Editorial

Del otro lado – Elizabeth Ortiz Ríos

Ladro luego escribo

Del otro lado

Elizabeth Ortiz Ríos

escribe@malixeditores.com

Él era desprendido con el dinero, lo llevaba arrugado en los bolsillos, como si fueran facturas viejas, ni siquiera alisaba los billetes cuando los metía en el farebox del bus para pagar su pasaje; como si la vida misma los hubiera marcado con sus pliegues y arrugas. Me molestó que se subiera antes que yo, pero me di cuenta de que era un caballero cuando se anticipó para pagar por mi viaje.

Nuestra conversación comenzó unos minutos antes en la sucursal bancaria de la calle 22. Él estaba dos personas adelante de mí. Los demás mostraban su molestia por el deficiente servicio del personal. Las quejas me hacían sentir comprendida. Cada rostro en la abarrotada fila reflejaba mi propia impotencia. El que daba los informes era el vigilante, quien no conocía bien las operaciones bancarias y, a pesar de hablar español, arrogantemente prefería hablar en inglés.

Ya me había desesperado. Mi hermano tenía ahorrados algunos dólares en efectivo y, aprovechando mi estancia en los Estados Unidos, me pidió que los depositara en la cuenta bancaria que tenía allá. Me sorprendió que no fuera posible realizar una transacción tan simple. Para ello era necesario hacer un money order, y durante dos semanas no había encontrado un lugar donde hacerlo. Al fin lo conseguí, pero antes de formarme en la fila, quería saber si el documento estaba correcto. Nadie me atendía. Me preguntaba cómo podía pasar algo así en un supuesto país de primer mundo. Parecía que me había metido en alguna sucursal bancaria de los años ochenta. Era increíble que las cosas no fueran como en mi tierra, que, aunque menos desarrollada, el dinero se mete en un cajero automático y ¡listo!, la operación está hecha.

Recordé cuando, quince años atrás, fui de vacaciones a San Francisco por primera vez, las cosas son muy diferentes cuando viajas como turista a cuando pretendes vivir ahí. Estaba de vuelta por insistencia de mi hija, le preocupaba que viviera sola y a mí me parecía que, después de tantos años de trabajo, retirarme en un país con un mejor nivel de vida no sería una mala idea. Verme en todo ese asunto del banco me hizo dudar si era verdad que todo era mejor en los Estados Unidos.

Él me miró en la fila y notó mi impaciencia; me dijo que en la sucursal del otro lado, sobre la calle 16, el servicio era mucho más rápido y el personal tenía una actitud diferente. Miré la puerta con indecisión; él me animó a salir y nos fuimos rumbo al otro banco.

Mientras esperábamos en la parada, él me contaba las pequeñas odiseas de su día: estaba dedicando esas horas a tareas mundanas como el cobro de un cheque, hacer compras y limpiar. Lo notaba alegre en su cotidianidad. Me explicó que no tenía un horario fijo como lavaplatos en el hotel donde trabajaba, sino que cada semana, sobre un escritorio, se ponían los turnos disponibles, de los cuales él elegía los que más le convenían.

Durante el trayecto a bordo del transporte, me dijo que ganaba bien y podía pagarse un cuarto sin tener que compartir el baño, como la mayoría de las pocas personas que conocía en la ciudad. Era un privilegio que había conseguido con el paso de veinte años, y quizás, en unos cuantos más, tendría derecho a una jubilación con la que llevaría una vida holgada si regresaba a Guatemala, aunque no sabía si regresar: su familia recibía el dinero que mandaba, pero nunca le preguntaba cuándo lo volverían a ver. Yo lo miraba asombrada; veinte años viviendo solo en el extranjero me parecían demasiados, ¿cómo pudo acostumbrarse a vivir así? Sentía curiosidad por saber más de su vida y le hice preguntas que él contestaba con humor, haciendo la plática bastante amena. Me hubiera gustado ser tan optimista como él. Era la primera vez que yo disfrutaba de un viaje en autobús. Hasta ese día, lo único que consideraba bueno era que las rutas tenían un horario que me permitía planear mis actividades. Yo estaba acostumbrada a usar mi coche en México, pero en San Francisco no podía darme el lujo de usar el auto de mi hija y pagar una barbaridad por el estacionamiento.

Él se animó a preguntarme nuevamente dónde vivía; lo había hecho antes, pero lo evadí. A pesar de que se iba ganando mi confianza y de que tenía ese no sé qué, que hace a los hombres interesantes, le dije que solo estaba de vacaciones. No me atreví a contarle que planeaba mudarme a la ciudad.

El tiempo pasó muy rápido, la conversación fue muy agradable. Me dio la mano para bajar del autobús sonriendo; tenía unos ojos lindos. Me tomó de la cintura para guiarme hacia la sucursal, y no puedo describir la sensación, pero fue algo que pensé que ya no se sentía a mi edad. Él me desafió a adivinar la suya, fallé por cuatro años, creí que era más joven pero no, era un año mayor. Se sintió halagado. Por fin me preguntó mi nombre y yo el suyo. Se llamaba Manuel. Me dijo que hacía mucho tiempo que no había tenido una conversación tan prolongada con una mujer. No sabía si creerle, pero me emocionó que lo dijera. Nuevamente me mostró un gesto de caballerosidad dejando que me pusiera antes que él en la nueva fila. Se sentía muy orgulloso haciéndome notar que su sugerencia de ir allí fue la más adecuada, había menos gente y más cajeros trabajando. Llegó mi turno de pasar a la ventanilla y, por lo tanto, de despedirnos. Tenía ganas de abrazarlo, pero no me atreví. Solo nos dimos un apretón de manos.

Una vez más no me aceptaron el depósito, mi hermano me había dado solo su número de tarjeta, pero no la cuenta bancaria; ambos creímos que con eso era suficiente, como en México. No podía creer que, contrariamente a la modernidad de que hubiera autos circulando por las calles sin conductor, en cosas tan simples los gringos vivieran en la edad de piedra. Afortunadamente la cajera fue amable y me dio oportunidad de salir para llamar y conseguir el dato que faltaba. Mi hermano no contestaba.  Afuera, yo caminaba por la banqueta con el teléfono en mano; tuve miedo de que me lo robaran, había mucha gente fea. Veía pasar junto a mí a los indigentes como zombis, con la mirada perdida y totalmente fuera de sí. Un montón de personas sentadas afuera de la estación del BART, como esperando a que les dieran trabajo o algo que hacer. Todo a mi alrededor era un verdadero desastre. En segundos todo mi estado de ánimo cambió de manera radical. Me bajé de mi nube. Estaba muy enojada e incómoda, quería regresar a casa, a mi casa, a mi tierra.

Vi de reojo salir a Manuel del banco y caminar hacia mí. Decidí que era mejor no alimentar falsas ilusiones para ninguno de los dos. Aceleré el paso hacia la avenida y me subí rápidamente en el autobús equivocado.

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