La Magnífica
Por Adriana Cisneros Garza
A las pacientes de oncología… como yo.
La calma trenzada en su cabellera como liana, hasta su cintura. Sus manos sonreían cuando alimentaba a las tórtolas, eran huerto perfumado, meciendo sus brotes ante la caricia anochecida, piel sonora cantándole al amor.
Magnífica de marfil: se perfumaba con café de olla y canela en rajas, atrapando constelaciones de cacao, formaba con ellas una vía láctea que bebía, y parloteaban cosquillas tibias en su tráquea. Tenía unas alas tatuadas en la espalda, al andar se movían y la alzaban, como si tuviera helio en vez de sangre… y por eso la elegí.
Me adentré en ella envuelto en células, al sur de su corazón, alumbrado por luciérnagas y musgo. El tiempo engullía al seno níveo o ¿eran las tórtolas picoteando su torso, para arrancarle el traje de humana, y nutrirse de los ojos?
Las agujas y bisturís atravesaron su epidermis, encontrando una grosella negra, pulposa, agridulce, corrosiva, mortal. Ella sentía cañonazos en su pecho sosegado, extendió los brazos para elevar una plegaria a sus ancestros, que habían cruzado el Mictlán, y ellos bajaron situándose en las pupilas de los vivos. Después, conoció a los cirujanos… la ataviaron con pálidas telas y entre pliegues, el aceite aromático serenó el ambiente.
Le pidieron que soltara sus temores, o no podrían abrir su cuerpo para arrancar la fruta marchitada. Ella los gritó tan fuerte que parió la valentía, y al hacerlo, ambas se tomaron de la mano, los latidos retumbaron al unísono. La Magnífica recordó que antes, sus pechos dulces habían alimentado a los sedientos, pero hoy trazarían un atlas médico entre el espacio almendrado del pezón y los lunares. Adriana era musa, y yo necesitaba lapidarla.
Me gustaba confundirla, porque especulaba si perdería su cabello, y tambièn imaginaba quién le arrojaría puños de tierra, cuando recitaran su último poema. Su sangre renovaba mi coraje… ¿de qué estás hecha?, ¿por qué al saber de mí, te has hincado frente a espejos, preguntando cómo puedes retoñar?.
En su reflejo estaban todas: la curandera, las campesinas, la cocinera, las que pudieron estudiar, la polémica divorciada, las ateas, las que cuestionaban todo, las desobedientes, y su mamá, la bruja blanca que la trajo al mundo, en vísperas de primavera.
Su padre transmutado en colibrí, gorjeó durante el proceso de recuperación, le ayudaba con el pico a enredarse en su rebozo tradicional mexicano, para ceñir las ganas de rendirse y todos sus reclamos. Un aroma a cascalote, romero, rosas y hojas de naranjo, se desprendía de mil hilos… había engañado a la muerte. Aleteando iridiscencia, desenvolvió sus heridas, colocando el rebozo en la entrada de su casa… con eso los espíritus perdidos entrarían al paraíso.
Magnífica de marfil, extraño a la que fuiste… la enredadera de cicatrices que hoy vive en tu cuerpo te revela infinita. Una sobreviviente agradeciendo en la montaña al gran espíritu, ofrendándole frutas, mirra, y danzando con los pies descalzos, al leer este balsámico poema.
