Ladro luego escribo
En Cualquier Calle
Erika Mitzunaga
—A ver, creo que no te estoy entendiendo. Me dices que viste a un chico. No sabes si de secundaria o preparatoria. Que te sonrío. Tú le devolviste la sonrisa y no logras sacarte esa imagen de la cabeza.
—Algo así.
—Es muy raro, sobre todo tratándose de ti.
—¿No sé a qué te refieres cuando dices tratándose de ti? Hace tiempo leí una novela de Milán Kundera, cuya inspiración es el gesto de una mujer madura al despedirse de su entrenador en una piscina pública. En ella, Kundera aborda con detalle la importancia de los gestos, de las expresiones. En mi opinión, cuando alguien te atrae, es justamente por eso, por sus gestos que son únicos. Y eso lo hace especial. Te repito, estaba manejando por unas calles que no frecuento. Había varios jóvenes de una escuela preparatoria esperando el transporte. Me detuve en un alto y volteé. La novia de este chico, de espaldas a mí, estaba recargada en su pecho, y él le daba pequeñas palmadas en el hombro. El gesto me encantó, me recordó a alguien.
—Y ¿qué pasó?
—Nada, ¿qué podía pasar? Se dio cuenta de que lo estaba observando y me sonrió. Pero fue la forma en que lo hizo, con un aplomo y una seguridad inusuales en alguien de su edad. Como diciendo: “Sí, la cuido a ella… y si quiero… a ti también “.
—Y ¿qué tiene de especial eso?
—Lo que sentí. Quise ser esa chica, quise tener quince o dieciséis años, añoré ese abrazo. No lo sé. Pero, sobre todo, sentí miedo.
—¿De qué estás hablando? ¿Miedo de qué?
—Miedo de mí.
