Pobre México, tan lejos de Dios
Adriana Gómez
Te lo dije, Marcio, que no era buena idea venirnos para acá. Fulgencio te encandiló con su troca roja y los regalos que traía para su mamá y sus sobrinos, pero no nos contó la chingadera que era llegar hasta la frontera y esperar por días y noches en el descampado, muriéndonos de frío, para que los méndigos coyotes nos llevaran al cruce de las aguas negras. ¡Y esos remolinos! ¿Te acuerdas? ¡Apenas logramos cruzar! ¡Cuántos no se quedaron en los remolinos! Nos soltaron en el desierto y, bueno, ya sabemos la historia. Te lo cuento porque no me puedo creer que hayan pasado más de veinte años. Te lo cuento porque al final me convenciste de escaparme contigo y venir. Entre muchas cosas, me asustaba el dicho aquel de pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Como si en los Estados Unidos pasaran cosas terribles. Como si fuera una maldición que los Estados Unidos estuvieran en la frontera con México, que de por sí somos un país de pecadores. Por eso nos pasan tantas desgracias, decía el padre Otilio, por estar tan lejos de Dios. Pero insistías en que este país era una maravilla, que encontrarías trabajo y que nuestros hijos tendrían más oportunidades. Eso me dijiste, que Estados Unidos era el país de las oportunidades y que el dicho se equivocaba, pues Diosito nos había puesto al lado de los Estados Unidos para que lo aprovecháramos. Y te reías cuando vivíamos en California, porque yo iba todos los sábados a tomar mis clases de inglés en la parroquia, cuando todo el mundo en nuestro barrio hablaba español. ¡Ay, Marcio, todo lo hicimos tan bien! Luego cruzamos el país para venirnos hasta acá, al estado de Virginia porque nos dijeron que aquí había chamba. Tuvimos a nuestras dos hijas. Míralas, ya en el high school, rete chulas las gemelas. Y todos los años que trabajaste en la fábrica Perdue despellejando pollos, y que luego te hicieron supervisor, mientras yo limpiaba casas. Y toda la lana que pudiste enviar a tu mamá y a tus hermanas durante años. Pero ya no te voy a contar más porque te pondrás triste. He venido a verte porque tomé una decisión. Desde que te agarró la migra y después de que me entregaron tu cuerpo lleno de moretones y magullado, las cosas aquí en Virginia no están bien. Han empeorado. Ya no podemos salir a la calle. A veces rompen las puertas y arrastran al primero que se encuentran. Van por todos los que parecemos hispanos. Hasta se llevaron a los del departamento 206, aunque son gringos. Luego los soltaron, pero ya nadie está seguro. Ahora los vecinos nos avisan cuando ven venir a los de AIS. No los reconociste cuando la camioneta gris sin identificación se acercó a preguntarte donde estaba “La Mancha”, nuestro barrio en Richmond. Y todavía tu les dijiste que los llevabas, me lo dijo Cesar que estaba sentado a tu lado. No parecían de la migra. Eran hispanos como tú. Ibas en tu Toyota rojo con tu uniforme azul marino de supervisor y el letrerito de “Perdue” en el pecho. Nunca te habrías imaginado que cuando te estacionaste en el parking de nuestro edificio, de la puerta trasera de la camioneta gris saliera un grupo de cuatro o cinco matones con chalecos antibalas, palos y armas, y la cara oculta con paliacates. Otras cuatro camionetas les venían siguiendo. Cesar me contó que fuiste valiente y te les enfrentaste cuando te diste cuenta de tu pendejada. Pero te golpearon y te arrastraron hasta la camioneta gris donde te metieron a jalones. Lo vi por la ventana. Fue lo último que vi de ti. Como te decía, he tomado una decisión. En estos meses las cosas han empeorado y no es seguro estar aquí. Me regresaré p’al pueblo. Afortunadamente construimos nuestra casita en Parácuaro para cuando estuviéramos viejos. Las gemelas se quedarán. Tendrán que cargar copia de su pasaporte gringo a todas partes. Ojalá admitan a Analí en la universidad tecnológica de Virginia, que quiere ser ingeniera. Daisy ya decidió entrar a unos cursos de cosmética. Estarías orgulloso de ellas. Con lo que ganan trabajando de dependientas, podrán pagarse un cuarto para vivir juntas. La empresa no quiso darnos tu pensión porque alegaron que tus papeles eran falsos. Quince años de trabajo y de pagar impuestos. Pinches gringos aprovechados. Por lo menos pagaron tu entierro. Bueno, Marcio, ya me voy. Te dejo. Te quité el anillo que nos dimos cuando nos casó el juez en Richmond. Lo llevo colgado en el cuello. No creo volver. La cosa esta aquí que arde. Ya me quiero ir de aquí. También está que arde allá en Michoacán. Ya no hay para dónde irse. Eso nos ha pasado Marcio, porque somos un país de pecadores. Te quiero, Marcio.
Washington, DC, 7 de enero, 2026
