Editorial

El ritual de la acumulación, III – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

El ritual de la acumulación, III

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

¿Qué pensará el caracol de la concha que lleva sobre la espalda? ¿o el cangrejo ermitaño? Los días se suceden en una catarata de posibilidades, y al final solo yace la contemplación hacia atrás del peso dejado sobre la arena. Quizá ni siquiera hay conciencia en el tortuoso proceso de arrastrar la carga como lo haría Sisifo, condenado por la pedantería propia y de los dioses. También recuerdo a Atlás, el engañado, quien tan torpe como inocente se dejó arrastrar por la treta. Ninguno de esos casos es el nuestro,  convencidos de que la vida trashumante era demasiado arriesgada, y la brecha junto a un arroyo maximizaría nuestra superveniencia. Miles de años después comenzamos a sufrir las consecuencias. Sí, las capitalistas consecuencias. Porque la acumulación de capital es una cosa, pero la acumulación de objetos es otra, sólo posible en el consumo moderno.

Un campesino de la edad media poco o nada tenía salvo los girones sobre el cuerpo y muy burdos instrumentos para el día a día. Asentado sólo por designio, casi nada arrastraba en su andar; además de tener pocos sitios a donde ir. Esa tarea era más propia de los sirvientes de las clases más altas, con un ajar llevado de un sitio a otro para reproducir las comodidades. Salvando las diferencias, tanto de forma como de monto, la trampa en la que vivimos ahora está en el medio. Demasiado pobres como para delegar la tarea a otros, pero tan opulentos como los cachivaches retacados en las habitaciones donde moramos. Tal vez tengan utilidad, o tal vez no, pero yacen allí, ocupando un sitio cerca de nosotros, y en la cabeza. Pensamos que son elementos con una utilidad potencial, y quiere la casualidad demostrarlo tras desecharlos, en esas jugarretas de la vida. El resto del tiempo de poco sirven, más que para satisfacer esas necesidades imaginarias de quien ha tenido que hacerse de sus propios recursos.

A los infantes poco les cuesta despilfarrar, romper o perder. Son como los millonarios, para quienes solo existe un valor de uso inmediato; luego se olvida del asunto. Los demás, valoramos por milésimas de segundo la utilidad actual y futura, el costo de oportunidad, el riesgo de deshacerse de los objetos. Se pondera el espacio contra el costo, los beneficios de no tenerlo sobre el garantizar su inventario por si acaso. Estas fútiles divagaciones son otro ejemplo del ocio. El arte de mudarse pone en perspectiva esa situación, con la gran cantidad de pequeños objetos sobre los que hemos construido la vida y el apego que representan. Vaya a saber cada cual sus motivos, sean intestinos, morales o de supervivencia. Pero hemos construido nuestra vida alrededor de objetos que la hacen más sencilla, atados a su propia materia física. Andamos de un lado a otro ponderando su peso o no. Así, la madre prevenida que carga con viandas y chamarras pondera el costo de una enfermedad, sea económico o la vida misma del infante, satisfecha con el desenlace; más aún si demuestra haber tenido la razón. Hacemos lo mismo con lo demás: ropas, muebles, trastes, colecciones, etc.

Esta bizantina reflexión no aporta nada al mundo más que eso, una métrica inútil de cuanto hemos ido acumulando sobre nosotros antes de vernos forzados a desprendernos de las cosas, tal vez por necesidad de movernos de un sitio geográfico a otro, o por la limpidez de la mente al abrazar el minimalismo antiguo por elección (no obligados por la carencia histórica). Contemplo las cajas después de la mudanza, pienso en los días gastado en el proceso, en el mal humor o los roces con la familia ante el caos. Sin embargo, cada pieza encaja entre las fantasías y las necesidades genuinas, sin aterrizar del todo en un espacio definitivo. Acumular nos ha permitido sobrevivir, y a veces tenemos que sobrevivir a eso mismo.

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