Los amores que he dejado ir XXI
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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El papel de las musas es el de vitalizar al artista, ser una base mística sobre la que se da forma al material, al éter de los pensamientos, soltar el estribo que dirige el corazón, y a veces, también el hígado. Ella fue un soplo de la brisa encendida que cruzó por mis ojos, una imagen que dejó mella en la cutícula del iris para encarnar el ideal de la belleza femenina de nuestra patria: morena resplandeciente, fugaz en la sonrisa arribada de la corteza de los árboles, atada del aire con la coleta de cabellos negros que estremecían el horizonte. Pocas palabras cruce con ella, pero supe su nombre, algunas heridas en su memoria, y su afición por la honestidad. Mas no todas las puertas a las que se golpea la aldaba deben ser abiertas, y así lo comprendí cuando su silencio hizo evidente que era una diáfana criatura que no deseaba ser acompañada en el camino por esta maltrecha sombra. Se acepta aquella voluntad, y se parte en silencio, seguro de que ni es el momento ni la gloria que se deben reclamar.
Pero tal desazón no debe ser mancillada ni con desgana ni con brutalidad, porque es su derecho elemental. Quien goza de la belleza debe ser consciente que no está destinada para el goce exclusivo de los curiosos, sino que se decanta en sus propias maravillas. Allí pertenece, al mundo, a su juventud enamorada del mundo, a pastar entre las flores y las luces de neón de la noche abierta. El observador contempla, y su recompensa es aquella cosecha de palabras o líneas que arrebata del silencio, de la materia inerme, para erigir con ellas una pálida copia de lo observado. Usamos el arte como testimonio, y también como templo de la obsesión que se desprende de lo admirado. Ella debía ser libre, lo comprendí, relegando el capricho al placer de saber su sitio en el mundo, el testimonio protegido entre páginas ardientes que desprenden de ven en cuando un halito de humo mientras cobra su forma definitiva.
Ella no pidió ni devoción ni obsesiones, existe en la pradera del tiempo con sus ojos profundos cortando el aire alrededor, impregnando su sonrisa ante la mirada de los transeúntes. Yo escribo, no por despecho ni por conmiseración, convencido de que nos ha sido permitido el azar para que la voluntad derrote el tedio, de que extendemos el lenguaje hasta sus formas más plásticas para dejar testimonio de lo que tiene valor, de lo que es importante; no como efigie de cruenta inamovilidad, sí como fortaleza de los pensamientos en constante evolución. Llamamos con grandes golpes a la gloria para descubrir que no siempre es la senda que deberíamos de transitar, agradecidos con la vital experiencia de contemplar las expresiones más amplias de la naturaleza. Las mujeres son un pilar de mi obra no por la sed del violento cazador, ni por la urgencia del tacto o sus perfumes afinados. Son para mí un testimonio de la verdad, una pugna entre lo que nace y lo que ha de partir, envuelto en los misterios de sus siluetas acrecentadas.
Ella, tan ajena, no es responsable de lo que hilvano alrededor de su imagen, a veces con gruesas líneas de agua salina extraída de las piedras, a veces con girones de la voz que se arrastra entre las hojas inquietas. Escribo para ella como para todas, que es la misma siempre, que vuelve a mí en su poíesis, en su superstición sagrada de convertir el entorno en un banquete para los desprovistos del amor, para los hijos extirpados de la realidad. Para quienes, como yo, hemos de recorrer la plaza con la urgencia de reconocernos en lo distante, transmutando la materialidad de lo sórdido trivial en un espectáculo del pensamiento ungido con la estética. Ella es un estandarte silente que se mece a la voluntad de los aires de la temporada, indicando un camino que se sigue en la procesión de los cansados, la frugal madre de las palabras que humedezco con aceites suaves al mezclar el pigmento de sus labios rojos.
