Trabajo con niños en talleres rurales
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul Xr: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
Los niños suelen ser pequeñas criaturas ruidosas, perdidas en sus juegos, desatentas, más interesados por la experiencia inmediata que por la severidad del porvenir. Muchos adultos los evitamos cuando es posible, e incluso se les restringe de algunos espacios, donde se convoca a la seriedad. Sin embargo, es un proceso un poco antinatural, como si no fuéramos parte de un proceso continuo dentro de nuestra evolución como individuos, donde partimos de una infancia turbulenta, una juventud poco menos que imbécil, y una madurez melancólica. Es decir, también atravesamos un proceso de madurez, donde cientos de personas nos ayudan a mejorar, a crecer. Lo mismo ocurre entre generaciones, idealmente, donde partimos de un pasado nostálgico, aunque un tanto menos consciente, menos preciso, menos preparado. El futuro debe ser brillante, si se trabaja en él. Aislar el caos de los niños puede resolver algunos inconvenientes en pesadas cesiones de capacitación, sí, pero limita el aprendizaje colectivo, la inversión en el desarrollo comunitario. Me explico.
Recientemente pude ver en acción a la pedagoga Lilian Alpala, una mujer indígena del pueblo Pasto en Ipiales, Colombia. Su trabajo, engañosamente sencillo, es distraer y gestionar la energía de los niños que acompañan a las mujeres en reuniones de trabajo de carácter técnico-científico de los sistemas agroalimentarios. Pero es engañosa esa sencilles, recuérdese, porque es abrumadoramente complicado guiar tanta energía desbordada. Además, no se trata de una simple tarea de niñera, como se podría suponer a primeras, sino que hay una metodología sometida a prueba en la academia, y su propia familia, donde se involucra a los niños en la discusión de tema afines a sus pares adultos. Este taller paralelo recoge cuentos, mitos, canciones y dibujos como un juego sobre los cultivos, sobre las tradiciones, la manera de trabajar la tierra, y la importancia culturar de la agrodiversidad. Son pasos necesarios para el futuro, rescatando el valor de la vida cotidiana, de los animales del campo, de las plantas que comemos y nos proveen servicios y materias primas, desde la visión de los más pequeños.
Incluso, está joven maestra se propuso hacer partícipes de los mayores el resultado de su tertulia, demostrando ante los atónitos espectadores, que la experiencia cotidiana es parte de una cadena viva que se da entre generaciones. Muchos académicos e investigadores se lamentan del proceso de envejecimiento rural, que es la manera rimbombante de hablar del éxodo de los jóvenes a otros sectores económicos. No es un tema simple, ni desde la perspectiva de la producción de alimentos, ni del derecho fundamental de las personas de labrarse el destino que mejor les parezca. Sin mucha evidencia más que la suposición, parte de esta desarticulación se relaciona con esa sensación de extrañeza que provoca el verse aislado del entorno. Es común escuchar a los padres hablar con cierta melancólica rabia de todo el esfuerzo que hacen para que sus hijos no padezcan ni el peso de la yunta ni la tristeza del campo. No soy quién para juzgar esa idea. Peeeeero, el trabajo de Lilian rebela que los niños ponen mucha más atención en los quehaceres de sus padres de lo que ellos mismos suponen, tal cual se puede cotejar en las sorprendidas miradas de sus padres al verlos exponer sobre los cultivos, sus usos, su importancia.
Tal vez un mecanismo para fortalecer desde la libertad el arraigo comunitario es involucrar a los niños con su entorno. Enseñarles la importancia del sistema ecológico, la administración racional de recursos, y mostrarles que desde el juego se puede aprender y desarrollar vínculos con sus padres. No se trata de poner una cadena alrededor de sus destinos, sino de mostrarles que sigan el camino que sigan, pertenecen a un sitio del mundo (donde estén), y que su gente, sus sabores, sus recuerdos, permanecen con ellos en sus vidas adultas, como profesionistas u obreros, indisociables. Los adultos tenemos que aprender de la misma manera que en esa timidez inicial, en esa bobería de las canciones, de la inexperiencia, va la pequeña semilla de la curiosidad, de la conservación de saberes y especies, del futuro. No se trata de mezclar espacios, más bien de abrirlos, para que ese pequeño caudal a través del tiempo permita que en un momento dado pasemos la estafeta sin tener que dar los abruptos frenones que propician las lentas curvas de aprendizaje que reinventamos cada diez o vente años. Si los niños han de ser el futuro del sector rural, es momento de integrarlos activamente en la cultura que existe a su alrededor.
