida supura, por sí mismos. Nos apresuramos a dejar la habitación con rapidez, deseosos de que la nada cubra todo, de que nos trague para no tener que dar explicaciones, para no contemplar la obra que se ha desencadenado sobre una furibunda fragua que alimentamos con poca conciencia. El dolor no es trivial en absoluto, está presente en lo que decidimos callar, en los momentos donde dudamos sin ser claros. No se trata de disculparse, ese es un acto vacío que busca la redención personal, sino de lavar las manchas que dejan las palabras en la boca, omisas, el rastro de sal de la mejilla ajena que estuvo al lado, ardiendo, en distinta intensidad. No se trata de pedir perdón, sólo de reconocer que en la tómbola de nuestros días a veces hemos sido los victimarios.
