Editorial

La soledad de Ítaca II – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

La soledad de Ítaca II

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

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Hay un vacío enorme que dejaron las últimas generaciones de buenos escritores mexicanos en el plano de la poesía; como de 30 años –es decir de poetas formados en los últimos tres decenios–. Quizás sea un poco injusta la afirmación anterior para algunos autores notables que durante ese periodo han visto florecer su obra: me disculpo con ellos. Pero en términos generales de “poesía mexicana moderna”, me parece por demás certera. El país no sólo ha estado sumergido en una crisis económica, política, moral, social, y de identidad, también ha caído lamentablemente en una crisis de lo poético –aunque en términos globales podríamos decir que es una crisis del mundo cultural nacional–. Lo artístico se ha convertido hoy en día en una suerte de mercado donde reina lo más barato, y por supuesto, lo de mejor comercialización; hablamos de la colocación de la cultura como un subproducto mediático de carácter y valor económico. No debe sorprendernos que sea lo mórbido y lo morboso lo que mejor distribución obtiene de los centros culturales, empresas y gobiernos. Y la poesía ha sido alcanzada, como otros géneros creativos. La política cultural que se sigue, en varios niveles, es simple: mucha sangre, descripciones al mejor estilo de futbol chafa, chismes de barrio –entre cuates–, y unas buenas tetas, eso es lo que vende. La calidad de la producción ha quedado comprometida a la retribución monetaria inmediata. No hay una búsqueda de la belleza, sino una justificación de la fealdad del mundo: el canto de la mediocridad.

Otro subpunto que ha ayudado a que la noción de lo poético se haya desvalorizado con tanta rapidez es la malsana proliferación del llamado verso libre, verso blanco, y escritura automática. Malsana por la vulgaridad con que se ha efectuado; que no por la técnica, que ha sido aportadora de grandes y hermosas piezas liricas. El verso libre se utiliza como sustitución de las reglas estéticas de la poesía clásica, llegando al extremo de tildar a esta última como absurda y obsoleta, dada la facilidad que permite para plasmar ideas simples –lo lamentable es que la forma y el fondo se han simplificado en demasía, abusando de esta técnica–; bueno, pues, tiremos a la basura el siglo de oro español y a Sor Juana. Muchos ven la poesía como si fuera apenas una cancioncilla de barrio, medio escrita, y medio trabajada. No se me mal entienda, no quiere decir que yo esté en contra de esta forma de versificación, purista, sino en la carencia absoluta de métrica interna –no hay estructura en los versos de los poemas, y, por tanto, no hay musicalización–. Y eso ya es demasiado terrible en cuanto a la poesía. El verso blanco, opera como un texto con métrica exacta, pero sin rimas. Cuando se suman, el trabajo que se obtiene debe sostenerse en la originalidad de la estructura, la fuerza de las imágenes poéticas y el aliento del “poeta”; ¿qué pasa si estos no existen, son dudosos o carentes de disciplina? Existe otro problema, y radica en que los artistas nuevos no leen de manera exhaustiva a los clásicos, o simplemente no leen; mucho menos realizan ejercicios de creatividad, melodía, ritmo, forma. Ni siquiera se trabaja el mismo poema más de una vez. Y en cuanto al tema de la escritura automática, no dudo de sus virtudes dentro de las esferas del psicoanálisis o de la terapia de la neuro-programación… pero en cuanto al desarrollo de un texto integrado y coherente, definido y con un propósito especifico… si no se tiene nada bueno que decir… ¿qué decir al respecto?

