Editorial

´Han apagado las luces´ de Jessica Anaid Hernández – Ernesto Adair Zepeda Villarreal 

´Han apagado las luces´ de Jessica Anaid Hernández 

Ernesto Adair Zepeda Villarreal 

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir 

 

Editado en 2021 por Sangre Ediciones (Chihuahua, Chihuahua), Jessica Anaid publicó su poemario ‘Han apagado ya las luces’ (64 pp), editado por José Alfredo Caro Espinoza, y con el apoyo del Gobierno Municipal de Cuauhtémoc y su Instituto de Cultura. Al libro lo acompaña un pequeño prólogo de Hugo Servando Sánchez, así como las ilustraciones de Mariela de la Peña. Esta colección de poemas aborda el dolor encarnado de perder un hijo desde la perspectiva de la madre-santuario del que provino. El estilo visceral de Jessica es tangible a lo largo de las 39 piezas poéticas que se entrelazan para narrar la espinosa reminiscencia del dolor de un aborto que no termina de acabar, que se hiende en una mística punzante de la lírica para empapar con su sangre al lector. Oscuro, aterrador, el lenguaje de la poeta-madre se decanta en ráfagas cargadas de lucidez, de sensibilidad, y al mismo tiempo, de remordimiento. 

En su estilo escritural, Anaid nos ha permitido conocer un atinado uso del lenguaje, de la reverberación de las imágenes, del encabalgamiento de las metáforas, siempre con una musicalidad profunda. En esta obra, revela los pensamientos de una extraordinaria sensibilidad decantada por la maternidad, pero no una plena, sino la fallida, la del legrado, la de la usurpación, la de la traición al dios prometido engendrado en su vientre. Así. Apertura diciendo: “Han apagado ya las luces/ entro al quirófano, escucho su llamado escapar de otras bocas infantiles/ —madres llevándose el eco de otros niños que no son sus hijos—”. Ese discurso muestra no solo la ternura en el abandono, sino la cólera, el colapso emocional, y la envía del fruto que emerge sano y prístino. A lo largo de todos sus versos, la autora nos lleva de la mano por los laberintos emocionales que suponen tal acontecimiento. 

Una de las virtudes más profundas del libro no sólo yace su estilo poético, o la claridad de su métrica libre, que es otra extensión de su mensaje, sino de la capacidad de generar empatía en sus lectores, independientemente de su género. Mucho se ha hablado de la diferencia entre la poesía masculina o femenina, sus temas, figuras retóricas y más. Sin embargo, Jessica no se escuda ni en la etiqueta de la feminidad o de la “literatura femenina” (lo que sea que signifique) para abrir paso a sus letras entre premios, instituciones, y ferias de libros. El motivo, a mi parecer, es que su obra poética no se escuda en artificios exteriores, sino que deja que tanto su técnica, su carrera y su concepción de la lírica sean quienes arriben primero, y de último. Este libro, que es una fervorosa espina en llamas, como la de la madre del Cristo, es una carta con destinos múltiples, que nos permite entender, sentir como propio su dolor, y empatizar con quienes han sufrido semejante tragedia. 

En otra parte nos dice: “Tu latido se prolonga en una estrella/ enjambre de luz verde en el corazón/ que cae”, para acariciar en su vientre al producto rechazado, y contrapone a la meta-narradora casi divina como una usurpadora de la belleza y la creación: “Eva acaba de abortar a su hijo Abel/ ella es la asesina./ El cordón umbilical se arrastra como una serpiente”. La intensidad en el lenguaje acompasa apenas la profundidad de las reflexiones, de los pensamientos que le llegan como espumarajos a la académica, a la madre cariñosa, y la fecunda escritora. También menciona: “Dios:/ Deja de imponerme un vientre nocturno/ aquí las aves no mueven sus alas/ para crear la ficción de una carne pura”. El martirio yace en la memoria, en la vasija que no acepta la fisura por la que se cuela el vino. La poeta, escritora consagrada por sus semejantes, abre un manto de estrellas deslucidas con las que nos acuna junto a los restos de esa criatura mítica que es el objeto de su discurso. Allí, surge este poemario, una obra compacta que tiene los radiantes descansos con que nos sostiene Mariela de la Peña, que a través de colorida propuesta visual retoma los hilos conductores de los poemas de la Cuauhtecmence. 

Leer a Jessica Anaid es un diálogo íntimo inequívoco, que se unge con la oscura forma del lenguaje no solo para expiar sus propias penas, sino que nos sumerge en este abrupto bautismo de las metáforas, para soltar quistes encubierto por la rutina, por la asfixia de aceptar el día a día sin mayor miramiento. No obstante, espero que nadie se confunda, ya que las sombras que se proyectan desde la enredadera de su poderosa voz no son ni amargas ni deprimentes, y al contrario, nos permite emerger del otro lado más puros, más humanos. Este libro es una oda al amor interrumpido, un llanto suave que deja en la piel el contacto cálido de la madre, en especial de la mexicana, que se encarama en una coraza de espinas hacia todos sus hijos, nosotros, los incompletos, los lectores que atestiguamos su aliento. 

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