Mi amada generación X
Por Adriana Cisneros Garza
Cuando era niña, las cosas eran distintas en la escuela. Cada año, mi mamá nos llevaba con una costurera, para que hiciera los cambios necesarios en nuestro uniforme… A veces, era suficiente con bajar la bastilla de los pantalones, soltarle un poco a la falda escolar o a la blusa blanca. Pero, nos esforzábamos todos juntos, para continuar usando el mismo uniforme lo más que se pudiera. Cuidábamos entre todos la economía familiar. Cuando yo dejaba uniformes que ya no me quedaban, se los pasaba a mis vecinitas, para que lo aprovecharan, y sus papás no gastaran dinero. Era como un ritual sagrado entre los de la cuadra.
Los tenis se lavaban en casa, hasta quedar nuevamente blancos y pulcros, siempre volvíamos a usar las mismas libretas del año anterior (porque las dejábamos a la mitad, cuando terminaba el año). Mi madre, talentosa en muchas cosas, a mí me elaboraba mochilas con tela de mezclilla, le bordaba flores, o le pegaba estrellitas que hacía con tela brillante. Ninguna niña en mi escuela traía mochilas como las mías… y siempre me preguntaban que dónde me la habían comprado, yo me sentía bien feliz contestando: “me la hizo mi mamá”. Los pegamentos se usaban hasta que se terminaran, igualmente con los lapices, crayones, marcadores, y cuadernos para dibujar.
Hoy, después de tantos años, veo en la televisión que aquí en mi ciudad, todo ha cambiado. Los uniformes los solicitan nuevos cada año en la escuela, existen tiendas que tienen en existencia todos los modelos que usan en las primarias y secundarias, nadie va con la modista. Brincan de año los niños, y los agobian con una lista interminable de cosas, los famosos útiles escolares. Pero ahora, les piden ciertas cantidades (muy exageradas) y de ciertas marcas. En algunos planteles escolares, hasta les solicitan material para limpiar la escuela. ¿Para qué necesita un niño, un bote de resistol de 500 gramos?… paquetes de papel sanitario y galones de líquido para trapear?… ¿No son las cuotas escolares para esos menesteres?… Miles y miles de pesos gastados en mochilas de moda, con los personajes de las películas actuales, otras con ruedas (para que los niños no carguen tanto). En mis tiempos, uno mismo se hacía responsable de su mochila y su peso, no había clima en los salones, ni siquiera abanicos. Nosotros hacíamos uno con papel o cartón doblado, y nuestras madres nos llevaban agua helada a la hora del recreo. Nadie usaba termos yeti como ahora. No llevábamos lonche, pero llegábamos a la escuela bien desayunados, y al llegar a casita, mamá tenía la comida lista y calientita, sólo era llegar, quitarnos el uniforme, ponernos short, camiseta, comer, terminar, lavar nuestro plato e ir inmediatamente a hacer la tarea, hasta terminarla. No podíamos salir antes a jugar.
Por eso, mi generación es vista de otra forma, fuerte, inteligente, superior a la generación que hoy, que no pueden recitar la tabla del 12, si no hay clima en su salón. Nosotros jugábamos en el sol, corríamos en pleno verano, no existían los celulares, así que la secretaría de educación no tenía que detenerse a pensar si permitían teléfonos en clase o no. A todos nos echaban carrilla (el famoso bullyng de ahora) y nunca anduvimos llorando, tampoco quedamos traumados con los apodos que nos ponían, simplemente contestábamos, o nos retábamos en un juego de canicas o carreritas hasta la esquina. Cuando la cosa era mayor, nos cantábamos un tiro (unos chingazos a la salida de la escuela). Por eso y más, mi generación: la poderosa Generación X (personas nacidas entre 1965 y 1981) siempre será la mejor. En aquellos hermosos años de nuestra infancia, en la noche que íbamos a dormir, encendíamos nuestra grabadora, sintonizábamos nuestra estación de radio favorita, a ver si alguien nos mandaba saludos… y si teníamos suerte, nos dedicaría alguna canción la persona que nos gustaba.
Los niños de hoy nunca podrán ni imaginar cómo era todo antes, pero es nuestra misión continuar con el sabio e importante ejercicio de oralidad, y contarles a todos de dónde venimos, y cómo vivimos placenteramente nuestros años en la escuela… años que hoy añoramos entre orgullo y nostalgia, de haber tenido una niñez entera y sumamente feliz.

