La soledad de Ítaca I
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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“Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.”
L. Borges
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Una de las dudas más recurrentes a las que se suele enfrentar un joven creador (si le asignamos a esta palabra su verdadero y único significado: el que crea) es “¿qué tan bueno es mi trabajo?”, duda genuina y por lo demás honesta; sobre todo cuando el acto artístico no es un simple fetichismo elitista de apariencia, sino una búsqueda ontológica de la psique en madurez. Esta pregunta, ya establecida, tiene la bondad de que se puede desglosar en una secuencia de preguntas muy específicas, y con un grado de correlación significativo: ¿qué tan original; qué tan valido; qué tan honesto; qué tan puro; etc.? Pero hay una interrogante que en lo particular me ha dado vueltas en el cerebro a través de los años: ¿Hay, en algún grado, una búsqueda intelectual genuina, que conocedora de la estética que he desarrollado individualmente, justifique la inversión de tiempo que mi trabajo requiere; más aún, el tiempo -que un espectador externo- le destine? Naturalmente resulta ser una pregunta retórica. Para este caso, la poesía es la técnica creativa -o el médium transcriptor de los pensamientos- que me resulta relevante; así como para un músico lo debe ser la secuencia de notas del instrumento que ya es parte de su cuerpo, o el matemático que descubre los objetos como la sumatoria de interrelaciones, probabilidades y variables que los pueden describir idealmente. Sin embargo, el asunto que realmente me ocupa no es ese. Lo que me interesa es una pregunta derivada: ¿son conscientes mis contemporáneos de esta clase de dudas? ¿Su trabajo es genuino y honesto con ellos mismos? ¿Realmente buscan crear? La pregunta resulta también difícil de responder desde lo subjetivo –y es imposible ser objetivo cuando se quiere establecer una razón sobre temas que nacen de la interpretación personal de la realidad y la verdad–, pero hay aproximados empíricos que son dignos de consideración.
Existe la frase, ya lugar común por los intelectuales de feria que se asumen jueces de la savia del arte, “en México hay muchos poetas; levanta una piedra y hallarás uno”, y quizás sea cierto. El detalle que olvidan aclarar, según mi humilde opinión que a ciencia cierta nadie pidió, es el de sí en verdad hay poesía en las letras de esos “poetas”; ya que trabajo, lo hay –aunque no en todos los casos–. No trato de definir la semántica de lo que es bello, ni mucho menos de lo que es poesía; eso les corresponde a las corrientes estilísticas que se generan en tiempos y áreas geográficas delimitadas, así como a los grupos sociales de los que emanan y su cosmovisión particular. Pero si siento curiosidad respecto a qué es considerado de forma gregaria que es lo bello, lo poético y lo correcto. Al final de cuentas, es el lector quien define los parámetros que otorgan el reconocimiento al artista que satisface de mejor manera sus propias aspiraciones personales; sobre todo cuando el título de poeta debe ser otorgado por la sociedad, y no por auto bautismo de un ego exagerado. Este intento de ensayo es sólo una reflexión de lo que es la noción de poesía en nuestra comodina actualidad, y la intención que secunda estas letras es la de buscar transmitir estos pensamientos, la duda que alimenta estas breves páginas; las ideas que se comparten quedan cedidas y a disposición del criterio de cada lector, libres de apropiárselas, modificarlas, y mejorarlas –que bastante falta les hace– para retransmitirlas a otros. Es necesario debatir la realidad. Las respuestas, dependerán de quien las formule. En mi caso, las palabras que siguen repiten las conclusiones que algún par de veces ya he expresado en público, y siendo consecuente, las transcribo, fieles a su primera pronunciación.
Al respecto, hay dos temas que merecen la atención para establecer la base desde la que se parte al establecer estas ideas: la definición de lo que es bello y correcto, por las elites en turno (que sólo buscan ocupar puestos en las instituciones culturales a lo largo del país, al mejor estilo de la burocracia revestida de cache social); y, lo que se está haciendo en los ámbitos que operan en la marginalidad inminente de la que tenemos conocimiento, pero que de alguna manera han formado grandes grupos, o elites de segunda mano, que establecen otra variante del mismo proceso que se da en el punto anterior. Estos dos grupos han formado, a mi parecer, todo un sistema estético de lo que “debe” ser lo poético en la actualidad mexicana posmoderna. Hablamos de una imposición genérica de los ideales que se conciben como culturales dentro de la sociedad, secundada por una clase de tiempo y conciencia, que excluyen a todos aquellos que no comparten, o imitan el mismo patrón de trabajo estético. No es sorpresa que muchos grupos (principalmente entre talleres) sigan la imposición de gusto estético del “poeta” que les dirige. Está demás mencionar que la acumulación de estas élites se da en torno a los parámetros que acotan la comodidad creativa ya establecida en que surgen. A saber, los primeros tratan sobre el purismo de una aristocracia desgastada, basada en un nihilismo extravagante (que resulta de imitaciones o intentos de negación del trabajo de otros escritores); los segundos, sobre la descarnada brutalidad de la cotidianeidad, llevadas al extremo de clichés del cine de ficheras, adecuados en tiempo y espacio a la adolescencia nunca superada. Además de la enorme gama que media entre los dos. Por fortuna, la parte de la poética nacional (si es que es válido hablar de algo así) que se mantiene apartada de este patrón, tiene un trabajo constante, y escuelas que se apegan a su liberalismo creativo: que cada quien encuentre su propia voz, no un eco.
Cabe mencionar que la institucionalización de la estética tiene como argumento central que la creatividad y la belleza, así como la variación en los cánones que “rigen” en cierto grado el medio artístico, ya han sido definidos por las generaciones previas –trepándose a las barbas de los buenos creadores–, siendo las generaciones “contemporáneas”, quienes han acabado de aterrizar y perfeccionar la expresividad cultural de todisisísima la sociedad, y como representantes universales de la mexicanidad, cualquier patrón que se aparte, rechace o niegue esta verdad absolutizada debe ser ninguneado y censurado; la indiferencia, la corrupción en los medios de publicación, y el secuestro de oportunidades se pueden entender como una técnica secundaria de censura a largo plazo. De esta manera, la definición de arte, cultura y valor estético, se acotan a los gustos e intereses de los diversos grupúsculos que ejercen, en diferentes niveles político-culturales, su influencia directa sobre las nuevas generaciones de escritores (y artistas en general). Si se contempla a la élite de la localidad en que nos encontremos, veremos el patrón que he mencionado; y la extrapolación de lo micro a lo macro, se ajusta a los paradigmas que describen el comportamiento nacional. Ni siquiera para eso suelen ser originales… creativos, pues.
