Los fabulosos ochentas
Por Adriana Cisneros Garza
Para mis hermanos César y Sergio. Y a mi amado padre, que me lee en el cielo.
Hace un par de días, las redes sociales estallaron por una nueva tendencia que todos atendimos: solicitar a la inteligencia artificial que convirtiera nuestras fotos actuales, en imágenes de los años ochentas. Y entonces, la nostalgia invadió a la mayoría de los perfiles en facebook… chavorucos como yo, quienes nacimos en la fabulosa generación X (entre 1965 y 1980) que tuvimos la dicha de crecer en esa bonita época. Porque antes, todo era distinto y más lento. Para algunas cosas debíamos esperar, como cuando tomábamos fotografías con cámara análoga, usando rollo formato 110 o 135. Y es que al terminar de usar la película, se llevaba a revelar y la emoción nos consumía por una semana, hasta que estuvieran listas nuestras fotos. Otras personas como mis hermanos, estudiaron fotografía con la finalidad de hacer ellos ese trabajo, en los famosos cuartos oscuros, donde emergían poco a poco las siluetas, en un momento mágico, entre soluciones químicas, charolas y papel fotografía.
Usábamos casetes para grabar música, sintonizando nuestra estación de radio favorita, y esperando pacientemente a que el locutor en turno dejara de hablar, para comenzar nuestra tarea… aprendimos a rebobinarlos usando una pluma como herramienta. Hacíamos llamadas para enviarnos saludos entre amigos, o nos dedicaban canciones románticas, siendo esa, una de las mayores declaraciones de amor de los años ochentas. Transportábamos nuestra música en walkman y después en discman, los LPs y CDs que comprábamos los escogíamos casi a ciegas, esperando que el álbum completo nos encantara. Íbamos a rentar películas, paseando horas en los pasillos de las tiendas, mirando los pósteres de películas, y luego llegábamos a casa apurados, hacíamos palomitas y veíamos la película, porque debíamos entregarla al día siguiente.
El teléfono de casa era pesado, tenía un disco con agujeros, donde poníamos un dedo y lo hacíamos dar vueltas… de esa forma era la marcación telefónica, no existía el identificador de llamadas, y había unos candados redondos con llave pequeña, que se colocaban en ese disco, para evitar que girara (las mamás lo ponían cuando nos dejaban solos en casa, para que no llamáramos a nadie). No había buzón de voz…. si alguien llamaba y no estábamos en el hogar, intentaría más tarde. Nuestro primer videojuego se llamaba ATARI: una enorme consola color café, pesada, con controles toscos y cartuchos intercambiables. Recuerdo a mis hermanos sentados frente a la tele, y enseñarme a usarlo, era un canguro que saltaba, para esquivar obstáculos. En algunas plazas comerciales, a donde acudíamos para ver a nuestros amigos (con permiso de nuestros padres) había chispas (maquinitas tipo arcade) donde pasábamos las tardes, después de haber estado en la biblioteca central del estado, investigando alguna tarea de la secundaria o prepa. No existían los teléfonos celulares, tampoco había notificaciones…únicamente tardes inolvidables que vivíamos intensamente, y que se quedarían guardadas en nuestra memoria para toda la vida.
Vivimos la transición del mundo analógico al digital, conociendo la vida antes y después del internet y las computadoras personales. Porque antes, sólo teníamos computadoras de escritorio, enormes, donde usábamos un disco delgado, color negro, para almacenar. Y hoy, todo eso es nombrado vintage. Nuestra amada infancia y adolescencia fue un periodo mágico, lleno de descubrimientos, aventuras y objetos que se convirtieron en parte de nuestras memorias más preciadas. Para los que como yo, crecieron en las décadas de los 80’s y 90’s, hoy nos despiertan nostalgia instantánea: los icónicos botes de colonia en spray, las carpetas forradas con recortes, el maquillaje en tonos rosa y celeste que usábamos las chicas, la ropa de mezclilla con estoperoles, el cabello peinado con crepé, los copetes rocanroleros de los chavos, los tenis de botín, la joyería de plástico, las chaquetas y los sacos holgados, el uso de calentadores y ropa de lickra brillante… y aquellas hermosas navidades en familia, donde colocábamos entre todos un precioso pinito color plateado, que íbamos adornando poco a poco en familia, y en donde al finalizar la Nochebuena, nuestros amados padres dejaban los regalos que habían comprado con tanto esfuerzo, manteniendo la tradición de que, si nos portábamos bien durante el año… encontraríamos regalos el pie de nuestro bello árbol.
Hoy podemos mostrar a las nuevas generaciones, algo de lo que vivimos nosotros, recordando con amor que estuvimos allí, escribiendo la historia a colores. Aunque ya no estamos todos, (nos faltan integrantes de la familia) mantenemos viva y latiendo, nuestra hermosa época dorada… porque hablar de todo eso, es el mejor tributo a mi amada generación X, y a todos ellos, los que han partido antes. No sé si alguien se ha estacionado en esa época, como yo… para siempre.

