El paraíso de Zamora
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Desde hace casi 30 años se ha llevado de manera ininterrumpida el Encuentro Internacional de Poesía de Escritores de Zamora, en la Ciudad de Zamora de Hidalgo, Michoacán. Parece poco tiempo, y quizá lo sea comparado con otras escalas o festivales. Sin embargo, trabajar casi tres décadas de manera autogestiva para convocar a artistas de distintas regiones del mundo para compartir el espacio y la palabra, es más que impresionante. En especial porque se requiere de un temple imperioso, donde la voluntad no se resquebraje por cualquier inconveniencia. Así como la belleza yace en los ojos de quien la mira, la poesía persiste en el corazón de quien la llama. Zamora se ha convertido en un referente entre los trashumantes poetas que recorren las altitudes en búsqueda de contacto real. Aquí han hallado una casa abierta en el tiempo y la memoria.
El encuentro opera con los recursos que puede obtener mediante los donativos internos, además de las pesadas jornadas de burocracia del partido en turno, y la buena voluntad de uno que otro empresario local. No obstante, su mayor capital es el entusiasmo, tal vez desmedido, pero pródigo, completo, desinteresado. Bastante escuché del encuentro conforme la fecha se acercaba, vislumbrando en las conversaciones de los amigos recientes avocados a las letras una extraña nostalgia por esa tierra desconocida, arquetípica Ítaca tropical, de la que parecían no haber salido nunca. En sus oraciones la ternura se entreveraba con la expectativa, terminando cada oración a la manera de las sentencias eclesiásticas. Uno es escéptico por naturaleza, acostumbrado al protagonismo y la artificial exuberancia del egoísmo y la desidia. Terrible error.
Resalta la bienvenida, modesta, pero cálida. Poco a poco las olas del caos van reuniendo a los viajeros en el lobby del hotel El Fénix, cansados por la jornada, mas alegres. Se estrechan manos, se besan mejillas, extendida la sonrisa para reconfortar el pecho como si fueran amigos de largo tiempo. Y no lo son, la mayoría; no aún. O cuando menos, no se conocen directamente, o han entablado conversación, o se han leído. El hecho es que se identifican de inmediato en ese espejo, del que ellos mismos provienen, donde se reconocen hermanados por la afinidad de autovocación. Allí yace Roberto Reséndiz, celoso de los procesos, de los registros, de los inventarios; casi invisible de tan eficaz, pero magnético por su esencia monumental. Toca descansar, compartir cuartos entre extraños, esperar la inauguración y los rituales de la fortuna. Noche breve.
Las formalidades preceden cualquier evento donde se citen autoridades, soportable. Sobresalen los mensajes centrales: es un encuentro, no una convención; los escritores participan en la sociedad (escuelas); no hay biografías ni largas peroratas de la adulación, sólo poesía, lo único relevante. Ejecuta la sentencia a la perfección, con la única imposición de cumplir con los tiempos de lectura determinados. Un juez implacable (Roberto el temible), sensato, que ocupa su sitio al fondo de la estancia para ser testigo. Sólo interviene para recordar el orden. Jamás llama los reflectores, no forza las conversaciones, no hace girar su evento alrededor de él. Roberto-Zamora, como Huidobro, saben que la poesía debe florecer en la mano, lejos del protagonismo. Ésta le responde, desde los colegios de infantes hasta las universidades, en los rostros de los jóvenes que ocupan una baldosa en el patio interior del Centro Cultural Casona Pardo, a donde emergen las voces desde surtidores de piedra. Sí, Zamora es un paraíso de un pródigo benefactor minucioso.
