Incongruencia
Itzel Castillo
Ladro, Luego Escribo
Te encuentras nuevamente en la misma situación y antes de que sientas coraje por la repetición, te hallas paralizada por el abismo que te rodea. Es interminable, oscuro y denso. Hace difícil la respiración, hace difícil encontrar dirección. Falta el aire, falta la fuerza, falta la voluntad, falta la voz y falta la vida.
¿Son unos instantes o es una eternidad?
Finalmente, llega la realidad como el pinchazo de una aguja que entra a tus pulmones, los desinfla obligándote a inhalar y te devuelve el aire. Cuando respiras surge en la penumbra un punto de luz. Te miras, recuerdas, recapitulas.
Todo comienza con el vacío. Con ese hueco, esa carencia, esa ausencia, esa falta de contenido, de solidez. Te conviertes en olvido y necesidad. Comienzas la búsqueda: algo, alguien, una presa que llene, que alimente. Quieres sangre, quieres vida. Te oprimes contra esa superficie y quedas adherida.
Querida, tal parece que otra vez olvidas tu naturaleza. Posees un gran sentido de adaptación, capacidad para aprender y cuidar a tus crías. Si bien eres un ser bastante evolucionado, tienes una limitante que recurrentemente desestimas. Y en esta tan conveniente amnesia selectiva, sigues buscando el alimento fuera de ti.
La gran paradoja es que eres una pésima sanguijuela y te adhieres a cualquier cosa, incluso a las que no te pueden alimentar.

