Editorial

Explicar la guerra – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Explicar la guerra

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Misilazos más, misilazos menos. Hallábame yo viendo videos de bombardeos ajenos en esta posmoderna costumbre de las redes sociales, cuando una pequeña vocecita a mi costado me dijo: «Papá, ¿qué es eso?», a cuya respuesta soltó un todavía más escéptico «¿Por qué?». Y esa es una gran pregunta. La respuesta en sencilla: poder, intereses económicos, deudas históricas, avaricia, el natural instinto del lobo dentro de cada uno de nosotros. Claro, eso no fue lo que respondí, no por decoro emocional, ni por proteger a la pequeña niña que había formulado tal cuestionamiento, si no más bien por la dificultad de hacerlo algo sencillo, lógico, natural. Es relativamente fácil explicar los fenómenos naturales, incluso los pequeños acontecimientos del día a día. Sin embargo, explicar la naturaleza de la guerra es demasiado complicado.

Algún lerdo pensará que es sencillo: todas las guerras son malas, es la crueldad, es la peor versión de nosotros. Y luego continuará enmascarando su propia violencia en la autocanonisada conciencia casi limpia. El otro extremo no es mucho mejor: aceptar que tenemos un instinto a buscar la sangre, un deseo por lastimar a quienes tenemos cerca. Se suele atribuir la frase popular de que “no comprendes un tema hasta que eres capaz de explicárselo a tu abuela” al buen Einstein; tal vez si la dijo, tal vez no, poco importa. Pero las abuelitas han atravesado el mundo, saben un poco de sus maneras, de los peligros camino adelante. Un niño no. Para ellos todo es nuevo, todo es natural. Afirmar que la guerra es natural es distorsionar su mundo en expansión; negarla, es aislarlos de la verdad. Por su puesto, cualquier respuesta es ridícula.

Le respondí que las personas a veces no quieren resolver los problemas hablando, lo cual es parcialmente cierto, para salir al paso. La duda se mantiene. En toda nuestra historia hemos hecho la guerra, la contemplamos, la volvimos estética. Y no sólo aquella de sonoras batallas en la campiña. También las silenciosas, las modestas, casa adentro, con los vecinos, empuñando banderas a modo que nos hacen sentir mejores a los demás. Salvo algún aceta, todos enarbolamos la violencia, y todos señalamos con el dedo a otros, asegurando que están mal, que son los pecadores, etc., etc., etc. La guerra es parte de nosotros, la guerra somos nosotros. Aunque eso no se lo podemos contar a los niños. Les enseñamos historias, hablamos del pasado, les enseñamos a saludar un lábaro (real o imaginario), simulando que debajo de todo ello no hay pozas de sangre. Falso quien pretenda que no es así, de la corriente política que prefiera. Porque es muy duro aceptar que sólo nos avergüenza la sangre de los nuestros mientras celebramos la de nuestros adversarios. La estética de la muerte es caprichosa, es universal, es inconmensurable.

¿Por qué hacemos la guerra? Porque podemos. Nos sale bastante bien. Otros mamíferos nacen con las habilidades de caminar a pocas horas de ver la luz, o de digerir, o de comunicarse. Nosotros salimos del útero listos a pelear, aguda la garganta, prestos a la agresión que es el propio alumbramiento. Incluso la gente moderna habla del “trauma” del nacimiento antes de soltar la marisma de buenaondes convertido en su credo. Curiosa palabra, el trauma. Una paráfrasis de la violencia temprana de la que llegamos, a la que emergemos, a la que pertenecemos. ¿Por qué hacemos la guerra? Simple, porque es aquello en lo que somos buenos. Claro, eso no se lo diré a una pequeña niña que juega a ser policías y ladrones. Sic.

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