Editorial

El Destino Más Maravilloso – Ana Suárez

Ladro luego escribo

El Destino Más Maravilloso

Ana Suárez

escribe@malixeditores.com

Imaginemos un pueblo mexicano perdido en la sierra o la selva o la frontera o donde deseen. Es un pueblo igual a muchos otros, de esos a los que nadie llega más que sus residentes, que rara vez salen. Pero este pueblo, al que bautizaremos como San Simón, tiene algo que lo distingue de los otros: un alcalde llamado Jesús, quien está convencido de que el sitio donde nació es fascinante y decide convertirlo en un destino turístico, sacando partido de la gasolinera recién instalada en las afueras.

Supongamos que lo primero que hace don Chucho es colocar ahí grandes carteles que invitan a visitar San Simón, “un lugar lleno de historia y tradición”, y que una mañana se detiene a cargar gasolina un autobús lleno de turistas que bajan a estirar las piernas y, al ver los letreros, sienten curiosidad de asomarse al poblado.

Veamos ahora que los recibe un hombre entrado en años, con un sombrero tan grande que parece tener vida propia y quien, con una gran sonrisa, les da la bienvenida y felicita por tener la suerte de estar en el destino más maravilloso del país. Pero que lo que alcanzan a ver no son más que unas cuantas casas polvorientas, una iglesia algo inclinada y una pequeña tienda de abarrotes.

Figurémonos entonces que, antes de que puedan decir algo, el alcalde-guía los invita a caminar hacia su primera parada: la “famosa” plaza del pueblo.

—Esta —les dice— es la Plaza de la Paz Eterna. Aquí reposaban nuestros antepasados y ahora nosotros después de las duras jornadas de trabajo en el campo. ¡Miren qué tranquilidad! Ni un alma en pena para molestarnos.

Los turistas miran un gran espacio vacío, con unas pocas bancas herrumbrosas, arriates de flores sin flores y unos prados amarillentos donde unas cuantas gallinas picotean el suelo y un burro mordisquea unas briznas. Asienten cortésmente y antes de que puedan opinar, el entusiasta don Chucho los lleva hacia la siguiente atracción: la iglesia de San Pedro.

—¡Ah, la iglesia! —exclamó, con ojos brillantes—. Es una joya de la arquitectura colonial. Fíjense nada más en la torre, un poquito inclinada, es cierto, pero ¿no creen que eso le da carácter? ¡Y las campanas! Solo suenan cuando sopla un viento fuerte, pero su sonido es inigualable.

Observemos ahora a los turistas mirar la torre, que parece a punto de caerse, y a uno de ellos, un ingeniero alemán, murmurar algo sobre problemas estructurales. Pero el orgulloso alcalde no se inmuta y sigue adelante con su recorrido.

—Ahora, ¡prepárense para ver la atracción principal! ¡La Fuente Milagrosa!

Fijémonos en la pequeña pila de agua estancada y maloliente, casi seca, con algunas monedas verdes en el fondo, y a los turistas detenerse en espera de otra explicación emocionante.

—Dicen que, si lanzas una moneda y pides un deseo, es probable que algo suceda—explicó don Chucho—. Claro, tal vez no sea exactamente lo que se pide, pero de seguro algo pasa. Por ejemplo, una vez pedí ser rico y al día siguiente me encontré con una moneda de cinco pesos en la calle. ¡Un auténtico milagro!

Escuchemos a los turistas reír, empezando a contagiarse del gran ánimo del guía, que ahora los lleva al punto culminante del itinerario: la Tienda de Abarrotes “La Esperanza”.

—Este es el lugar donde todo el pueblo se reúne— escuchan—. Aquí compramos el pollo, las verduras, el queso y hasta nuestros chicles y, desde luego, nos enteramos de lo últimos chismes. ¡Nada es más autóctono!

Miremos la tienda llena de artículos variados, desde latas de frijoles y sardinas hasta sombreros de charro y rollos de tela y a la dueña, doña Lupita, ofrecerles unas tortillas con sal, que, ya hambrientos, comen con gusto.

—Y así termina nuestro recorrido por San Simón —dijo don Chucho, con una reverencia teatral—. Espero que se lleven un pedacito de este lugar en el corazón, así como yo lo llevo entero cada día.

Finalicemos viendo a los visitantes aplaudir con sinceridad. Aunque esperaron un pueblo extraordinario y este era pequeño, sucio y feo, dejó de importarles, conscientes de que la calidez y el humor de su acalde constituían su patrimonio principal.

 

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