Editorial

LA RISA (donde la amargura, cuando llega, ya es una anciana) – CRÓNICAS DEL OLVIDO

LA RISA

(donde la amargura, cuando llega, ya es una anciana)

ALBERTO HERNÁNDEZ

CRÓNICAS DEL OLVIDO

 

Cuando la risa salió del consultorio del odontólogo, los que esperaban por extraerse una muela, limpiarse el sarro o colocarse frenillos de caballo, notaron que la tristeza la invadía, y no precisamente por el dolor provocado por tratamiento alguno, porque la risa ejercía como visitador médico.

Ya fuera de la clínica, nuestra amiga se instaló en un café a mirar salir a los que abrieron la boca para ser asistidos por el doctor Armado. Salían con un pañuelo para cubrirse las molestias y los ojos semicerrados para ocultar la ausencia de una pieza dental u olvidar el chillido de la perforadora.

Después la invadió la soledad. Un rictus apareció en su cara. Se levantó y regresó al consultorio de Armado y se hizo sacar los dientes, pese a que el odontólogo insistió en que tenía todas las piezas en buen estado. Pero nada, se las hizo extraer.

Ya bajo la luz del sol, en plena calle, la risa se echó a llorar.

Un filósofo, de esos que abundan en las aceras de las ciudades, le preguntó:

-¿Y usted por qué llora?

Con los ojos hundidos por la desolación, respondió:

-No, si no estoy llorando, es que la carcajada no me sale por el peso de la amargura.

-¿Y por qué está amargada, no ve usted que el sol brilla y allá en la esquina suena George Harrison?

-Se trata de que ya no creo en mí. Ya no me siento risa, lo que suena dentro y fuera de mí no es mi espíritu. Creo que voy a morir de tristeza. Alguien está conspirando contra mí.

-¿No será acaso que usted está acomplejada, amargada porque se preocupa mucho por el mundo?

-Es posible. Eso me ha hecho perder la capacidad de reír. Antes me burlaba de todo y por todo, pero ahora me ha dado por burlarme de mí, sin risa.

-Ah, eso es bueno si entiende que la ironía o el cinismo forman parte del humor. Por ahí puede comenzar a aprender a reír de nuevo. Practique con los chistes, con algunos políticos. ¡Ande, no se desanime¡

El filósofo de la acera se concentró en sus asuntos cotidianos y dejó con sus cavilaciones a la risa.

Con el maletín de visitador médico casi a rastras, la risa se alejó y dobló por la esquina más cercana. El filósofo negó con la cabeza y pronunció una frase en sánscrito y retornó a sus quehaceres.

Una anciana, cubierta de arrugas, yacía en medio de la calle. El ruido de las ambulancias, las motos policiales y un círculo de curiosos fueron testigos de los últimos segundos de la mujer, quien comenzó a reírse estridentemente. Entonces, los que guardaban silencio por la tragedia iniciaron una carcajada que disipó el suceso. Felices, levantaron el cuerpo liviano de la anciana y lo metieron en el vehículo del forense.

Con la sirena de la furgoneta, los curiosos se dispersaron en medio de chistes y una algarabía poco común.

Mientras tanto, el filósofo fue víctima de un atraco por uno de los curiosos que, muerto de la risa, lo apuntó a la cabeza para que le entregara la cartera.

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