Editorial

Juan Gabriel en Bellas Artes – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Juan Gabriel en Bellas Artes

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Hay una muy clara tendencia que señala la diferencia entre artes, sus públicos, y una frontera entre los niveles ´culturales´ de quienes acuden a una u otra expresión. Clasismo aparte, la reflexión es digna de entender para ahondar en sus efectos y significados. En este caso, uno de los escenarios más significativos al hablar del quehacer cultural en México es el Palacio de Bellas Artes, cuya historia es en sí un pequeño botón en el desastre nacional para hacer las cosas. En mayo de 1990 Juan Gabriel (Alberto Aguilera Valadez), una leyenda de la música popular mexicana, compositor, y tal vez, la última de las grandes luminarias de la música nacional, dio un concierto que ha perdurado en la memoria colectiva debido a que se grabado y editado en un formato de concierto con orquesta. Amantes y detractores los hay por demás, mostrando sus mejores cartas para hablar de discriminación, desegregación o cánones de lo que es o no un ´producto cultural´; como cuando Nicolas Alvarado hizo su desafortunado comentario por el que ha sido más conocido que por toda su crítica cultural, descanse en paz.

Pero si algo se puede aportar a este tema, es la mística de algo que sucedió en dicho concierto, y que amen de muchas grandes figuras de la música, confirma su maestría dentro de ciertos límites como creador (sobre su calidad que opinen sobre los aspectos técnicos de la composición musical). En muchos de esos videos, hay un momento en el que el cantautor guarda silencio mientras la anónima masa de espectadores, de testigos, corean de manera sincronizada los correspondientes versos a las notas en movimiento. La pregunta que queda entonces es: ¿qué habrá pasado por los pensamientos de este personaje cuando eso sucedió?, ¿qué emoción se condensa dentro de su pecho al ver su obra transferida, viva, expandida a través de los demás? Al final de cuentas, el arte busca ser compartido, y es en esas muestras de ´respuestas´ de la multitud, se completa el círculo. Quien construye algo espera un efecto, en mayor o menor medida; lo sé porque no hay manera de evitarlo, es un sentimiento humano casi animal por ser parte de la tribu y de obtener un reconocimiento.

Cuando Juanga, el famoso Divo de Juárez, sostenía el micrófono mientras la tronante reverberación del coro de su público debió ser uno de los momentos de mayor significado para el artista. Y lo considero al rememorar con brevedad algunos de sus pasajes públicos más conocidos que lo catapultaron como leyenda popular, así como su temprana orfandad simulada, las batallas legales con Hacienda, o los rumores (poco relevantes) sobre su intimidad. En ese momento, pienso, que el niño que comenzaba a jugar con sonidos, el adolescente que trataba de hilvanar algunas ideas, el joven adulto emigrando de ciudad en ciudad, la joven promesa de la música, y hasta el consagrado cantante reconocido a nivel nacional, se tomaron el silencio como oportunidad de mirarse unos a otros, para atestiguar su obra como algo vivo, algo tangible, más allá de él mismo, quizá a pesar del mismo, donde era un simple espectador de algo que estaba ya fuera de su control. ¿Habrá por un momento repasado cada instante de su vida que lo llevó hasta ese escenario?, ¿habrá recordado el amargor de cada penuria, o la miel escasa de cada buena estrella con que se fue iluminando?

Sin saber a profundidad de lenguaje corporal, es evidente que hay cierto orgullo en su mirada, y un tanto más de paz, aunque no por la soberbia o el candor de la superestrella que está en su mejor momento, sino como el autor que ve que su trabajo de décadas se sostiene por sí mismo, donde él ahora es un espectador. La obra pertenece a otros, es una proyección de los demás, viva, independiente. ¿El orgullo nace de su propia inspiración transferida a los demás, de sus recuerdos al rememorar lo que lo llevó a construir esas líneas en una canción, o de las amarguras de una vida anterior en la carestía? Evidentemente ahora no podemos saberlo, y debido a la baja capacidad de los periodistas de espectáculos de su época tampoco hay un vistazo sobre esos pensamientos (que yo sepa). Así que nos conformamos con la empática labor de imaginarlo, de pensar en nuestra propia respuesta, en lo que seriamos estando allí. Juan Gabriel era humano, con sus virtudes o crueldades, y tal vez haya tenido un poco de soberbia, merecida, o algo de nostalgia por las personas a las que ya no tenía a su lado, o ira de las traiciones sufridas, o no sé. Pero, en definitiva, en sus ojos se mostraba una tranquilidad interesante, un sentimiento de complitud sobre lo que fuera que estaba buscando con toda su obra. Entonces, por unos días, logró ser la figura que tanto se ha eternizado en la memoria colectiva, y que ha perdurado a través de las décadas en video reacciones que descubren una época más sencilla, con menos números, pero más significados. Tal vez, allí, se sintió satisfecho con su labor, y pudo dormir en paz. No lo sé, pero debería haber sido así.

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