Si se vuelve a sumar todo lo que se ha dicho con la pobreza literaria en los temas que se abordan, llegamos a uno de los ejes de este intento de ensayo. La crisis creativa. Las pruebas más contundentes serian la difusión de autores de poesía basada en la situación, o como mejor ejemplo, los que han transformado la poesía en un extravagante retrato de una realidad, grotescamente violenta y directa, que sigue los estereotipos de la mexicanidad trazada por Paz: el macho, la realidad descarnada de la que se hace mofa con el humor negro, plantada en un barrio en el “distro” –porque además es centralizado–, y la indiferencia. No hay espacio para Virgilio o Bécquer, sino para el chafirete sin aspiraciones que se monea y le mira el culo a la quinceañera en la micro, masturbándose con las manos dentro del pantalón; no hay romances pulidos por el esfuerzo de las horas, las tertulias literarias (generalmente multidisciplinarias) y los talleres, sino la alabanza “sin chiste” de un “buen culo”; y mucho menos, hay espacio para la creatividad pura: el juego de la forma y el fondo. La creación se subyuga al deseo abyecto de estar a la “moda” en los círculos cercanos, sonar creativo y contestatario, con el único fin de pertenecer a una intelectualidad ad hoc. O, por otra parte, la verborrea diarreica que pretende parecer docta y “purista”. No hay que sorprenderse que sean las élites poéticas de nuestro amado país sin forma. Las palabras ya no son lo que eran, el mundo es una serie de trivialidades abordadas desde la simpleza. La fórmula de lo telenovelesco, malhecho, se ha instalado en la poesía nacional –si es que semejante barbaridad puede ser concebida–. Quizás he sido yo quien ha nacido en un tiempo incorrecto. Me parece que la poesía ha sido confundida con una prosa mal, o escasamente rimada; y la literatura en general, simplificada por los bajos estándares de la mafia intelectualista que gusta de las fotos, los discursos y la apariencia. Ítaca está vieja, obsoleta y moribunda; es un recuerdo, la leyenda de una época que fue, y debió seguir siendo. Pero ahora, no es otra cosa que una isla vista desde la cruenta realidad, y por ello, dicen, menos integra, creíble y valiosa. Tierra. ¿Sera?

No todo es pesimismo y malas caras. Por fortuna, la realidad se ha tornado tan compleja que las nuevas oleadas de proto-artistas (léase: los no consagrados por la crítica palera) si han comenzado a desarrollar un sistema moral del arte (no moralista, ojo), y lo que es más provechoso: una identidad creativa, con fuertes bases de compromiso individual y social. Hay jóvenes, y personas en una adultez ya madura (hombres y mujeres) con propuestas novedosas, formas que se mezclan con la tecnología y los saltos de generación, que ya son claramente notorios. Personas que tienen un mensaje que transmitir. Quizás lo que les diferencia de los demás, es el compromiso que demuestran en su obra, y el reconocimiento que han obtenido por su trabajo, y no por su renombre editorial. He dicho que discrepo de la estética de lo morboso, pero eso no es un juicio de valor que diferencie lo bueno de lo malo; sería francamente idiota suponer eso. Hay una realidad sucia que vale la pena conocer como una identidad mutágena de nosotros mismos, una violentación del mundo que nos rodea, y hay autores que la desarrollan con gran maestría; lamentablemente las puertas de las editoriales parecen permanentemente cerradas para esta clase de literatura “underground”. Lo mismo sucede con la poesía fresca que trata de abrirse paso entre las formas estandarizadas de la retórica nacional. Ustedes dirán lo que piensen al respecto.

¿Es bueno cuestionar semejantes asuntos dentro del mundo cultural en que nos desenvolvemos, o no? ¿Sirve de algo pensar las consecuencias que tiene, y tendrá, a medio-largo plazo en la sociedad, y en particular en los grupos creativos futuros? ¿Alguien comparte estos pensamientos? Acaso, ¿esta opinión está justificada, o es un simplón desahogo de un farsante más que utiliza las letras para liberar su frustración? (¡Sic!) ¿Hay una poética concreta nacional?… No lo sé. Ni siquiera puedo trazar los límites de una conclusión que pueda considerarse plenamente honesta. Sin embargo, la duda ha sido trasmitida hacia el exterior. Es materia dispuesta a lo colectivo. Queda al albedrio individual definir las posibles respuestas, según su personal criterio. Y eso, más allá de encontrar resonancia en mis planteamientos, es lo que me interesa: la duda de lo que se nos ha dicho que es, y debe ser. Debemos cuestionar lo que hacemos, lo que consumimos, lo que recibimos del exterior. Es importante se honestos con lo que hacemos; después de todo, lo amamos –¿o no? –. La pregunta está hecha, la respuesta espera afuera, en algún sitio; si es que existe. Por lo demás, y lo que venga, soy optimista, a lo lejos miro el mar golpear la costa, Ítaca se levantará de nuevo, verde y radiante, fresca, humana, viva.

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