ANEMIA
JUAN PABLO BENITO
LITERATURA DE LOS CONFINES
Intentando combatir una anemia de cariño, comencé a consumir alimentos ricos en hierro.
Carne de otros cuerpos, legumbres varias, cereales, cosechados en piel ajena, almendras, nueces y semillitas de chía y girasol que se desprendían cada vez que un desprevenido cerrar de ojos chocaban contra el viento de mis silbidos.
De pronto, esta medicina natural de tomar e ingerir, se convirtió en rutina, otorgando a mis cabellos un color grisáceo y un sabor a herrumbre.
Mis manos lograron cargar cemento, cal y otros nutrientes que iban encontrando entre los escombros que dejaban esparcido por aquí y allá los amantes…
Después de un tiempo comencé a sentir como ambas piernas se sellaron en un mástil de varias pulgadas de ancho. Mis brazos se cruzaron sobre mi cráneo, sosteniendo aún la boca, nariz y tres pestañas desalineadas.
No quiero reconocerlo, pero lo necesito. Superé mi anemia a costa de convertirme en un clavo que sostiene la firmeza de los rieles de todos los trenes.
Me inquieté mucho por ello, hasta que alguien me solicitó ayuda, puesto que otro de ellos se le había clavado en una zona lindante a su corazón.

