Editorial

Leyendo al desnudo* – A Través de la Pluma

Leyendo al desnudo*

Mariel Turrent Eggleton

A Través de la Pluma

 

Hace tiempo leí algo, no recuerdo dónde ni exactamente qué, pero dejó en mí gran satisfacción y la idea de que, sin importar cuánto recuerde de mis lecturas, no seré la misma antes y después de leer cada libro. Adopté esa idea de inmediato, pues me implica un esfuerzo enorme recordar los títulos, los nombres de los autores, las frases que subrayo, la misma trama y sus detalles. Sin embargo, me he dado cuenta de que, algo de todo aquello —no recuerdo qué es— queda dentro de mí, se me impregna. Me parece que cada vez que abro un libro, su aroma surge y voy respirándolo; las letras impresas en las páginas van permeando a través de mis dedos y, cuando empiezo la lectura, voy saboreando palabra por palabra, asimilándola, deconstruyéndola.

Eso mismo me sucedió hace un par de días, cuando en el sudoeste del librero, encontré un pequeño libro desconocido donde no había nadie, penetré sus blancas páginas completamente y dejé afuera mi cuerpo para que mi alma, despojada, encontrara en él toda su soledad. Todo el vacío que sentía escapó por un minuto. Me deslicé tranquilamente sobre los renglones y debajo de ellos, leyendo entre líneas; luego aparecieron burbujas con ideas, pequeños globos con diálogos que interactuaron conmigo y me invitaron a ascender hasta el sol, hasta una nube donde el universo de las palabras se veía, y resplandecía tanto que extrañé un sombrero sobre la cara (AS).

Seguramente olvido los detalles, porque cuando termino las lecturas, se produce en mí una digestión de imágenes, y toda esa riqueza de su contenido se va repartiendo en mi cerebro, en mi alma, en mi espíritu, nutriéndome, supliendo mis carencias, provocando una alquimia con lo que existía antes, convirtiéndose en algo nuevo que me transforma. Después de cada lectura, me siento satisfecha, no en la forma en que lo estaría si hubiera asistido a la Cena de Trimalción, sino como aquel que pudo saciar su hambre en el Banquete de Platón. Mi mundo a partir de ese momento parece más rico, más extenso, y yo parezco haber vivido intensamente y al desnudo, muchas más vidas que todas mis reencarnaciones.

Con frecuencia me topo con gente que, en confidencia, me cuenta su desánimo al leer, pues su mente no retiene gran cosa de sus lecturas. Entonces, yo, como si fuera Merlín, de la nada aparezco la idea —que he tomado, insisto, no recuerdo de quién ni de dónde— y lo animo a seguir leyendo. Pero no falta que, mientras animo a algún amigo, se acerca un descreído e interrumpe diciendo que hay que leer cosas científicas, libros de verdad, no novelas porque uno puede acabar enloquecido. Como ya me ha pasado varias veces, suelo traer en mi bolsillo uno de esos tesoros, extraído definitivamente del noreste del mismo librero, que en 121 páginas ofrece más riqueza que un billete de lotería, y aprovecho para leer algo que he subrayado, increpando así a quien se entromete: En una biblioteca está representado el universo, ahí coexisten pasado, presente y futuro(MVL), —y luego continúo diciendo— la literatura nos permite trasladarnos a otros mundos, encarnar en la vida de personas de otros tiempos, de otros géneros, de otras razas y creencias, vivir la vida de otros, como diría Marta Sanz, sin separarnos de nuestro sillón preferido. Y mientras digo esas palabras, me doy cuenta que, acabo de recordar algo, que no olvido todo; mi mente trae a colación palabras de Marta Sanz o de algún otro autor y el hecho me da mucha confianza, así que sigo pronunciando mi discurso: la literatura te hará entender mejor la complejidad humana, mantenerte lúcido sobre las deficiencias de la vida, alerta frente a la realidad circundante e indócil a la manipulación de los poderes constituidos. Y así, voy explicando al sorprendido incrédulo, que si leyera un poco, se daría cuenta de que incluso esa idea suya de que leer novelas puede tocar la razón del lector, la ha robado Flaubert, o de Cervantes a quién se le ocurrió antes, y si él hubiera leído un poco más, se daría cuenta de que no es el mismo antes y después de una lectura, que “los libros siguen ocurriendo en nosotros aun años después de haberlos terminado” (MVL), nos aclaran y nos provocan dudas que nos hacen leer otros libros y cuestionarnos aún más. Si lees, suelo decir, a veces tendrás “la sensación de que las buenas palabras —el amor, la protección, la familia— esconden significados dañinos” (MS) y nuestros problemas no son exclusivos de nosotros, sino universales, se repiten una y otra vez en “todos los individuos pues no somos otra cosa que actores de la misma comedia humana” (MVL), vivimos finalmente esa ficción y podemos moldearla si sabemos cómo. A través de la literatura, experimentamos sin echar a perder nuestra vida. Las decisiones que tomamos son más conscientes y las haremos sabiendo a qué destinos conducen. Quien lee, no vive su vida como quien escribe en una tabula rasa, sino como quién ha vivido varias vidas, como quien se ha puesto en los pantalones de muchos otros, como quién ha podido admirar el alma desnuda de la humanidad. Quién ha leído, tiene varios puntos de vista, conoce la conciencia de muchos personajes, porque ha leído sus más profundos sentimientos, emociones, motivaciones y ha sentido, no solamente lo que la vida le ha deparado, sino otras muchas posibilidades, otros mundos, y sabe que no existen las verdades universales porque que cada cabeza es un cosmos infinito. En fin, que quien ha leído, puede asegurar que no hay tal cosa como lo bueno y lo malo, en la literatura aprendemos de La guerra y la paz, Crimen y castigo, Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio. Y sí, tal vez la ficción es una mentira, pero encubre una profunda verdad (MVL).  

No tengo la certeza de que todo lo dicho persuade a quién duda de la importancia de la ficción, pero lo que sí sé es que la curiosidad los hará acercarse a la geografía de algún librero, y tengo la esperanza de que ahí encuentren un universo en el que puedan entrar, despojados de todo su ser para vivir una verdad distinta a la suya.

* Todo lo que he escrito, aquí, no es otra cosa que un producto de la alquimia y de la digestión de mis lecturas de Nadando al desnudo de Anne Sexton (AS), Razones para no leer de Marta Sanz (MS), Por qué leer los clásicos de Italo Calvino (IC), Elogio de la educación de Mario Vargas Llosa (MVL), y otros autores más que no recuerdo exactamente quiénes son ni lo que de ellos he leído, pero podría asegurar, que todo lo que he dicho aquí, a lo dijo alguien más.

To Top