Alguna vez escribí un diario…
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Dicen que la escritura es liberadora, incluso se ha llegado a usar de manera terapéutica. E incluso, hay un anglicismo destinado a la actividad del “journaling”, que es llevar un “journal” o castellanamente: registro. Como es importado, debe ser mejor, pese a que escribir un diario debe ser una de las actividades más viejas de la humanidad. Escribir un diario es pasar a un registro físico una lista de objetos, pensamientos o anotaciones. Incluso, desde la academia, el surgimiento de la historia como ciencia, se adjudica a la escritura, el registro másomenos preciso de los sucesos acontecidos (aunque luego fueron reescritos de manera iterativa e impositiva). Lo importante al caso es el diario. Escribo de manera consciente, o casi, desde hace un par de décadas, y en mi obra se entremezcla la vida propia y la ajena, como una argamasa monstruosa. En las narraciones, la poesía, las misivas, e incluso estas columnas, es difícil definir donde termina lo personal y donde viene el robo descarado de otras ideas, de otra experiencia, de los próximos. Ese en sí mismo es un tema para acaloradas charlas, debates o reclamos.
Pero al caso, sí, escribí un diario, alguna vez, en la secundaria, en el pequeño espasmo al comenzar a descubrir que uno también podía crear literatura (no necesariamente buena, solo tangible). Fue poco consistente, sin estructura, turbulento y abarrotado más de juicios moralinos propios de la juventud que de la inteligencia. Tal vez por eso jamás prosperó. Escribía no un diario, sino la interpretación de uno, un adefesio lleno de palabras repetidas, de extravagantes afirmaciones de superioridad mafufa y muchas fallas semánticas, amén de las ortográficas. Lo dejé al poco tiempo, después lo destruí, más por vergüenza de tal esperpento que por propia mesura. Sin embargo, no es completamente cierto que dejé de hacerlo. Como una mariposa despiadada, se transmutó.
Comencé a escribir para otros, cartas, recomendaciones, pensamientos incompletos, a los que respondían con agrado. Posteriormente descubrí la rimbombancia del lenguaje, y abusé de lo barroco al confundir la oscuridad con inteligencia (mea culpa), con gozo. Posteriormente pasé de los cuentos a la novela, y de ahí a la poesía, como lector. No muy detrás viene la cosquilla de querer plasmar la peculiar manera de interpretar el mundo, de reproducir discursos, de ahondar en la ciénega de los pensamientos. En la narrativa descubrí que no hay una historia clara (al menos en mi caso), sino un acompañamiento donde la tinta va develando los detalles (a veces contradictorios). En la poesía, por su parte, encontré, que los símbolos eran plásticos, que se adaptaban a las muescas de la piel, y del alma. Mientras la narrativa es precisa y directa, la poesía es un vaho ininteligible donde se puede ser libre, apenas, para jugar con las expresiones, los conceptos, los recovecos de la mente. O eso pensaba, y pienso, aunque con mayor mesura.
El diario se mantiene debajo de todo, y a través, en cientos de historias, en diálogos, en giros temáticos, en la respiración de los signos de puntuación. Mi vida y la de otros, la expropiada, la robada, la que se escucha en las conversaciones, en la complicidad de la intimidad, o el pleno chisme. Mi vida no se puede desligar de la de otros, ya que me concibo sólo a través de este legado, que es tan mío como de quien pueda reclamar algún pasaje en particular. Es una telaraña nebulosa que vincula recuerdos con lecturas, reflexiones de sucesos ficticios que nunca han de suceder basados en pilares inamovibles del remordimiento, en estaciones imaginarias de lo que se deseaba como una vida maravillosa en aquel mozalbete iluso que comenzaba a garabatear un trozo de papel como si significara algo. Me aterra la idea de qué tanto es propio y que tanto viene del exterior, que nació dentro de mi cráneo y que fue adosado por la experiencia. Me preguntó si habrá alguna terapia posmoderna que ahonde en esas aguas lodosas que den forma al limo. Mientras escribo, y reescribo, y junto con ello, el tiempo, el pasado. Sólo me queda el presente de lo escrito. Cuando menos hasta que decida re-editarlo.
