Editorial

4 Elementos – Por Adriana Cisneros Garza

4 Elementos

Por Adriana Cisneros Garza

 

Al pueblo natal de mi padre: San Tiburcio, Mazapil. Zacatecas

 

VIENTO

No pertenezco a donde vivo, no soporto la ciudad. Mi corazón está donde puedo hablar con la naturaleza, en esos lugares donde el viento acaricia mi rostro, y me hace cosquillas en los brazos. Adoro volverme una con él… sentir cómo mueve mis cabellos; y la forma en la que, de noche, trae un aroma fresco a gobernadora y a invierno. Sí… el frío también puede respirarse, sobre todo, cuando cae la noche y el cielo se vuelve una cueva honda de estrellas luminosas y tintineantes.

 

TIERRA

Mis pies, cada vez más ligeros al andar por el camino empedrado, interminable, asoleado, se envuelven de sol, con la sábana gigante, celeste, decorada con bolitas de algodones tersos… Absolutamente desobedientes, me guían sin parar hasta el tanque de agua. Esa pequeña presa, que guarda celosamente el elíxir que algunos animalitos han de beber, para refrescarse en el trayecto a las milpas y nopaleras de mis abuelos. Pies desnudos dejando su huella en la fina tierra, por donde caminaron mis ancestros.

 

AGUA

Al caer las primeras gotas de lluvia en mi pueblito, primero se aplaca la tierra. Después, se desprende de ella un hermoso olor a mojado, a verde, a unos arbolitos sedientos, que se han saciado con la caída bendita. Aparecen charquitos de la nada, donde llegan las aves a tomar, y los perros chapotean gustosos, jugando con las hojas caídas de las plantas. A mí me gusta mirar para arriba, abrir la boca y contar las gotas que caen en mi boca, mientras otras mojan mis pestañas y escurren por mi cuello, formando un collar.

 

 

FUEGO

Yo ardo entera, en el lugar de mis ancestros. Cada rincón me susurra sus nombres, vivencias, sueños, sus voces han formado la melodía eterna, con el silbido del viento. Escucho relinchar al caballo de mi abuelo Pedro, oigo a su fiel perro caminando a su lado, me deslumbra el brillo de su revolver con cachas de plata, mientras Julia, mi abuela, prepara unas tortillas de maíz con frijolitos de la olla. Sus trece hijos creciendo sanos, fuertes, bien amados, hasta ser adultos y formar a sus familias… y de allí, de ese amor bendecido e infinito, surge mi generación.

 

Yo no pertenezco a donde vivo, no soporto la ciudad. Mi corazón ruge mis apellidos bombeando la sangre valiente de todos mis antepasados… en mi amado pueblito hermoso, que me hace tan feliz, porque allí he podido mirar a Dios, y a todo mi linaje, directamente a los ojos.

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